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Alejandro Rozitchner: mercenario y charlatán

Charlatán al cortesano: cuando el pensamiento se acerca demasiado al poder

Por Palermonline Opinión

Decálogo del intelectual cortesano

  1. No persigue la verdad: primero identifica dónde está el poder y después acomoda sus argumentos.
  2. No examina los hechos: examina quién los protagoniza. Si son aliados, comprende; si son adversarios, condena.
  3. No responde preguntas incómodas: cuestiona a quien las formula.
  4. No investiga los escándalos: denuncia conspiraciones, operaciones y persecuciones.
  5. No practica el pensamiento crítico: lo administra selectivamente según la conveniencia política del momento.
  6. No discute las pruebas: desacredita periodistas, opositores o denunciantes para evitar hablar del problema de fondo.
  7. No mantiene distancia del poder: gravita a su alrededor como un satélite atraído por su propia fuente de energía.
  8. No reconoce contradicciones: las rebautiza como evolución, pragmatismo o cambio de contexto.
  9. No arriesga prestigio enfrentando a los gobernantes que admira: reserva su valentía para atacar a quienes tienen menos poder que ellos.
  10. No busca comprender la realidad: busca construir un relato donde los amigos siempre tengan razón y los críticos siempre estén equivocados.

Mercenario y Anti Argentino

Desde la Antigua Grecia, los filósofos desconfiaron de una figura particular: el intelectual que abandona la búsqueda de la verdad para convertirse en servidor del poder. No se trata de un problema nuevo. Tiene más de dos mil años de historia.

Platón observó cómo los sofistas recorrían las ciudades enseñando técnicas de persuasión a cambio de dinero. Su preocupación no era económica sino moral. Lo que le molestaba era que muchos de ellos parecían más interesados en ganar discusiones que en encontrar la verdad. Para Platón, el verdadero filósofo debía estar comprometido con la verdad incluso cuando esa verdad resultara incómoda para los gobernantes.

La pregunta sigue vigente. ¿Qué ocurre cuando un pensador se vuelve demasiado cercano al poder? ¿Qué sucede cuando la crítica desaparece y es reemplazada por una defensa constante de quienes gobiernan?

La figura de Alejandro Rozitchner genera precisamente ese debate. Durante años fue identificado con el macrismo y con la construcción cultural del PRO. Más recientemente apareció respaldando buena parte de las transformaciones impulsadas por Javier Milei. Sus intervenciones públicas suelen concentrarse en explicar por qué las críticas al oficialismo son exageradas, injustas o producto de operaciones políticas.

Sus defensores afirman que se trata simplemente de coherencia ideológica. Sus detractores sostienen que existe una tendencia a justificar a los gobiernos afines con una indulgencia que no se observa frente a los adversarios.

Si Sócrates analizara este fenómeno probablemente haría lo que hizo toda su vida: preguntar. No insultaría. No acusaría. Preguntaría. ¿Por qué un intelectual mantiene una mirada crítica frente a ciertos sectores y una mirada comprensiva frente a otros? ¿Cuáles son los límites entre la convicción y la lealtad política? ¿Puede un pensador conservar su independencia cuando se encuentra demasiado cerca de los centros de decisión?

Nietzsche posiblemente observaría otra cuestión. Desconfiaba profundamente de quienes adaptaban sus principios a las conveniencias del momento. Para él, la integridad intelectual exigía sostener una posición aun cuando resultara costosa. El filósofo alemán consideraba que la independencia tenía un precio y que muy pocos estaban dispuestos a pagarlo.

George Orwell, por su parte, dedicó gran parte de su obra a denunciar la relación entre intelectuales y poder. Advertía que el mayor peligro no era la censura directa sino la aparición de personas capaces de justificar cualquier decisión de sus propios aliados mientras condenaban exactamente las mismas conductas cuando eran realizadas por sus enemigos.

Julien Benda escribió en 1927 «La traición de los intelectuales», una obra que sigue siendo actual. Allí describía cómo muchos pensadores abandonaban los principios universales para convertirse en defensores de causas políticas concretas. El intelectual dejaba entonces de ser un observador crítico para transformarse en un actor más dentro de la lucha por el poder.

Antonio Gramsci entendía que los intelectuales nunca son completamente neutrales. Siempre participan de una disputa cultural. Pero incluso desde esa perspectiva existe una diferencia importante entre intervenir en el debate público y actuar como legitimador permanente de una fuerza política.

La cuestión de fondo no es Alejandro Rozitchner. Tampoco Mauricio Macri ni Javier Milei. El verdadero tema es el papel que la sociedad espera de quienes se presentan como pensadores.

¿Deben desafiar al poder o acompañarlo?

¿Deben formular preguntas incómodas o elaborar respuestas convenientes?

¿Deben conservar una distancia crítica o integrarse plenamente a los proyectos políticos que apoyan?

Cada generación responde esas preguntas de manera diferente. Sin embargo, existe una constante histórica. Los filósofos que perduraron fueron aquellos que incomodaron a los poderosos de su tiempo. Sócrates terminó condenado a muerte. Spinoza fue expulsado de su comunidad. Voltaire enfrentó persecuciones. Orwell desafió tanto a la derecha como a la izquierda.

Ninguno construyó su prestigio explicando por qué el gobierno amigo tenía razón.

Tal vez por eso la discusión sigue abierta. Porque la historia suele recordar a quienes cuestionaron al poder mucho más que a quienes se dedicaron a justificarlo.