El victimizarse es un claro ejemplo de torpeza y estupidez emocional

Por Gloria Husmann autora de “La torpeza emocional”, Editorial del Nuevo Extremo (delnuevoextremo.com).

Entre las personas quejosas y las que exageran sus problemas, se observa un punto de conjunción significativo: su rol de víctimas. Por esa razón, es interesante analizar qué es lo que, en una clara demostración de torpeza emocional, pretenden quienes utilizan este recurso.
En general, se trata de personas que aspiran a que toda la atención esté puesta en ellas. Para lograrlo, en muchos momentos, se muestran como víctimas de ataques y persecuciones imaginarias. No solo perciben conspiradores donde no existen, sino que además piensan y sienten que el mundo entero está en su contra.
Poseen un raro entusiasmo por aparecer como víctimas, por denunciar como insensible la conducta de los demás. Son los “damnificados” de la vida. Guardan recuerdos vívidos de situaciones en las que no se sintieron comprendidos. Quizás esta sea la razón por la cual creen que poseen una suerte de patente de inmunidad que les permite justificar sus
actitudes, muchas veces agresivas.
Quienes se victimizan hacen un particular uso de la comunicación. Como hemos señalado, la queja es una de sus herramientas preferidas. Quienes son expertos en el uso de ella, no la expresan de forma directa. Hábilmente crean frases aparatosas y confusas, que remarcan su lado de víctimas, pero enmascarado en una aparente superación: “No me preocupa, ya estoy acostumbrado… toda la vida me pasó lo mismo”.
El lamento quejoso suele formularse de muchas maneras, pero siempre deja trascender un fondo de amargura y de desencanto. Quienes recurren frecuentemente a él son expertos en el manejo de mensajes indirectos y en el uso del silencio condenatorio. En el caso de que conozcan en profundidad a su interlocutor, lo manipularán emocionalmente hasta lograr asumir su rol de víctima. Es fácil detectar la manipulación:
“Me tratas así después de todo lo que hice por vos”. O “Si te importara sabrías lo mal que me hacés sentir”.
Estas personas suelen desarrollar una sucesión de estrategias, con el objetivo de que la otra persona involucrada asuma la culpabilidad en el conflicto. No olvidemos que para que alguien pueda asumir el papel de víctima, tiene que lograr que alguien ocupe el lugar de culpable o victimario.
Si observamos el uso que “el pobrecito” hace de la comunicación para lograr tal fin, veremos que es muy específica. En principio, utiliza un discurso de carácter incomprobable, el interlocutor no puede saber a ciencia cierta lo que la víctima siente, por lo tanto, no puede desmentirlo.
También, suele omitir pormenores, incrementando la parte de la información que lo favorece. Sin ambages, se adjudica el rol de víctima en una discusión, y logra que la otra persona quede, ante los demás, como alguien autoritario o carente de empatía. ¿Cómo lo logra? Conectándose permanentemente desde lo emocional.
“¿Por qué me hablás de esa manera? Me hacés sufrir; ¿Vos crees que te estoy mintiendo?”.
Quien se autodefine como víctima se contempla a sí mismo con mucha y consentida indulgencia ante el reclamo de verdadero compromiso.
Un ejemplo de ello es el caso de muchas madres, que en su rol de víctimas abandonadas, reclaman de sus hijos adultos una atención amorosa que ellas, por estar inmersas en su propio reclamo de atención, no proporcionaron cuando eran ellos los que la necesitaban. Algunas personas usan la victimización como estatus, como una posición en la vida. Su lugar es el de víctimas y, consciente o inconscientemente, dan por sentado que ubicándose en ese sitio obtendrán algún beneficio o reconocimiento. Si tuvieran ocasión de leer o escuchar esta
afirmación, la refutarían indignadas. ¡Cómo ellas que han tenido la desgracia de (…) van a estar soportando tanto para obtener reconocimiento!
Y se sentirían nuevamente víctimas de la incomprensión de los otros. Este tipo de víctimas pueden estar atravesando una situación dolorosa transitoria, como el desgastante cuidado de los padres añosos o enfermos, pueden tener un hijo con una enfermedad crónica física o mental, pueden estar sufriendo ellas mismas una dolencia de diversa gravedad o estar pasando por cualquier otra situación dolorosa.
Nadie cree que cualquiera de los casos mencionados no sea merecedor de comprensión y respeto. Pero estas dificultades se pueden transitar de diferentes maneras, y estas personas han elegido hacerlo sufriendo. Hay un goce oscuro, profundo e inconsciente en esa hija que posterga su vida para cuidar a sus padres, en esa madre que se consagró cuidadora y abdicó de vivir, en esa enferma que afronta con aparente y exagerada resignación su enfermedad, mientras obtiene beneficios secundarios a causa de ella.
En general, reclaman ayuda, pero no se dejan ayudar, porque, si lo hicieran, perderían el protagonismo, la oportunidad de hacer sentir culpable al otro y no podrían seguir sintiéndose víctimas. Qué sería de ellas si los padres murieran, los hijos sanaran y las enfermedades se curaran. Quizás no les quedaría más remedio que enfrentarse a su propio vacío o… lo
llenarían con otro motivo que les permitiera seguir victimizándose. “Nunca es triste la verdad… lo que no tiene es remedio. ¡Gracias a Dios!” (sic).
No hay una sola manera de victimizarse, todo dependerá de la personalidad de cada individuo. Se suele observar cómo la manipulación a través de la victimización obtiene algunos dividendos en la vida de estos expertos. En algunos casos, consiguen compañía, dinero, afecto, privilegios laborales y todos los beneficios que la solidaridad de las personas de su entorno, conmovidas por su manejo emocional, les proporcionan.
No poseen una auténtica empatía, los problemas de los demás se diluyen en su imaginario, donde lo único importante es lo que les pasa a ellos mismos. Sin embargo, son beneficiarios de la empatía de los demás. Si lo consideran necesario recurrirán a enfermedades reales o fingidas para despertar compasión. Al principio logran su objetivo, mucho más si su actitud no es la de víctimas francas. Este tipo de victimizados pueden mostrarse e incluso creerse resilientes frente a la adversidad y en lugar de apelar a la queja explícita manifestarse resignados ante la fatalidad.
¡Quién podría resistirse a auxiliar, socorrer, ayudar a quienes muestran tamaña valentía!
El común de las personas afronta los obstáculos que la vida le pone en el camino, buscando alternativas viables, soluciones razonables para su resolución. Algunos se elevan por sobre sus temores convirtiéndolos en sostenes de la superación. No ocurre lo mismo con quienes se victimizan.
Hay un enorme y oscuro poder en ese reclamo interior del que siente que nunca recibe lo que merece y le corresponde. Lamentablemente, suele acabar pagando un precio muy alto por perpetuarse en ser objeto de compasión: no poder sentirse satisfecho nunca.
Es estúpido pretender dar lástima. Esas personas, si aprendieran a hacerse de diferentes maneras, y estas personas han elegido hacerlo sufriendo.
Hay un goce oscuro, profundo e inconsciente en esa hija que posterga su vida para cuidar a sus padres, en esa madre que se consagró cuidadora y abdicó de vivir, en esa enferma que afronta con aparente y exagerada resignación su enfermedad, mientras obtiene beneficios secundarios a causa de ella.
En general, reclaman ayuda, pero no se dejan ayudar, porque, si lo hicieran, perderían el protagonismo, la oportunidad de hacer sentir culpable al otro y no podrían seguir sintiéndose víctimas. Qué sería de ellas si los padres murieran, los hijos sanaran y las enfermedades se curaran. Quizás no les quedaría más remedio que enfrentarse a su propio vacío o… lo llenarían con otro motivo que les permitiera seguir victimizándose. “Nunca es triste la verdad… lo que no tiene es remedio. ¡Gracias a Dios!” (sic).
No hay una sola manera de victimizarse, todo dependerá de la personalidad de cada individuo. Se suele observar cómo la manipulación a través de la victimización obtiene algunos dividendos en la vida de estos expertos. En algunos casos, consiguen compañía, dinero, afecto, privilegios laborales y todos los beneficios que la solidaridad de las personas de su entorno, conmovidas por su manejo emocional, les proporcionan. No poseen una auténtica empatía, los problemas de los demás se diluyen en su imaginario, donde lo único importante es lo que les pasa a ellos mismos. Sin embargo, son beneficiarios de la empatía de los demás. Si lo consideran necesario recurrirán a enfermedades reales o fingidas para despertar compasión. Al principio logran su objetivo, mucho más si su actitud no es la de víctimas francas. Este tipo de victimizados pueden mostrarse e incluso creerse resilientes frente a la adversidad y en lugar de apelar a la queja explícita manifestarse resignados ante la fatalidad. ¡Quién podría resistirse a auxiliar, socorrer, ayudar a quienes muestran tamaña valentía!
El común de las personas afronta los obstáculos que la vida le pone en el camino, buscando alternativas viables, soluciones razonables para su resolución. Algunos se elevan por sobre sus temores convirtiéndolos en sostenes de la superación. No ocurre lo mismo con quienes se victimizan.
Hay un enorme y oscuro poder en ese reclamo interior del que siente que nunca recibe lo que merece y le corresponde. Lamentablemente, suele acabar pagando un precio muy alto por perpetuarse en ser objeto de compasión: no poder sentirse satisfecho nunca. Es estúpido pretender dar lástima. Esas personas, si aprendieran a hacerse responsables, a tomar el control de su vida, lo pasarían mucho mejor.

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