Miles abandonan las prepagas por no poder pagarlas
La gripe volvió a golpear con fuerza en la Ciudad de Buenos Aires y el invierno todavía ni siquiera arrancó de lleno. Mientras los casos de influenza A(H3N2) crecen en todo el país y el Instituto Malbrán confirmó la circulación dominante del subclado J.2.4.1 (K), en los barrios porteños empieza a sentirse otra enfermedad mucho más profunda: el derrumbe silencioso del sistema sanitario argentino. Porque la fiebre no solamente está en los cuerpos. También está en las guardias abarrotadas, en los jubilados que dejan de pagar la prepaga y en los médicos agotados que atienden filas eternas en hospitales públicos que ya venían funcionando al límite.
Según el último Boletín Epidemiológico Nacional, ya fueron detectados 183 casos secuenciados del nuevo subclado de influenza, con fuerte presencia en CABA, Provincia de Buenos Aires, Salta, Tucumán y Mendoza. La variante prácticamente monopoliza la circulación viral de gripe A(H3N2) en las últimas semanas. Los síntomas son conocidos por cualquiera que haya atravesado una gripe fuerte alguna vez: fiebre alta, tos persistente, dolores musculares, congestión nasal y un cansancio brutal que puede durar semanas. Pero detrás de esos síntomas aparece otro cuadro todavía más delicado: la sensación de abandono que se respira en buena parte de la población.
En Palermo, Colegiales, Chacarita y Villa Crespo, los comentarios se repiten en farmacias, cafés y salas de espera. “Di de baja la prepaga porque me aumentó más que el alquiler”, cuenta Marta, vecina de Palermo Viejo, mientras espera ser atendida en el Hospital Fernández. “Antes iba al sanatorio privado y entraba rápido. Ahora estoy hace cuatro horas esperando”. La escena ya no sorprende a nadie. Lo que durante años fue una migración silenciosa hacia la medicina privada empezó a invertirse violentamente por el costo de las cuotas, los copagos y los medicamentos. Miles de familias de clase media, golpeadas por aumentos constantes y salarios pulverizados, están regresando al hospital público.
Y ahí aparece la otra cara del problema: el Estado nacional ajustó partidas sanitarias, redujo programas y dejó a provincias y municipios tratando de sostener una demanda explosiva con recursos cada vez más finitos. En muchos centros de salud barriales ya empiezan a faltar turnos, profesionales y vacunas antigripales. En algunas farmacias porteñas directamente se agotaron las dosis privadas, mientras los sectores de riesgo intentan conseguir vacunación gratuita en hospitales donde la demanda supera ampliamente la oferta.
La postal empieza a recordar a otras crisis argentinas, aunque con una diferencia amarga: esta vez la angustia convive con un discurso oficial que minimiza el rol del Estado incluso cuando la población vuelve desesperadamente hacia él. Durante la campaña presidencial se prometió eficiencia extrema, ajuste total y una economía que “se levantaría sola”. Pero en la práctica, el mercado no vacuna, el mercado no sostiene guardias y el mercado tampoco atiende gratis a un jubilado con fiebre alta a las tres de la mañana. Cuando la enfermedad entra por la puerta, el liberalismo abstracto choca contra la sala de espera llena.
En los hospitales públicos porteños ya se observa un incremento de internaciones respiratorias, especialmente en adultos mayores y personas con enfermedades preexistentes. Médicos clínicos y terapistas vienen advirtiendo desde hace semanas que el pico fuerte todavía podría llegar entre junio y julio. La preocupación crece porque el sistema arrastra desgaste, salarios deteriorados y una sobrecarga estructural que no se resuelve con discursos televisivos ni con peleas de redes sociales.
En Palermo Hollywood, un farmacéutico resumía la situación con una frase que sonó más porteña que estadística: “La gente viene buscando Tamiflu, ibuprofeno y vacunas como si estuviera armando un refugio para el invierno”. Hay miedo. Y no solamente al virus. Hay miedo a enfermarse sin cobertura, a faltar al trabajo, a no conseguir turno o a tener que elegir entre pagar la prepaga o llenar la heladera. Esa sensación, tan argentina como el café con medialunas y la bronca en el colectivo, empieza a expandirse otra vez por los barrios.
La influenza siempre existió. Los inviernos duros también. Pero cuando la enfermedad se mezcla con caída del poder adquisitivo, hospitales saturados y un sistema sanitario tensionado hasta el límite, el problema deja de ser solamente médico y pasa a ser social, económico y político. Porque detrás de cada estadística hay una abuela esperando en una guardia, un médico exhausto o un trabajador que se automedica porque no puede pagar una consulta.
Mientras tanto, el virus sigue circulando. Y Buenos Aires vuelve a descubrir algo que parecía olvidado en medio de tanta batalla ideológica: cuando el cuerpo se rompe, la realidad termina imponiéndose sobre cualquier relato.
Fuente: Palermo Online Noticias.
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