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Los magos del miedo y la esperanza

LOS MAGOS DEL MIEDO Y LA ESPERANZA
¿QUÉ NOS PASÓ EL 26 DE OCTUBRE?

Por
Luis Pablo Richelme

Milei, Carina, Caputo, Adorni, Santilli, ¿vendedores de humo? Sólo el tiempo y la historia darán su veredicto final. Por ahora muchos se preguntan cómo pudo ser posible. Aún los más encumbrados analistas se siguen cuestionando cómo un gobierno que estaba contra las cuerdas, que todos daban por muerto, sumido en una debacle económica catastrófica, con altos niveles de corrupción, tachado de coimero, derrotado en el Congreso, que atacaba y estafaba a los más vulnerables, con un pueblo autoconvocado y, por si fuera poco, con tintes de narcopolítica; ¿cómo pudo ese cadáver que era La Libertad Avanza resucitar sorprendentemente de las cenizas y arrasar en todo el país?

Francamente, para mí quedará como un interrogante sin respuesta, como esas preguntas inútiles que nos hacemos ante las tragedias o cuando perdemos a un ser querido. El triunfo de Milei de octubre del 2025 quedará para mí como un enigma, como esos hechos de nuestra historia que nunca nadie podrá explicar.

¿Fue producto de alguna superchería?
¿Acaso el gran ganador esta vez fue la Inteligencia Artificial contra lo que nos vendieron en favor de la Boleta Única Papel, que era un reaseguro contra toda práctica fraudulenta? ¿Habrá habido en el medio alguna manganeta de algún nerd trasnochado? ¿Tienen las nuevas tecnologías poder para influir sigilosamente en los procesos electorales sin que nadie se dé cuenta?

Por este párrafo algunos me tacharán de conspiranoico. Abandonemos entonces el reino de las fantasías, de las tramoyas, de la magia malévola, y vayamos a lo concreto.

¿Acaso el factor determinante fue Trump o fue su secretario Scott Bessent cuando afirmó que la Argentina podía convertirse en un Estado fallido? Si la respuesta a esta pregunta es afirmativa, y yo creo que sí, entonces nuestra Patria está en problemas. Ya ni siquiera el pueblo es soberano de sus propias decisiones y, aun después de más de 200 años, la Argentina no logró liberarse de las cadenas.

Por otra parte, tenemos la frase atribuida a Napoleón: “On ne conduit un peuple qu’en lui montrant un avenir; un chef est un marchand d’espérance.” “La única forma de conducir un pueblo es enseñándole un futuro; un líder es un vendedor de esperanza”.

Y lo cierto es que Milei fue experto en explotar políticamente la esperanza, no sólo la esperanza, también el miedo. Basado en mitos, promesas, relatos y números incomprobables logró seducir a las mayorías. Se trata del manejo astuto de las emociones para influir en la mente de los votantes, especialmente de los indecisos, pero también de los escépticos y descreídos.

Mirado con ojos de halcón, un acto electoral, por más limpio y democrático que sea, no deja de ser un evento organizado por la casta política para obtener su propio rédito y seguir gozando de sus beneficios. Es la fiesta de los gobernantes, no de los gobernados. Por eso, después de cada comicio los vemos sonreír y festejar. ¿Qué festejan? ¿Nuestro bienestar? No seamos ingenuos. Festejan el poder obtenido.

Algo de razón le asiste al pensador Carl Schmitt al desconfiar del principio democrático y del orden constitucional, que falsamente defiende los ideales de justicia, libertad e igualdad cuando, en realidad, está avalando los privilegios de unos pocos en un orden burgués liberal que sólo mantiene el statu quo de los sectores concentrados de poder en desmedro del pueblo. Su argumentación se dirige puntualmente al Estado liberal; es una crítica ideológica de su fundamentación moral.

A este respecto, Milei dice ser libertario anarco-capitalista, vitupera al Estado porque ahoga libertades, pero en el fondo defiende las ideas de Adam Smith y John Locke, padres del liberalismo económico y político.

No es cuestión de cuestionar la democracia republicana, un logro que todos los argentinos y todas las argentinas supimos conseguir, del cual debemos estar orgullosos y custodiar celosamente como el bien más preciado. Tampoco se trata de justificar ninguna dictadura, sino de ponderar el principio sustantivo (no formal) que debe primar por sobre cualquier otro, cual es el de lograr el bien común para todas y todos sin discriminación, ni distinciones ni privilegios de ninguna índole. El objetivo prioritario de toda democracia debe ser vivir en una sociedad más justa e igualitaria.

Cuando pienso en las sinceras expectativas aun de los más escépticos cada vez que llega la hora de votar, recuerdo el cuento de Kafka “Un mensaje imperial”.

Nuestra esperanza es como la de aquellos súbditos que creían en la improbable misión del emisario que partió del alcázar con el mensaje de un príncipe que estaba a punto de morir. Pensaban sinceramente que algún día el mensajero golpearía a sus puertas para transmitirles el valioso recado. Desde su lecho de muerte farfulló el heredero al trono, en los oídos del mensajero, lo que tenía para decir a esos súbditos fidelísimos que él mismo había seleccionado. Abriéndose paso entre la multitud atravesó palacio y corrió como una saeta a través de los jardines para luego internarse en la ciudad.

Lo importante para esos desahuciados no era el mensaje en sí sino el hecho de saber que su portador estaba en camino y que algún día, al asomarse por la ventana, lo verían llegar. Tampoco les importaba cuánto tardaría; ¿qué importaba si era un mes, un año o un siglo? Podían esperar toda la vida si lo que estaba en juego era la palabra del próximo emperador.

Mas ello nunca podría ocurrir. Era imposible que el mensajero, por más veloz que fuera, pudiese atravesar de un extremo a otro el imperio. Ni una vida ni mil bastarían para recorrer un espacio que es infinito, que ni el cielo puede llegar a cubrir. Además, ¿para qué? ¿Quién querría conocer la palabra de un muerto aun cuando se tratara del heredero real?

La verdad sólo tiene sentido para quien conserva la esperanza. Los súbditos permanecerían inconmovibles sabiendo que, pese a todo, algún día el futuro emperador los premiaría con su palabra. Porque para ellos ese recado equivalía a la verdad revelada. Era como si hoy dijésemos “las fuerzas del cielo”. Incluso aunque perdieran la fe, soñarían despiertos imaginando qué era lo que el príncipe tendría para decirles. A ellos, unos seres insignificantes, el señor los había elegido antes de morir para transmitirles un mensaje. ¿Cómo no guardar gratitud y rendirle pleitesías a un príncipe semejante?

En definitiva, estimados lectores, tangueros de alma, mi conclusión es: Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias. Fin.