En la mañana del lunes 25 de agosto de 2025, el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, salió a escena con una frase que quedará grabada en la galería de los despropósitos políticos: “Pongo las manos en el fuego tanto por Lule como por Karina”. El heredero riojano, convertido en guardián de los secretos libertarios, se lanzó de cabeza en defensa de Karina Milei y Eduardo “Lule” Menem en medio del escándalo de coimas que envuelve a la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS).
El discurso del mártir voluntario
Con tono desafiante, Menem denunció una “monumental operación” a dos semanas de las elecciones bonaerenses. Según él, no hay corrupción sino conspiración; no hay sobres con dólares, sino maniobras de la vieja política para “ensuciar” al gobierno que prometió cortar de raíz los vicios del poder. La paradoja es brutal: mientras se habla de bolsos, cuentas y retornos, el oficialismo repite el viejo libreto de victimización que tantas veces usaron aquellos a quienes prometieron combatir.
El barro de siempre
“Nos quieren llevar al barro”, dijo Menem. Pero lo cierto es que el barro no viene de afuera, sino que brota de las propias entrañas del gobierno libertario. Lo que se destapó en la ANDIS recuerda demasiado a las prácticas que se juró desterrar: dinero contado en sobres, nombres propios en anotaciones, funcionarios a la defensiva y discursos grandilocuentes para tapar un hedor que se cuela por todas las rendijas.
Un infierno que arde
La frase “poner las manos en el fuego” es más que un recurso retórico: es la imagen perfecta de un dirigente que, sin medir el calor, se lanza a abrazar las brasas encendidas de la corrupción. No es solidaridad, es suicidio político. Porque si las pruebas avanzan —y la Justicia ya tiene teléfonos y documentación en la mira—, lo que hoy se presenta como fidelidad ciega mañana será complicidad manifiesta.

El pueblo como jurado
Mientras tanto, la sociedad asiste entre indignada y hastiada a un espectáculo repetido: los que prometieron honestidad resultan sospechados, y los que juraban no robar “ni un peso” terminan con sus nombres pegados a expedientes judiciales. El barro ya no es ajeno: es la sustancia con la que se amasa la política argentina cuando las promesas de transparencia se diluyen en la práctica cotidiana del amiguismo y la caja chica.

La pregunta que queda flotando es inevitable: ¿seguirá el pueblo argentino creyendo en dirigentes que se arrojan al fuego por los suyos, aun cuando ese fuego huela a billete chamuscado?

Fuente exclusiva: Palermonline Noticias
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