La casta libertaria y sus aliados conservadores siguen demostrando que, cuando la corrupción es ajena, se convierten en inquisidores implacables, pero cuando las coimas los rozan, el manual es claro: silencio, justificaciones y hacerse los otarios.
Hace veinte años que los mismos payasos repiten el mismo libreto: Cambiemos, Juntos, La Libertad Avanza, la casta con nuevo maquillaje.
Cristian Ritondo, Diego Santilli y José Luis Espert se disfrazan de republicanos mientras chupan del mismo frasco y justifican el choreo a dos manos.
Cuando roban ellos, no es corrupción: es militancia.
Cuando los señalan, se victimizan y se hacen los otarios.
El país se incendia, la gente no llega a fin de mes, pero ellos siempre encuentran cómo llenar sus bolsillos.
La pastelera Karina Milei, convertida en jefa política por herencia fraternal, completa el cuadro grotesco.
No hay gestión, hay reparto de cajas y negocios con amigos.
Los hospitales compran millones en remedios sospechados, mientras a los jubilados les ajustan hasta el aire.
El silencio oficial es cómplice, la hipocresía libertaria y PRO se vuelve insoportable.
Argentina repite su tragedia: políticos ricos, ciudadanos empobrecidos y un futuro hipotecado.
La doble moral libertaria
El escándalo de las coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) estalló como una bomba en el corazón del gobierno. Diego Spagnuolo, hasta hace días funcionario clave, quedó expuesto en audios comprometedores que apuntan a la mismísima Karina Milei y a su entorno. La reacción oficial fue de manual: nadie negó nada, nadie dio explicaciones. Y ahí aparece la contradicción: lo que en boca de un opositor sería “corrupción intolerable”, en el universo libertario se transforma en “operación política”.
Cuando el dedo apunta a otros, la derecha grita que la patria está en peligro. Pero cuando la mugre les llega a los tobillos, se justifican como si robar para “los propios” fuese casi un acto patriótico.
La caja negra de los medicamentos
La trama se vuelve más espesa con las compras del Ministerio de Salud. Mientras el PAMI desestimaba a la droguería Suizo Argentina por “condiciones de pago irregulares”, la cartera de Mario Lugones adjudicó en 2025 contratos por más de $1.471 millones a la misma empresa. El número habla solo: USD 1,131 millones al tipo de cambio oficial.
Antibióticos, analgésicos, descartables: la lista es larga. Y la sospecha también. ¿Cómo se explica que un proveedor con cuestionamientos tan serios siga siendo beneficiado por el Estado? La respuesta es simple: cuando se trata de negocios propios, no es corrupción, es gestión.
Voces que incomodan
El periodista Nelson Castro fue categórico: “El silencio del Gobierno es estrepitoso”. La frase cala hondo porque nadie, ni Spagnuolo ni los Milei, salió a desmentir los audios. Para Castro, la falta de respuesta es prueba suficiente de que el hecho existió. Y remató con una advertencia lapidaria: “La corrupción mata”.
Incluso la periodista Cristina Pérez, con un discurso más institucional, salió a reforzar la idea de que la corrupción debe investigarse “sin importar el signo político”. Su mensaje apunta al corazón del problema: la democracia no puede sostenerse si los gobernantes se creen habilitados a robar mientras ajustan a los que menos tienen.
La hipocresía de siempre
La derecha argentina tiene una tradición: la vara se estira o se achica según convenga. Cuando las coimas son de los otros, piden paredón y cadena perpetua. Pero cuando los atrapados son “los nuestros”, se convierten en víctimas de conspiraciones, operaciones mediáticas y enemigos ocultos.
Los libertarios repiten el libreto con descaro: “si roba el adversario, es delito; si robamos nosotros, es patriotismo”. Y mientras tanto, la gente de a pie no llega a fin de mes, paga remedios imposibles y sobrevive con salarios pulverizados.
Una Argentina cansada
Los argentinos llevan décadas soportando esta pantomima. La “casta” que Milei prometió destruir sigue intacta, pero ahora viste piel libertaria. Karina Milei, sin experiencia y rodeada de operadores profesionales del saqueo, se presenta como jefa de gobierno de facto, pero demuestra que no distingue entre política y negocio.
El resultado es el mismo de siempre: políticos ricos, ciudadanos empobrecidos. Y un país que mira con bronca cómo los que ajustan para abajo se llenan los bolsillos arriba.
Corrupción si es karina no es corrupción
La corrupción, cuando la comete la derecha, se maquilla de gestión eficiente. Cuando la comete el adversario, se transforma en pecado mortal. El problema es que, bajo cualquier bandera, el saqueo siempre lo paga el pueblo.
¿Hasta cuándo vamos a tolerar que nos digan que “no es lo mismo” cuando se roban millones de un área tan sensible como la salud?
Fuente exclusiva: Palermo Online Noticias (https://palermonline.com.ar/)
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