El Eternauta da la vuelta al mundo: un homenaje que le pega de lleno a Milei y su odio por la cultura nacional
El Eternauta, la obra inmortal de Héctor Germán Oesterheld, desaparecido por la dictadura junto a sus cuatro hijas, vuelve al centro del escenario. Esta vez, no desde las páginas de una historieta mítica, sino como la tercera serie más vista del planeta en Netflix. El dato no es solo un orgullo nacional: es un cachetazo cultural, político y simbólico a Javier Milei y su troupe de zombis liberotarios que desprecian todo lo que huela a arte, memoria y producción argentina.
Se ha transformado en un hito de alcance global: El Eternauta, esa historia dibujada que sobrevivió a la censura, a la desaparición de su autor, a los silencios impuestos por el terror estatal, hoy brilla en una plataforma internacional con dirección, actuación, guión y producción local. Contra toda la prédica negacionista del oficialismo, la ficción argentina pisa fuerte, y lo hace evocando un mensaje que incomoda: “Nadie se salva solo”.
Esa frase —que en la voz de Juan Salvo suena a advertencia y a consigna— resuena como plomo fundido sobre las cabezas del dogma mileísta. ¿Cómo digerir ese mensaje quienes se la pasan vociferando contra lo colectivo, desfinanciando el arte, cerrando institutos y llamando “zánganos” a los trabajadores de la cultura? ¿Qué sentirán al ver que una historieta escrita por un militante peronista, asesinado por la dictadura, se convierte en tendencia mundial sin necesidad de rendirle cuentas al mercado ni a Miami?
La historia duele, pero se impone. Oesterheld no fue solo el genio que escribió Sargento Kirk, Mort Cinder y El Eternauta con dibujos del enorme Francisco Solano López. Fue también un padre. Un militante. Un periodista. Un desaparecido. Y sus cuatro hijas, todas ellas, también fueron secuestradas, torturadas y asesinadas por el terrorismo de Estado. El que Milei y Victoria Villarruel intentan blanquear con discursos y homenajes a genocidas.
Netflix no tiene ideología, pero el éxito cultural es inevitablemente político. Porque cuando una producción argentina como esta se mete entre las tres más vistas del planeta, está diciendo mucho más que «tenemos buenos actores». Está diciendo: seguimos vivos. Seguimos contando. Seguimos resistiendo. Con talento, con memoria, con dignidad. A pesar del ajuste, a pesar de los recortes, a pesar del odio al INCAA, al cine, al teatro, a la literatura.
Y no, no es casual que esta serie llegue justo ahora. Justo cuando el Gobierno de Milei intenta dinamitar toda forma de expresión popular que no se arrodille ante los intereses del capital extranjero. Justo cuando la motosierra apunta a la identidad. El Eternauta, como mensaje, como símbolo y como fenómeno, les explota en la cara.
¿Quién necesita más pruebas de que el arte argentino puede triunfar sin necesidad de rendirse? ¿No es esta, acaso, la venganza poética de una patria narrada por sus propios héroes, con Oesterheld como bandera?
¿Y vos? ¿Ya viste El Eternauta? ¿Qué sentiste? ¿Creés que la cultura puede ser un acto de resistencia en tiempos de oscuridad?
