Muere el papa Francisco, el pontífice argentino
Jorge Mario Bergoglio falleció este 21 de abril en la Casa Santa Marta. Su pontificado marcó un antes y un después en la Iglesia católica. Abrió ventanas, derribó paredes y se metió en líos —como él mismo pidió— para arrastrar a la Iglesia al siglo XXI.
Buenos Aires, abril de 2025. El humo no salió de la Capilla Sixtina, sino del alma argentina. Murió el papa Francisco. A los 88 años, el primer pontífice latinoamericano —jesuita, porteño, florense y cuervo de ley— dejó este mundo desde su residencia en la Casa Santa Marta. No hubo milagros esta vez, ni resurrección en tres días. Sólo el silencio incómodo de una época que se queda sin una de sus voces más potentes.
Sufría una pulmonía bilateral, un combo de infecciones y achaques que ya hacía tiempo lo tenían entre hospitales y sillones de ruedas. Pero el hombre nunca se corrió del centro de la escena. Francisco, que nació como Jorge Mario Bergoglio, fue el símbolo viviente de una Iglesia que se atrevió a enfrentarse consigo misma.
Del Flores profundo a los pasillos del Vaticano
Nació en 1936 en el barrio de Flores, de padre ferroviario piamontés y madre ama de casa. Fue técnico químico, maestro de literatura, cura en Mendoza, confesor en Córdoba, rector del Colegio Máximo de San Miguel. Un jesuita con los pies en la tierra y la voz afilada. Lejos del boato, abrazado a la contradicción. En los 70, cuando Argentina era sangre y humo, no fue ni héroe ni cómplice: fue hombre de silencios, de pasillos, de luchas internas.
Un arzobispo incómodo
Como arzobispo de Buenos Aires, tuvo una relación de dardos cruzados con los Kirchner. Les reprochaba la pobreza estructural y los gestos sobreactuados. Ellos lo acusaban de conservador recalcitrante. Nunca tragó el matrimonio igualitario, al que llamó “una pretensión destructiva al plan de Dios”. Pero tampoco bendijo a la derecha rancia. En su altar no había lugar para los mercaderes del templo ni para los economistas de Excel.
Un papa que rompió el molde (y la silla)
Cuando Benedicto XVI renunció en 2013, nadie imaginaba que el sucesor sería un argentino sin aparato vaticano. Lo eligieron por hartazgo, por necesidad de cambio, por la urgencia de una voz que no oliera a incienso rancio. Francisco pidió que no lo llamaran “Su Santidad”, durmió en una habitación sencilla, se movió en Fiat, y comía con los curas rasos. En Brasil, frente a miles de jóvenes, soltó una de las frases que quedará para la historia: «¡Hagan lío!». Y vaya si lo hizo.
Su legado: reforma, resistencias y grietas internas
Francisco abrió la Iglesia a los problemas del mundo real. Denunció el capitalismo salvaje, la pobreza, la trata de personas, la destrucción ambiental y la hipocresía clerical. Combatió la pedofilia con nuevas normas que sacaron a la luz décadas de encubrimiento. Dio lugar a las mujeres, aunque sin llegar a la ordenación. Aceptó las uniones civiles entre personas del mismo sexo como un derecho humano, aunque sin consagrar su bendición. Se enfrentó a los tradicionalistas que lo tildaron de “papa rojo”.
Pero también fue ambiguo, polémico, contradictorio. Dialogaba con el progresismo y cenaba con ultraconservadores. Defendía a los pueblos originarios pero callaba ante dictadores. Fue amado y odiado. Como debe ser.
¿Y ahora qué?
Se viene el cónclave. El ritual más cerrado, teatral y político del catolicismo. 135 cardenales, la mayoría puestos por él, definirán en secreto quién será el nuevo líder de la Iglesia. Es probable que lo elijan en su línea: alguien reformista, aunque quizás menos frontal. El humo blanco saldrá de la Capilla Sixtina, pero el futuro del catolicismo dependerá de si ese humo lleva reformas o restauración.
La paradoja argentina
En vida fue tratado con desprecio por buena parte de la política argentina. Desde los libertarios que lo insultaron como “zurdo empobrecedor”, hasta los progresistas que no le perdonaban su conservadurismo en temas de género. Y sin embargo, ningún argentino tuvo jamás tanto poder simbólico global como él.
Cristina Fernández, con quien tuvo mil idas y vueltas, fue una de las pocas que logró tenderle un puente humano. Participó de su asunción y, con el tiempo, se volvieron cómplices de una diplomacia silenciosa.
En cambio, Javier Milei, actual presidente argentino, nunca disimuló su desprecio por Francisco. Lo llamó “representante del maligno en la Tierra”, y después se desdijo por conveniencia. La historia no le perdonará ese exabrupto.
¿Canonizable?
Hay quienes ya hablan de santidad. ¿Será Francisco declarado “el Papa de los pobres”? ¿O el reformista maldito que incomodó tanto a los suyos como a sus enemigos? El tiempo, que es el gran editor, sabrá poner las comas. Por ahora, nos queda el eco de su voz y el peso de su ausencia.
