Crónica final del papa Francisco: El pastor que prefirió el alma del pueblo a la pompa del Vaticano
Por Mario José, para Palermo Online
El 21 de abril de 2025, el mundo despidió a Jorge Mario Bergoglio, el papa Francisco. No fue sólo el final de un pontificado: fue el cierre de una era en la que la fe se abrazó a los pobres, se calzó zapatos gastados y se animó a decir verdades incómodas en medio del mármol romano. Desde que apareció por primera vez en el balcón de San Pedro, con la sotana blanca y sin lujos, hasta sus últimas palabras públicas clamando por una Iglesia que “haga lío”, el papa argentino rompió moldes, incomodó al poder y volvió a acercar el Evangelio a la calle.
Un pastor en zapatillas
Francisco se negó a vivir en los palacios, a vestir la seda bordada de sus antecesores o a subirse a blindados que lo alejaran de la gente. Prefirió Santa Marta al Palacio Apostólico, los colectivos porteños al papamóvil blindado, y los zapatos de siempre a las babuchas de cardenal. Su austeridad no fue estética: fue mensaje.
Ese mensaje se reflejó en gestos que quedaron grabados en la retina del mundo: lavó los pies de presos y refugiados, abrazó a un hombre con neurofibromatosis, le llevó un sándwich a un guardia suizo y bendijo con ternura a madres amamantando en plena ceremonia. En cada acción, desarmó la rigidez de la Curia y humanizó el poder pontificio.
El rebelde de Dios
“¡Hagan lío!”, dijo apenas comenzado su papado en Brasil, durante la Jornada Mundial de la Juventud. No era una frase suelta: era una declaración de guerra contra la burocracia, el clericalismo y la comodidad eclesiástica.
Francisco fue incómodo. Para muchos curas ricos, para muchos políticos de derecha, y para más de un empresario creyente que prefería un Jesús de yeso antes que el que echó a los mercaderes del templo. Criticó el capitalismo salvaje, denunció la concentración de la riqueza, habló de “falsos dioses” cuando se refería al mercado y pidió más impuestos a los ricos para redistribuir el ingreso.
A ese Francisco, progresista, defensor del ambiente y del Estado como garante de justicia social, no lo querían los banqueros ni los obispos de sotana cara. Lo acusaban de populista, pero él respondía con hechos: se reunía con cartoneros, no con CEOS.
Sexo, trans y humanidad
El papa no sólo habló de política. Se metió en los tabúes más intocables del catolicismo: sexualidad, identidad de género y moral moderna. A un joven trans le dijo: “Dios te ama como sos”. A unos chicos les explicó que el sexo es “una de las cosas más lindas que Dios nos dio”. A las madres, que “amamantaran sin miedo”.
También criticó la pornografía y la masturbación, pero no desde el látigo del dogma, sino como quien advierte sobre una banalización de la belleza del cuerpo y el deseo. Francisco no cambió la doctrina, pero sí el tono, la mirada, el abrazo.
Una política del alma
Aunque nunca volvió a la Argentina, nunca se fue del todo. Desde Roma, el papa miraba con atención las escenas locales, a veces como viejo zorro de la política criolla, a veces como pastor preocupado.
Fue enemigo declarado de los Kirchner mientras fue cardenal, pero una vez papa, recibió siete veces a Cristina Fernández. No se dejó capturar por ninguna bandera. Por eso, ni los K lo pudieron convertir en ídolo, ni los anti lo pudieron convertir en mártir. Fue un ajedrecista con cruz en el pecho. Y supo evitar la trampa de regresar: sabía que lo usarían para polarizar más al pueblo.
El abuelo que recitaba a Borges
En sus últimos años, Francisco mostró una sensibilidad que desarmó incluso a sus críticos. Recordó los almuerzos con su abuela Rosa en piamontés, y recitó de memoria a Borges: “Solo una cosa no hay, es el olvido”.
Citó a Manzoni, a De Amicis, y habló de cómo el arte salva. Fue un abuelo del mundo, un viejo sabio con alma de niño, que enseñaba con anécdotas más que con bulas. En su voz había tango, historia y calle.
¿Y ahora qué?
Muerto Francisco, ¿quedará su legado? ¿O la Iglesia volverá al oro, al mármol y a los silencios? ¿Será recordado como el Papa que reformó o como el que intentó y no pudo?
Lo cierto es que cambió la manera en que se mira el papado. Mostró que el poder puede arrodillarse, que el Vaticano puede llorar, que un Papa puede pedir perdón, y que la fe no está en el trono sino en la calle.
Conclusión
Francisco fue el pastor de las ovejas sueltas, el cura villero que llegó a la cima sin perder el alma. El que pidió que la Iglesia no sea una ONG, el que habló de sexo con ternura, el que no se arrodilló ante el oro, sino ante los pobres.
No volvió a Buenos Aires, pero su sombra ya es estatua en cada esquina donde el pueblo reza y protesta. Como dijo en su momento, «Dios no se cansa de perdonar», y quizá eso también valga para una humanidad que hoy, sin él, se siente un poco más huérfana.
