La revista oficial del antiguo Jardín Zoológico no publicó una tabla completa de raciones, pero dejó datos precisos sobre la alimentación de cachorros, aves, felinos, monos y animales de pastoreo. Los documentos muestran un sistema que combinaba costumbres antiguas, observación cotidiana y una temprana experimentación veterinaria.
El Zoológico de Buenos Aires de 1912 no tenía un único “menú animal”. La dirección intentaba adaptar la alimentación a cada especie y, especialmente, a su capacidad digestiva. El alimento podía modificarse por su calidad o cantidad cuando los análisis microscópicos de la materia fecal revelaban irritaciones, parásitos o problemas intestinales.
Cachorros de león y tigre criados con mamadera
El régimen más detallado era el aplicado a los cachorros rechazados por sus madres. Durante los primeros diez o quince días recibían leche de cabra cruda, ligeramente rebajada con agua. La revista reconocía que aquella leche no materna podía causar dificultades digestivas y demorar las evacuaciones durante tres o cuatro días.
Alrededor de los quince días comenzaban a reducir gradualmente la leche y la reemplazaban por puré de pescado hervido, finamente tamizado. La cantidad de pescado aumentaba poco a poco hasta que, al cumplir un mes, el cachorro tomaba pescado disuelto en agua. Al mes y medio ya podía comer pequeñas bolitas preparadas con ese mismo alimento y recibía agua hervida mediante una mamadera.
Es un protocolo histórico, no una recomendación veterinaria actual. Sin embargo, resulta un documento extraordinario porque detalla paso a paso cómo se intentaba salvar a los cachorros huérfanos hace más de un siglo.
Carne para los felinos, pero sin una ración conocida
La publicación confirma que los tigres y pumas recibían carne o presas, aunque no informa el peso de las porciones ni la frecuencia de cada comida. Un tigre de Bengala criado en una casa llegó a rechazar la carne entregada por los cuidadores: solamente comía cuando la mujer que lo había criado se acercaba, lo acariciaba y permanecía junto a él.
Otro cachorro de tigre, después de superar una parasitosis, rompió la puerta de la cocina y se llevó una pierna de carnero. La anécdota permite saber que el establecimiento almacenaba carne ovina, aunque no demuestra que fuera la ración habitual de todos los grandes felinos.
Gallinas alimentadas con pasto, yerba, maíz, trigo y sopa
Las aproximadamente 1.200 gallinas del criadero municipal de Belgrano llegaron acostumbradas a comer pasto y la yerba usada que se arrojaba después de tomar mate. Según Clemente Onelli, hubo que enseñarles a reconocer otros alimentos: maíz, trigo y sopa.
La revista no explica qué ingredientes llevaba aquella sopa. Probablemente se tratara de una preparación económica elaborada con restos y cereales, pero el documento no permite afirmarlo. Lo comprobable es que las aves complementaban esa comida con pastoreo y salían en masa a buscar vegetación cuando las nubes tapaban el fuerte sol del verano.
Pasto para cabras, caballos y mulas
El pastoreo era considerado indispensable para los animales herbívoros. En el tambo municipal del Parque de los Patricios se proporcionaba pasto abundante a las cabras, porque la dirección entendía que favorecía la producción de leche.
La crónica también menciona el traslado de tres caballos viejos y diez mulas hacia el Parque Saavedra para que aprovecharan sus campos. No era solamente un cambio de alojamiento: se los enviaba expresamente a pastorear.
En el caso de Mimí, la jirafa, el alimento se colocaba en altura. Durante la época navideña se le colgaban ramas y “golosinas” vegetales hasta 5,20 metros del suelo, obligándola a estirar el cuello y comer de una manera más cercana a su conducta natural.
Granos e insectos para las palomas
Las palomas buscaban por su cuenta granos e insectos en los alrededores del palomar. Onelli observaba incluso hacia qué puntos cardinales volaban para encontrar comida e intentaba relacionar esas rutas con los cultivos, la vegetación y las características del terreno.
El famoso medio kilo de bacalao salado dejado en el Parque Saavedra no era una ración habitual. Fue un cebo oloroso para atraer palomas hacia un palomar recién construido. El procedimiento funcionó: en cinco días se instalaron dos parejas y comenzaron a nidificar.
Pan y bananas para los monos viajeros
Una crónica sobre el traslado de animales a Hamburgo, a bordo del carguero Sevilla, describe una comida ofrecida a cinco monos del Chaco. Primero recibieron pan y después llegaron las bananas, presentadas humorísticamente como el postre de un “almuerzo de solteros”.
El dato procede de la sección satírica “Vida Social Zoológica”, pero permite reconstruir parte de la alimentación suministrada durante los largos viajes marítimos. Otro registro señala que un mono gibón comía en horarios establecidos y que sus alimentos eran mezclados con polvos preventivos recetados por el veterinario.
Alfalfa, maíz, ratas y gorriones
La misma crónica social ofrece pequeñas escenas de alimentación cotidiana. Una de las aves del lago tenía como alimento preferido dos cogollos tiernos de alfalfa, mientras que en una fiesta imaginaria de las aves aparecían círculos de maíz dispuestos sobre el suelo.
No toda la comida era entregada por los cuidadores. Una gata que vivía cerca del sector de los monos cazaba gorriones y ratas, lo que revela la existencia de animales domésticos que circulaban por el establecimiento y conseguían parte de su alimento dentro del propio ecosistema del Zoológico.
El agua más buscada era la que goteaba
Onelli dejó una observación llamativa: durante el verano, primates, leones, perros, elefantes, caballos, ciervos, ovejas y gallinas preferían beber el agua que caía de una canilla mal cerrada. La consideraban más fresca que la acumulada en los bebederos.
El detalle parece menor, pero muestra que la alimentación no se reducía a repartir carne o granos. La temperatura del agua, los horarios, la sombra, el pastoreo y la forma de presentar la comida también eran observados por los cuidadores.
Alimentar también era experimentar
El Jardín Zoológico era presentado como un establecimiento que estudiaba experimentalmente las dietas. La propuesta consistía en alimentar a cada especie de acuerdo con su capacidad digestiva, examinar sus deposiciones y reducir o retirar los productos que causaran problemas.
Ese método convivía con prácticas que hoy resultarían rudimentarias o directamente inaceptables. Pero detrás de aquellos ensayos ya aparecía una idea decisiva: los animales no podían recibir todos la misma comida y la sobrealimentación podía ser tan peligrosa como la falta de alimento.
El menú de 1912 quedó disperso entre artículos científicos, informes municipales y relatos humorísticos. Leche de cabra, pescado hervido, carne, maíz, trigo, sopa, pasto, alfalfa, ramas, granos, insectos, pan y bananas formaban parte de ese paisaje alimentario. Una cocina zoológica extraña, imperfecta y fascinante, donde cada ración también era un experimento sobre la vida en cautiverio.
Fuente documental: Revista del Jardín Zoológico de Buenos Aires, época II, año VIII, número 32, diciembre de 1912, especialmente páginas 289-296, 315, 327-330, 335-341 y 351-356.
