Mucho antes de que llegaran los edificios modernos, los cafés de moda y las oficinas de grandes empresas, este gomero ya estaba ahí. En la esquina de Bonpland y Honduras, a pocos metros de Corporación América y donde durante años funcionó el recordado Bar del Gallego, sobrevive uno de esos árboles que cuentan la historia del barrio sin pronunciar una sola palabra.
Su copa, hoy reducida por sucesivas podas, deja entrever que alguna vez fue mucho más imponente. El tronco, grueso y retorcido, revela la edad de un ejemplar que fácilmente podría superar los 50 o 60 años, e incluso ser bastante más antiguo. Aunque mutilado por las exigencias del tendido eléctrico y del crecimiento urbano, continúa ofreciendo sombra, refugio para las aves y un fuerte contraste de color con los plátanos desnudos del invierno porteño.
Los gomeros pertenecen al género Ficus, árboles de hoja perenne famosos por su extraordinaria longevidad y por desarrollar raíces muy vigorosas. En Buenos Aires existen ejemplares históricos que llevan más de dos siglos en pie, como el legendario gomero de Recoleta. También Palermo conserva varios ficus notables en parques y espacios verdes, donde encuentran lugar para desplegar todo su tamaño.
En esta esquina, el árbol parece ser el último gran testigo de un Palermo distinto. Cuando alrededor predominaban las casas bajas y los comercios de barrio, el gomero ya acompañaba la vida cotidiana de vecinos, clientes del Bar del Gallego y trabajadores que pasaban cada mañana por Bonpland. Hoy observa un paisaje completamente transformado, con nuevos edificios, oficinas y un movimiento permanente de turistas.
Para quienes practican el llamado turismo botánico o simplemente disfrutan descubriendo árboles singulares durante una caminata, este ejemplar merece una parada. No aparece en las guías tradicionales ni figura entre los grandes monumentos naturales de la ciudad, pero representa ese patrimonio cotidiano que muchas veces pasa inadvertido.
Un árbol que resiste
El gomero es una especie de crecimiento lento pero muy resistente. Sus hojas verdes permanecen durante todo el año y ayudan a reducir el calor urbano, absorber dióxido de carbono, retener polvo en suspensión y ofrecer refugio a distintas especies de aves e insectos. Precisamente por el enorme desarrollo de sus raíces, hoy ya no se recomienda plantar nuevos gomeros en veredas angostas, aunque los ejemplares históricos forman parte inseparable del paisaje porteño.
Para descubrir caminando
Quienes recorran Palermo Hollywood pueden sumar este árbol a un pequeño circuito natural que une historia, arquitectura y patrimonio verde. A veces los mejores recuerdos de un viaje no están en los grandes monumentos, sino en esos gigantes silenciosos que llevan décadas viendo pasar generaciones enteras.
Porque mientras los bares cambian de nombre, los edificios se renuevan y el barrio se transforma, el viejo gomero de Bonpland y Honduras sigue firme, recordándonos que la naturaleza también escribe la historia de Palermo.
El Bar del Gallego: la esquina que resistió al dinero hasta el último día
Mucho antes de que Palermo Hollywood se convirtiera en un polo gastronómico y de oficinas, en la esquina de Honduras y Bonpland había un lugar donde el lujo no importaba. Importaban el plato abundante, el café servido en vaso de vidrio, el saludo del dueño y la sensación de estar en el bar de siempre. Ese lugar fue el Bar del Gallego, uno de los bodegones más queridos de Palermo.

El bar fue fundado en 1978 por Emilio Sangil, un inmigrante gallego nacido en Lourido, Lugo, que llegó a la Argentina siendo muy joven. Compró la esquina cuando Palermo todavía era un barrio de talleres mecánicos, depósitos, pequeñas fábricas y calles tranquilas. Ni siquiera existía el nombre «Palermo Hollywood».

El hombre que nunca quiso vender
Con el paso de los años, alrededor del bar comenzó a crecer el imperio inmobiliario y empresarial de Eduardo Eurnekian. La sede de Corporación América fue ocupando gran parte de la manzana y la esquina del Gallego se transformó en una pieza clave para completar ese frente urbano.

La historia cuenta que, alrededor de 2008, Eurnekian le ofreció cerca de un millón de dólares por la propiedad. Para muchos hubiese sido una fortuna imposible de rechazar.

Pero Don Emilio dijo que no.
Su vida era ese bar. Vivía en el piso superior y pasaba prácticamente todo el día atendiendo el negocio, controlando la cocina, sirviendo mesas y conversando con clientes que ya eran amigos.
El último refugio del viejo Palermo
El Bar del Gallego nunca necesitó marketing.

Allí desayunaban taxistas, camioneros, mecánicos, periodistas, proveedores, empleados de oficinas y vecinos del barrio. Las enormes medialunas, las milanesas napolitanas gigantes, los sándwiches de jamón crudo y las pastas caseras construyeron una fama que pasó de boca en boca.
Mientras alrededor abrían bares modernos con nombres en inglés y decoración industrial, el Gallego seguía haciendo exactamente lo mismo de siempre: cocinar abundante, cobrar barato y atender personalmente a cada cliente. Incluso mantuvo hasta el final la costumbre de no aceptar tarjetas.
El final de una época

Emilio Sangil falleció el 31 de mayo de 2013. Pocos meses después, el 26 de octubre de 2013, el bar cerró definitivamente sus puertas.
Los herederos finalmente vendieron la propiedad a Eduardo Eurnekian, concretando una operación que el fundador había resistido durante años.
Paradójicamente, la esquina nunca volvió a recuperar la vida que tenía cuando funcionaba el bodegón. Aquel lugar donde durante más de tres décadas hubo olor a café recién hecho y salsa casera quedó convertido en un recuerdo imborrable para varias generaciones de vecinos.

El gomero que sigue mirando la esquina
Hoy, frente al edificio de Corporación América, todavía permanece el viejo gomero de Bonpland y Honduras.
Mientras el barrio cambió de nombre, llegaron las productoras de televisión, aparecieron edificios corporativos y desaparecieron muchos comercios históricos, el árbol continúa en el mismo lugar donde Don Emilio abría cada mañana la persiana de su bar.
Ese gomero vio llegar al inmigrante gallego, vio crecer el bodegón, escuchó miles de conversaciones de café y fue testigo silencioso de una de las transformaciones urbanas más profundas de Palermo.
Quizás por eso sigue siendo uno de los mejores monumentos vivos del barrio: porque recuerda que antes de Palermo Hollywood existía simplemente Palermo, el de los vecinos, los talleres, los bodegones y las esquinas donde todos se conocían por el nombre.
