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La CGT define su plan de lucha mientras crecen los despidos

Buenos Aires amaneció este viernes con una escena repetida y, para muchos trabajadores, desesperante: fábricas que cierran, telegramas de despido que llegan sin aviso y una conducción sindical que parece moverse a paso cansino. En ese clima espeso, el Consejo Directivo de la Confederación General del Trabajo se reúne desde las 11 de la mañana en su histórica sede de la calle Azopardo para definir cómo —y si— reaccionará ante el avance de la reforma laboral en el Senado.

La cita no es menor. En juego está algo más que una ley: se discute el lugar que ocupará la CGT en un escenario donde el ajuste corre rápido y la respuesta sindical parece llegar tarde.

Una conducción partida

La interna vuelve a quedar expuesta. De un lado, el sector dialoguista, integrado por los llamados “Gordos” e “Independientes”, encabezado por Héctor Daer y Gerardo Martínez, que insiste en la negociación silenciosa con gobernadores y senadores. Su apuesta es técnica, quirúrgica: modificar artículos, suavizar cláusulas, ganar tiempo.

Del otro lado, el ala dura. Allí aparece Pablo Moyano, acompañado por gremios del transporte y las dos CTA, que reclaman una respuesta inmediata: paro nacional y movilización. Para este sector, seguir conversando mientras se multiplican los despidos es una forma elegante de no hacer nada.

La pregunta flota en la sala de Azopardo como humo viejo: ¿cuánta paciencia le queda a la base trabajadora?

Despidos, cierres y miedo

Mientras la cúpula discute estrategias, en la calle el termómetro marca otra cosa. El miedo volvió a los talleres, a las oficinas, a los comercios. Miedo a perder el laburo. Miedo a no llegar a fin de mes. Miedo, también, a quedarse solos.

Esa distancia entre la dirigencia sindical y la vida real del trabajador promedio es el combustible de la bronca. Para muchos, la CGT aparece pesada, lenta, más preocupada por no romper puentes políticos que por poner el cuerpo.

La historia como espejo

No es la primera vez que la central obrera enfrenta una encrucijada así. La memoria sindical pesa.

En el año 2000, durante el gobierno de Fernando de la Rúa, la llamada “Ley Banelco” detonó paros generales en medio de un escándalo de sobornos en el Senado. Aquella resistencia terminó de vaciar de legitimidad a un gobierno ya debilitado.

En diciembre de 2017, bajo la gestión de Mauricio Macri, la reforma previsional encendió la calle y obligó al Ejecutivo a frenar una reforma laboral que nunca llegó a votarse.

Más cerca en el tiempo, en enero de 2024, la CGT sorprendió con un paro nacional a apenas 45 días del inicio de una nueva gestión presidencial, marcando un récord de rapidez en la reacción sindical.

La historia enseña algo incómodo: cuando la CGT duda demasiado, la calle decide sola.

El Senado y la incógnita final

El tratamiento de la reforma laboral en el Senado de la Nación depende, en gran parte, del voto de los bloques provinciales. Las gestiones existen, pero la lealtad no está garantizada. Gobernadores peronistas juegan a dos puntas y el margen de negociación es cada vez más estrecho.

Si hoy se impone la línea dura y se convoca a un paro total, la CGT volverá al centro del tablero político. Si no, el riesgo es otro: quedar reducida a una mesa de café sindical mientras el ajuste avanza sin resistencia real.

¿Interlocutor o espectador?

La definición de este viernes no es técnica ni administrativa. Es política y simbólica. La CGT debe decidir si quiere seguir siendo un actor de poder o resignarse a mirar cómo pasan las reformas, los despidos y el miedo.

Palermo Online observa, toma nota y deja la pregunta abierta:
¿la central obrera reaccionará antes de que el costo social sea irreversible o volverá a llegar tarde, cuando el daño ya esté hecho?

Los trabajadores, esta vez, no parecen dispuestos a esperar demasiado.