libreria biblioteca news 1

La libertad que no libera: la incómoda enseñanza

¿Cómo pudo un pueblo que escapó de la esclavitud legislar la servidumbre? La Torá no disimula la contradicción: limita el poder del amo, obliga a liberar y exige que nadie recupere su libertad con las manos vacías. Una enseñanza antigua que todavía interpela a Buenos Aires y a una sociedad que pronuncia mucho la palabra libertad, pero no siempre se pregunta qué hace falta para ejercerla de verdad.

Buenos Aires ama la palabra libertad. La coloca en discursos, monumentos, avenidas, campañas políticas y declaraciones solemnes. La repetimos tanto que corremos el riesgo de gastarla, como una moneda que pasa de mano en mano hasta perder el relieve. Pero la libertad no es solamente abrir una puerta: también es tener un lugar adonde ir cuando esa puerta se abre.

La parashá Reé plantea una de las preguntas más incómodas de toda la Torá. Moisés se dirige al pueblo de Israel cuando está por ingresar a la Tierra Prometida y le explica cómo deberá organizar su vida colectiva. Después de haber padecido la esclavitud en Egipto, los israelitas están a punto de recuperar su autonomía nacional. Sin embargo, entre las leyes destinadas a esa nueva sociedad aparecen normas que regulan la servidumbre:

“Cuando tu hermano, hombre o mujer hebreos, sea vendido a ti, te servirá seis años, y en el séptimo año lo dejarás libre”.

La pregunta surge de inmediato: ¿cómo es posible que quienes lucharon por recuperar su libertad puedan esclavizar a sus propios hermanos? ¿Cómo puede la Torá, nacida de la memoria de Egipto, admitir que una persona sirva a otra?

Una ley que incomoda

No tendría sentido maquillar el problema. La Torá no abolió completamente la esclavitud, una institución extendida en todas las sociedades de la Antigüedad. Desde nuestra conciencia contemporánea, esa ausencia constituye una dificultad moral y una mancha que no debe esconderse debajo de la alfombra.

Sin embargo, la figura del eved ivrí, el siervo hebreo mencionado en Reé, tampoco era idéntica a la esclavitud racial, perpetua y hereditaria que el mundo conocería muchos siglos después. Generalmente estaba vinculada con la pobreza extrema, las deudas o la imposibilidad de sostenerse. Era una forma de servidumbre limitada por normas y por un plazo determinado.

La Torá no destruye la institución, pero interviene para reducir el poder del amo. El siervo no podía quedar sometido para siempre: al séptimo año debía recuperar su libertad. También conservaba derechos, participaba del descanso sabático y debía ser tratado como un ser humano, no como una herramienta descartable.

La tradición talmúdica llevó estas restricciones hasta formular una ironía extraordinaria: “Quien compra un esclavo hebreo es como si comprara un amo para sí mismo”. El dueño debía compartir con él la comida, la bebida y determinadas condiciones de vida. No podía dormir cómodamente mientras su servidor dormía en el suelo ni reservarse alimentos mejores. El poder económico quedaba sometido a una responsabilidad moral.

Esto no convierte la esclavitud en algo bueno. Revela otra cosa: la Torá trabaja muchas veces sobre el mundo real, con sus injusticias ya instaladas, para colocarles límites y empujar a la sociedad hacia una forma de vida más humana. No siempre presenta una utopía terminada; en ocasiones construye un camino para salir de la barbarie.

Recordar Egipto para no convertirse en faraón

La razón de estas obligaciones aparece en el propio texto: “Recordarás que fuiste esclavo en la tierra de Egipto y que el Eterno, tu Dios, te liberó”.

La memoria del sufrimiento no debía transformarse en permiso para ejercer el mismo poder sobre otros. Haber sido esclavo no otorgaba el derecho a convertirse en faraón. Por el contrario, obligaba a reconocer antes que nadie el dolor de quien depende de la voluntad ajena.

Ese es uno de los grandes riesgos de toda liberación. Los pueblos y las personas que consiguen escapar de la opresión pueden construir una sociedad diferente o limitarse a ocupar el lugar que antes pertenecía al opresor. La Torá advierte que cambiar de dueño no alcanza y que tampoco basta con sustituir a quienes mandan. La verdadera transformación consiste en modificar la manera en que se ejerce el poder.

Por eso Reé no se conforma con ordenar que el siervo sea liberado después de seis años. Agrega una disposición todavía más profunda: no deberá salir “con las manos vacías”. Su antiguo dueño tendrá que entregarle generosamente parte de su ganado, de su cosecha y de su vino.

En el mundo bíblico, esos bienes representaban la posibilidad concreta de comenzar una nueva vida. No eran un regalo sentimental ni una propina para tranquilizar la conciencia. Eran capital, alimento y herramientas para recuperar la autonomía.

Abrir la puerta no alcanza

La Torá comprende algo que las sociedades modernas todavía se resisten a aceptar: una libertad sin medios materiales puede convertirse en una ficción.

Una persona liberada, pero sin vivienda, alimento, educación, trabajo, documentos o vínculos comunitarios, continúa atrapada por las condiciones que hicieron posible su sometimiento. Puede abandonar físicamente la casa del amo y, sin embargo, verse obligada a regresar al poco tiempo porque afuera no encuentra ninguna alternativa.

La orden de no despedir al siervo con las manos vacías reconoce que quien se benefició con su trabajo tiene una responsabilidad sobre su futuro. La libertad no termina cuando se corta una cadena. Recién comienza allí.

¿Cuáles serían hoy los equivalentes del ganado, el grano y el vino mencionados por la Biblia? Un documento de identidad, una vivienda segura, atención médica, acompañamiento psicológico, educación, capacitación profesional, asistencia jurídica y un empleo digno. También una comunidad dispuesta a recibir a la persona sin estigmatizarla ni condenarla a sobrevivir nuevamente en los márgenes.

Rescatar a alguien sin ofrecerle condiciones para reconstruir su vida es dejar el trabajo por la mitad.

La esclavitud también tuvo domicilio porteño

La Argentina proclamó la libertad de vientres en la Asamblea del Año XIII y abolió formalmente la esclavitud mediante la Constitución de 1853. Sin embargo, durante mucho tiempo Buenos Aires prefirió construir una imagen de sí misma en la que la presencia y el sufrimiento de los afroporteños quedaron desdibujados.

La esclavitud no fue una tragedia lejana que solamente ocurrió en plantaciones extranjeras. También formó parte de las casas, las calles, los comercios y la economía de esta ciudad. Sus rastros fueron borrados con una eficacia casi perfecta, como si esconder el pasado pudiera corregirlo.

Hoy la esclavitud está prohibida por la Declaración Universal de los Derechos Humanos y por las leyes nacionales e internacionales. Sin embargo, persiste bajo otras formas: trata de personas, explotación sexual, trabajo forzoso, servidumbre doméstica, sometimiento mediante deudas y talleres clandestinos en los que trabajadores vulnerables son privados de su libertad real.

No toda precariedad laboral constituye jurídicamente esclavitud, pero existen condiciones de explotación que se acercan peligrosamente a ella: jornadas interminables, amenazas, retención de documentos, encierro, salarios inexistentes y deudas artificiales que jamás terminan de pagarse.

También en Buenos Aires hay puertas que permanecen cerradas, aunque desde la vereda nadie escuche el ruido de las cadenas.

¿Qué hacemos con nuestra libertad?

La presencia de leyes sobre la esclavitud en la Torá puede leerse únicamente como una marca dolorosa de su época. Pero también puede entenderse como una exigencia dirigida a cada generación: reconocer dónde se concentra el poder, colocarle límites y asumir una responsabilidad concreta hacia quienes han sido sometidos.

La tradición judía llama matir asurim al acto de liberar a los cautivos. No se trata solamente de romper cadenas visibles. Significa ayudar a que la persona liberada recupere su dignidad, su capacidad de elegir y los medios necesarios para conducir su propia vida.

En una época que convierte la libertad en una consigna publicitaria, Reé formula una advertencia bastante más exigente: nadie es verdaderamente libre si debe aceptar cualquier condición para poder comer. Y ninguna sociedad puede considerarse libre mientras tolere que los más débiles sean utilizados como objetos.

La pregunta de la parashá sigue abierta, atravesando los siglos hasta llegar a nuestras mesas, nuestras calles y nuestros barrios: ¿qué clase de libertad defendemos? ¿La del poderoso que reclama que nadie limite sus decisiones o la del vulnerable que necesita condiciones reales para ponerse de pie?

Porque liberar no es abandonar. Liberar es abrir la puerta, acompañar el primer paso y asegurarse de que, esta vez, nadie tenga que volver con el antiguo amo para sobrevivir.