La mujer que marcó al papa Francisco y terminó arrojada al mar
Por Pablo Editor | Palermo Online Noticias
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Esther Ballestrino de Careaga, la bioquímica que le abrió los ojos a Jorge Bergoglio sobre la justicia social, fue víctima de uno de los crímenes más infames de la dictadura argentina. Su historia es también la historia del país que se llevó a sus mejores mujeres.
En la vida de todo líder hay una semilla, un momento de fuego, una figura que lo inicia en el camino del compromiso. Para Jorge Bergoglio, esa figura fue una mujer de ciencia y de convicción: Esther Ballestrino de Careaga, paraguaya de nacimiento, bioquímica de profesión, y madre de Plaza de Mayo por tragedia nacional.
En sus propias memorias, el papa Francisco no dudó en nombrarla: «Realmente le debo mucho a esa mujer». Y lo decía con tono de hijo espiritual, de alumno agradecido. La conoció cuando tenía apenas 16 años, en un laboratorio de Buenos Aires. Ella era su jefa, él, un joven curioso. Ella lo obligaba a leer libros, lo hacía pensar en política, lo empujaba a mirar el mundo con ojos de justicia.
No era poca cosa en un país que se encaminaba hacia la oscuridad.
Una vida entre dictaduras
Nacida en 1918 en Fray Bentos, Uruguay, pero criada en Encarnación, Paraguay, Ballestrino fue desde temprano una voz incómoda para los poderes de turno. Militante del Partido Revolucionario Febrerista, sufrió persecución por la dictadura paraguaya y, como tantos latinoamericanos, buscó refugio en la Argentina peronista de los años 40.
Ya en Buenos Aires, se casó, fue madre de tres hijas y nunca abandonó su militancia. El compromiso era parte de su ADN. La ciencia la mantenía lúcida; la política, viva. Pero la historia, como suele hacer con los valientes, le preparaba un calvario.
Terrorismo de Estado
Cuando la dictadura cívico-militar tomó el poder el 24 de marzo de 1976, los horrores no tardaron en golpear su puerta. Dos yernos secuestrados. Su hija Ana María Careaga, de 16 años y embarazada, raptada y torturada brutalmente en el centro clandestino de Club Atlético. A golpes de puño le marcaron el vientre: los militares sabían que había una vida en formación. La encerraron durante meses. Milagrosamente, sobrevivió y pudo parir a su hija.
Ballestrino, como tantas madres argentinas, no se quedó en su casa a esperar. Salió a la calle. A la Plaza. Fundó junto a otras mujeres el grupo que el mundo conocería como Madres de Plaza de Mayo. Usaban pañuelos blancos en la cabeza, símbolo de pañales, símbolo de lucha, símbolo de ausencia.
La vuelta y el martirio
Tras la liberación de su hija, se exilió en Brasil y luego en Suecia. Pero su espíritu no se rendía. Volvió. Decía que no podía dormir tranquila sabiendo que otros hijos seguían desaparecidos. Que la lucha debía ser colectiva. Que había que volver al país del horror para alumbrar justicia.
El 8 de diciembre de 1977, Ballestrino fue secuestrada en una iglesia de Buenos Aires junto a Azucena Villaflor y María Ponce, todas madres fundadoras. El símbolo se volvía tragedia.
Llevadas a la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), centro del horror sudamericano, fueron torturadas durante días. Luego, arrojadas vivas al mar en los llamados “vuelos de la muerte”, una técnica de exterminio planificada, cobarde y diabólica.
El mar devolvió sus cuerpos el 20 de diciembre. Pero Argentina no supo —o no quiso— reconocerlas. Recién en 2005, el Equipo Argentino de Antropología Forense confirmó que uno de esos cuerpos pertenecía a Esther Ballestrino.
Fue enterrada, finalmente, en el jardín de la iglesia donde la habían secuestrado. Volvió al punto de partida, pero esta vez con nombre, con historia, con memoria.
El recuerdo del papa
El papa Francisco nunca dejó de nombrarla. En entrevistas, en libros, en charlas íntimas. Nello Scavo, periodista italiano, escribió un libro titulado «Bergoglio y los libros de Esther», en el que detalla esa relación formativa entre una bioquímica feminista y un futuro pontífice.
En su autobiografía Esperanza, Francisco afirma que Ballestrino le enseñó “la seriedad del trabajo”. Pero no fue sólo eso. Le enseñó a ver a los pobres, a los oprimidos, a los que no tienen voz. Fue ella quien lo sacó del claustro para mostrarle la vida.
De ahí, quizás, su constante prédica por los descartados, su mensaje social, su crítica al capitalismo salvaje, su cercanía con los movimientos sociales. Todo eso tiene una raíz. Y esa raíz se llama Esther Ballestrino.
¿Qué país es este?
Una mujer que educó a un papa. Una mujer que desafió a dos dictaduras. Una mujer que defendió a su hija con una valentía inquebrantable. Y terminó asesinada, arrojada al mar, como basura.
¿Puede una nación seguir funcionando como si nada tras una historia así? ¿Puede la democracia ser plena si todavía hay centenares de Esthers sin nombre, sin tumba, sin justicia?
En tiempos donde se relativiza la dictadura, donde algunos niegan o minimizan, recordar a Ballestrino no es sólo un acto de memoria. Es una obligación moral.
Y si la Iglesia entera despidió hace poco a Jorge Bergoglio, no estaría mal que también le dedicara un minuto de silencio a Esther. Porque ella fue, sin saberlo, una de sus mejores maestras.
