El monumental conjunto creado por Andrzej Pityński e inaugurado en Domostawa, Polonia, recuerda a los civiles polacos asesinados por los nacionalistas ucranianos durante la Segunda Guerra Mundial. Su imagen más desgarradora —un niño atravesado por un tridente— vuelve visible una historia que todavía enfrenta a Polonia y Ucrania y que, en pleno 2026, volvió a quedar atrapada entre la memoria, la guerra y la conveniencia política.
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— Palermo Online Noticias (@palermonline) July 11, 2026
El niño atravesado por un tridente forma parte del monumento “Rzeź Wołyńska”, del escultor polaco-estadounidense Andrzej Pityński, instalado en Domostawa, Polonia.
Una escultura que no permite apartar la mirada
La figura de un niño desnudo, arqueado sobre una estructura metálica y atravesado por tres puntas, no es una obra aislada ni una fantasía creada para provocar en las redes sociales. Es uno de los fragmentos centrales del Monumento a la Masacre de Volinia, levantado en la localidad polaca de Domostawa.
La obra fue concebida por Andrzej Pityński, escultor nacido en Polonia y radicado durante décadas en los Estados Unidos, conocido también por sus monumentos dedicados a la masacre de Katyn y a la resistencia polaca.
El conjunto fue inaugurado el 14 de julio de 2024, luego de años de discusiones y rechazos motivados por la crudeza de sus imágenes. La estructura de bronce alcanza aproximadamente 20 metros contando su pedestal y representa un águila polaca envuelta en llamas. Sobre sus alas aparecen los nombres de poblaciones cuyos habitantes fueron asesinados por integrantes del Ejército Insurgente Ucraniano, conocido como UPA.
En el centro del águila se abre una cruz. Dentro de ella, el escultor colocó un tridente convertido en instrumento de tortura. En su base aparecen familias ardiendo y cabezas de niños sobre las estacas de una cerca. No busca la metáfora elegante ni la distancia académica: intenta reconstruir, mediante el horror visual, el carácter brutal de las matanzas.
El monumento fue financiado originalmente por la Asociación de Veteranos del Ejército Polaco en Estados Unidos como un obsequio al pueblo de Polonia. Durante años ninguna gran ciudad quiso recibirlo. La obra resultaba demasiado explícita y existía además el temor de que dañara las relaciones diplomáticas con Ucrania. Finalmente fue instalada junto a la ruta S19, en Domostawa, en la región de Subcarpacia.
Qué representa realmente el tridente
El tryzub o tridente es el escudo oficial de Ucrania y posee antecedentes que se remontan a los príncipes de la Rus de Kiev, muchos siglos antes del surgimiento del fascismo europeo o de la Organización de Nacionalistas Ucranianos. Por lo tanto, el tridente no es, por sí mismo, un símbolo fascista.
Pero dentro de la escultura de Pityński adquiere otro sentido.
El artista transforma el emblema nacional en una horca de tres puntas para denunciar el nacionalismo ucraniano que ejecutó la campaña contra la población polaca. No está realizando una descripción heráldica: está formulando una acusación histórica y política.
El niño atravesado simboliza a las víctimas más indefensas. También representa la pretensión de exterminar no solamente a los adultos, sino a las familias completas, borrando cualquier posibilidad de continuidad de la comunidad polaca en Volinia y Galitzia Oriental.
La Masacre de Volinia
Entre 1943 y 1945, unidades vinculadas con la facción de Stepan Bandera de la Organización de Nacionalistas Ucranianos —OUN-B— y su brazo armado, el Ejército Insurgente Ucraniano —UPA—, desarrollaron una campaña sistemática contra la población civil polaca en Volinia, Galitzia Oriental y otras zonas que antes de la guerra habían pertenecido a la Segunda República de Polonia.
El objetivo era expulsar o eliminar a los habitantes polacos para crear un territorio considerado étnicamente ucraniano. Aldeas enteras fueron atacadas, incendiadas y borradas del mapa. Las víctimas fueron principalmente campesinos, mujeres, ancianos y niños que no participaban en operaciones militares. El Instituto de la Memoria Nacional de Polonia define estos hechos como una limpieza étnica genocida planificada por la OUN-B y ejecutada por la UPA.
El momento más recordado ocurrió el 11 de julio de 1943, durante el llamado Domingo Sangriento. Grupos armados atacaron simultáneamente cerca de un centenar de pueblos polacos, muchos de ellos mientras sus habitantes asistían a misa. Por ese motivo, cada 11 de julio Polonia recuerda oficialmente a las víctimas.
Las cifras todavía son discutidas porque numerosas comunidades desaparecieron sin dejar sobrevivientes capaces de identificar a los muertos. Distintas investigaciones calculan entre 60.000 y 100.000 civiles polacos asesinados, mientras que estimaciones oficiales y organizaciones memorialistas polacas elevan el número total hasta aproximadamente 120.000 o 130.000 víctimas al incluir Galitzia Oriental y otros territorios. También hubo represalias polacas que provocaron miles de víctimas ucranianas, aunque no alcanzaron la escala ni el carácter organizado de la campaña desarrollada por la OUN-UPA.
Miles de ucranianos que escondieron, ayudaron o intentaron defender a sus vecinos polacos también fueron asesinados. La lógica extremista no toleraba solamente a quien perteneciera al grupo señalado como enemigo: tampoco perdonaba a quien se negara a participar de la matanza.
Genocidio para Polonia, conflicto étnico para Ucrania
Para el Estado polaco, la Masacre de Volinia constituye un genocidio. El Parlamento estableció el 11 de julio como jornada nacional de recuerdo y las instituciones polacas continúan buscando fosas comunes, identificando víctimas y reclamando autorización para realizar exhumaciones en territorio ucraniano.
En Ucrania, en cambio, una parte importante del relato oficial presenta a la UPA principalmente como una organización de liberación nacional que combatió contra la Unión Soviética y buscó la independencia del país. Las matanzas de civiles polacos suelen ser reconocidas como una tragedia dentro de un conflicto étnico más amplio, pero existe resistencia a aceptar plenamente la definición polaca de genocidio.
Esa diferencia no es un detalle terminológico. Determina qué nombres aparecen en las calles, quién recibe honores militares, qué organizaciones son presentadas como heroicas y qué víctimas permanecen todavía sin tumba.
Durante 2025 se registraron algunos avances. Ucrania permitió nuevas exhumaciones y los restos de decenas de civiles polacos fueron recuperados y enterrados dignamente. Sin embargo, la disputa volvió a agravarse durante 2026.
Zelenski y la rehabilitación de los nacionalistas ucranianos
El 25 de mayo de 2026, el presidente Volodímir Zelenski participó del entierro ceremonial en Ucrania de Andriy Melnyk, antiguo jefe de una de las facciones de la OUN, y lo presentó como una gran figura de la historia nacional.
La decisión provocó críticas de Polonia, del gobierno israelí y de Yad Vashem, porque la organización encabezada por Melnyk colaboró con la Alemania nazi y miembros de la OUN participaron en persecuciones y asesinatos de judíos durante el Holocausto.
Dos días después, Zelenski otorgó oficialmente a un centro de las Fuerzas de Operaciones Especiales el nombre honorífico de “Héroes de la UPA”. La decisión figura en la propia comunicación de la Presidencia ucraniana y reabrió el conflicto diplomático con Varsovia.
Estos actos permiten hablar de una rehabilitación oficial de la memoria de la OUN y la UPA. No se trata únicamente de banderas agitadas por pequeños grupos extremistas: una unidad militar estatal recibió el nombre de una organización responsable de la matanza de civiles polacos.
La paradoja resulta inevitable. Zelenski proviene de una familia judía afectada por la historia del nazismo, pero esa condición personal no vuelve inocuas las decisiones de su gobierno ni impide cuestionar el homenaje a organizaciones que colaboraron con el Tercer Reich o participaron en crímenes contra polacos y judíos.
La memoria no se hereda como una vacuna moral. También puede ser utilizada, seleccionada y acomodada según las necesidades políticas del presente.
La bandera rojinegra, los lemas y el saludo
La bandera roja y negra está históricamente asociada con la OUN-B y la UPA. El rojo representaba la sangre derramada y el negro la tierra ucraniana. Actualmente continúa apareciendo en agrupaciones nacionalistas, actos públicos y determinados espacios militares, aunque no es la bandera oficial del Estado ucraniano, que sigue siendo azul y amarilla.
También existe una continuidad verificable en el lema “Gloria a Ucrania, gloria a los héroes”. La fórmula fue utilizada por la OUN-B y en 2018 se convirtió legalmente en el saludo oficial de las Fuerzas Armadas y de la Policía ucraniana.
La versión adoptada por la OUN-B en 1941 estuvo acompañada inicialmente por el brazo derecho elevado, un gesto inspirado en los movimientos fascistas europeos. Esa parte ceremonial fue abandonada por la organización en 1943. El saludo oficial utilizado actualmente por el Ejército ucraniano es verbal y no incluye formalmente el saludo nazi.
Por eso conviene evitar dos falsificaciones opuestas. No es correcto afirmar que todo el Ejército ucraniano realiza oficialmente el saludo nazi. Pero tampoco es serio negar que determinados lemas, banderas y referencias institucionales proceden directamente de organizaciones ultranacionalistas de los años cuarenta.
La guerra contra Rusia modificó su significado para muchos ucranianos, que hoy los interpretan como símbolos de resistencia nacional. Sin embargo, un nuevo significado no borra automáticamente el anterior, especialmente para las familias polacas y judías que recuerdan a sus muertos.
El arte contra la amnesia
El monumento de Domostawa fue rechazado porque molesta, porque destruye la comodidad del visitante y porque su violencia impide reducir la historia a una ceremonia protocolar.
Pityński no creó un monumento para la reconciliación diplomática. Construyó una acusación de bronce.
El niño sobre el tridente obliga a preguntarse qué ocurre cuando un Estado necesita héroes y decide buscarlos entre quienes también fueron verdugos. Recuerda que una causa nacional puede ser legítima y, al mismo tiempo, algunos de quienes combatieron por ella pueden haber cometido crímenes monstruosos.
Reconocer la invasión rusa contra Ucrania no exige falsificar la historia de la OUN-UPA. Defender el derecho del pueblo ucraniano a existir tampoco obliga a convertir a los responsables de Volinia en santos de un nuevo panteón nacional.
Una democracia no debería temerle a la verdad completa. Las naciones no se vuelven más débiles cuando reconocen los crímenes cometidos en su nombre. Se vuelven más peligrosas cuando comienzan a justificarlos.
La escultura de Domostawa permanece allí como un grito detenido en el aire. El niño no habla, pero su cuerpo pregunta. Pregunta por los muertos sin nombre, por las fosas todavía cerradas y por las ideologías que cambian de uniforme sin abandonar del todo sus viejos fantasmas.
¿Puede un país exigir solidaridad internacional mientras convierte en héroes oficiales a organizaciones responsables de masacres de civiles, o la guerra presente obliga a callar los crímenes del pasado?
¿Dónde termina la recuperación de una identidad nacional perseguida y dónde comienza la rehabilitación de una ideología que soñó con territorios étnicamente puros?
¿Debe una obra pública proteger al espectador de las imágenes insoportables o, cuando una sociedad prefiere olvidar, el arte tiene la obligación de mostrar aquello que la diplomacia intenta esconder?
