Frente al cinismo que presenta a la humanidad como una criatura condenada a la estupidez, la historia de la cultura demuestra lo contrario: podemos aprender, corregir prejuicios, construir instituciones y convertir el conocimiento en una forma de libertad.
Por Palermonline
Leer a los clásicos no debería conducirnos al desprecio por el presente ni a la cómoda conclusión de que todos somos imbéciles. Homero, Sófocles, Shakespeare, Cervantes y Borges siguen vivos precisamente porque cada generación vuelve a ellos y encuentra herramientas para comprender su propio tiempo. La literatura no demuestra el fracaso del ser humano: demuestra su extraordinaria capacidad para conversar a través de los siglos.
Una obra de teatro, una película, un cuadro o una escultura pueden modificar una vida. No siempre lo hacen de manera espectacular. A veces dejan apenas una pregunta, una imagen o una incomodidad que madura durante años. La cultura no es una iluminación instantánea ni una vacuna infalible contra el error. Es algo más humilde y, quizá, más valioso: una oportunidad permanente de ampliar la mirada.
Podemos recorrer un museo con distracción, citar mal a un filósofo o visitar una ciudad sin entenderla. Pero también podemos regresar, preguntar, estudiar y descubrir aquello que la primera vez no supimos ver. La ignorancia no es una condena. La curiosidad permite atravesarla.
Allí comienza la lucidez: no en saberlo todo, sino en reconocer que siempre podemos aprender algo más.
El conocimiento también construye
Se ha vuelto elegante burlarse de los títulos universitarios, de los especialistas y de quienes dedicaron años al estudio. Es cierto que un diploma no garantiza sensibilidad, honradez ni sabiduría. Pero tampoco es un objeto vacío. Detrás de una formación seria suelen existir tiempo, disciplina, maestros, instituciones y una comunidad que preservó conocimientos para que otra generación pudiera recibirlos.
Un médico no cura por exhibir un diploma, pero necesita conocimientos rigurosos para hacerlo. Un arquitecto no sostiene un edificio con retórica, sino con una formación que le permite calcular, proyectar y asumir responsabilidades. Un historiador no posee el pasado, aunque dispone de métodos para distinguir un documento de una fantasía. La especialización puede encerrarnos, pero también evita que todas las opiniones parezcan equivalentes.
La cultura no exige conocer la ubicación del Teatro Mariinsky para concedernos un certificado de humanidad. Nos invita a preguntar dónde queda, qué historia guarda y por qué su arte emocionó a tantas personas. El conocimiento deja de ser soberbia cuando se comparte. La enseñanza es, precisamente, el movimiento por el cual lo aprendido deja de ser privilegio y se vuelve bien común.
No existe una “ignorancia con diploma” inevitable. Existe, en todo caso, el riesgo de dejar de aprender después de haberlo obtenido. El problema no es la biblioteca, sino mantenerla cerrada.
Los códigos que permiten encontrarnos
Los modales, las ceremonias y los protocolos suelen ser presentados como formas hipócritas de dominación. A veces lo fueron y todavía pueden serlo. Sin embargo, también cumplen una función civilizatoria: ofrecen un lenguaje compartido entre personas que no se conocen, evitan conflictos innecesarios y recuerdan que el otro merece alguna consideración.
En 2006, la ropa utilizada por Evo Morales durante su gira como presidente electo de Bolivia provocó una discusión internacional. Su suéter de alpaca y motivos andinos rompió con la imagen tradicional del dirigente vestido con traje oscuro. Algunos lo juzgaron como una falta de protocolo; otros comprendieron que aquella prenda también expresaba una identidad cultural e histórica.
Lo importante no es declarar vencedor al suéter o al traje. Lo valioso es que la sociedad pudo discutir el significado de ambos. El protocolo no permaneció inmóvil y la diferencia no destruyó el encuentro. El rey recibió a Morales, Morales conservó su identidad y el episodio obligó a millones de personas a revisar lo que entendían por respeto institucional.
Toda cultura contiene prejuicios, como advirtió Friedrich Dürrenmatt, pero también posee mecanismos para examinarlos y corregirlos. La tradición no tiene por qué ser una cárcel. Puede ser una conversación entre lo heredado y aquello que el presente necesita transformar.
Instituciones imperfectas, pero necesarias
La crítica a la burocracia, a las jerarquías y a la obediencia es indispensable. Sin ella, toda institución corre el riesgo de volverse ciega. Pero la sospecha permanente también puede desembocar en una simplificación peligrosa: creer que toda autoridad es tiranía, que toda norma es opresión y que cualquier estructura colectiva es enemiga de la libertad.
Las instituciones guardan memoria. Una universidad reúne conocimientos que ninguna persona podría producir por sí sola. Un hospital coordina saberes, instrumentos y responsabilidades para cuidar vidas. Un teatro permite que el trabajo de actores, técnicos, directores y autores llegue al público. Un Estado democrático establece procedimientos para que los derechos no dependan solamente de la generosidad ocasional de un poderoso.
Claro que esas estructuras pueden corromperse. Precisamente por eso necesitan controles, alternancia, debate y ciudadanos atentos. La solución no consiste en incendiarlas, sino en repararlas. La libertad sin instituciones corre el riesgo de convertirse en la libertad del más fuerte.
La inteligencia no siempre se arrodilla. También denuncia, investiga, enseña, cura, diseña y administra. Miles de profesionales trabajan cada día sin cámaras, sin épica y sin recompensa extraordinaria. El mundo no se sostiene únicamente por grandes héroes: se sostiene por una multitud de personas que cumple con su tarea.
La tecnología no solo nos distrae
Las pantallas compiten por nuestra atención y los algoritmos pueden convertir la indignación en un negocio. Ese peligro es real. Pero reducir la tecnología a una máquina de embrutecimiento sería repetir el mismo error que cometieron quienes alguna vez desconfiaron de la imprenta, la radio, el cine o la televisión por el simple hecho de ser nuevas.
Nunca hubo tanto conocimiento disponible para tantas personas. Una biblioteca que antes exigía viajar durante días puede consultarse desde una casa de barrio. Un estudiante aprende idiomas escuchando voces de otros continentes. Un músico desconocido publica una canción sin pedir permiso a una compañía discográfica. Familias separadas por miles de kilómetros pueden verse y hablarse en tiempo real.
La herramienta no decide por completo el uso. Podemos pasar horas consumiendo trivialidades, pero también acceder a cursos, archivos, conferencias, diarios, mapas y obras que durante siglos estuvieron reservados a minorías. El desafío no es huir del presente, sino aprender a habitarlo con criterio.
Pensar despacio sigue siendo posible. Apagar una pantalla también. La atención no está perdida para siempre: se educa, se protege y se recupera.
El mercado y sus contradicciones
El mercado puede convertirlo todo en mercancía, incluso la rebeldía. Pero también permitió que libros, discos, películas y objetos antes inaccesibles alcanzaran a públicos enormes. La reproducción técnica no destruyó necesariamente el arte; en muchos casos lo sacó del palacio y lo acercó al barrio.
El dinero no es una medida suficiente de la vida, pero tampoco una impureza metafísica. Un artista necesita comer, pagar un alquiler, comprar materiales y disponer de tiempo. El éxito no lo vuelve automáticamente menos verdadero. A veces le concede independencia, lectores y posibilidades para continuar trabajando.
La pobreza nunca fue garantía de talento. Convertir la miseria en requisito artístico es una crueldad que suele ser defendida por quienes no están obligados a padecerla. El desafío consiste en que el reconocimiento no suplante a la obra y que la búsqueda de público no destruya la voz propia.
No todo lo popular es vulgar y no todo lo minoritario es profundo. Una canción escuchada por millones puede contener belleza; un libro incomprensible puede ser apenas malo. La cultura está llena de sorpresas porque el gusto no obedece dócilmente a las jerarquías.
El poeta también puede tener una casa
La imagen romántica del poeta como viajero sin posada tiene encanto, pero es incompleta. El creador también puede tener una casa, una familia, un trabajo y una comunidad. No necesita ser un fugitivo, un maldito o un fracasado para producir una obra auténtica.
La memoria poética va de un lado a otro, se vuelve árbol, pájaro, mar o caballero. Puede escuchar gaviotas en un muelle o imaginar mujeres que caminan con velas por los corredores de un palacio abandonado. Pero esa imaginación no está reñida con la responsabilidad, la alegría cotidiana ni el reconocimiento.
El artista no es superior al resto de la sociedad. Cumple una función particular: percibe relaciones, rescata palabras, inventa formas y devuelve al mundo una mirada transformada. Su tarea puede revelar la barbarie, pero también celebrar la amistad, el trabajo, el amor y la persistencia humana.
El arte no tiene que vivir exclusivamente de la desesperación. También puede nacer de la gratitud.
Lo inquietante y lo admirable
La lectura que Heidegger hizo del célebre coro de la Antígona subrayó el carácter inquietante del ser humano. Y lo somos: construimos armas, perseguimos diferencias y aprendemos a justificar atrocidades. Sin embargo, la misma ambivalencia contiene el reverso de esa historia.
También somos la criatura que rescata a un desconocido, compone una sinfonía, inventa una vacuna, conserva una lengua amenazada y planta un árbol cuya sombra disfrutará otra generación. Somos capaces de arrepentimiento, aprendizaje y cooperación. La historia registra guerras y dictaduras porque fueron devastadoras, pero entre esas tragedias hubo millones de actos de cuidado sin los cuales ninguna sociedad habría sobrevivido.
Ángeles y demonios cohabitan simbólicamente en nosotros. La lucidez consiste en no negar ninguno de los dos. Si solo vemos bondad, caemos en la ingenuidad. Si solo vemos corrupción, el cinismo termina pareciéndose demasiado a aquello que denuncia: también él renuncia a transformar la realidad.
La esperanza no es cerrar los ojos. Es abrirlos y decidir que el horror no tendrá la última palabra.
Francisco y la posibilidad de cambiar
El pontificado de Francisco mostró que incluso una institución milenaria puede revisar su lenguaje y modificar sus prioridades. Jorge Bergoglio no resolvió todas las contradicciones de la Iglesia ni estuvo fuera de controversias. Ningún dirigente real podría estarlo. Pero colocó en el centro de la conversación a los migrantes, a los pobres, al ambiente y a quienes viven en las periferias.
Sus gestos tuvieron importancia porque las formas también educan. Elegir una residencia menos solemne, acercarse a personas excluidas o criticar la indiferencia económica no reemplazó las reformas estructurales, pero recordó que una autoridad puede ejercer su función de otro modo.
Tras su muerte, el 21 de abril de 2025, su legado quedó abierto a la discusión. Esa discusión no debería reducirse a una canonización automática ni a una demolición retrospectiva. La experiencia de Francisco permite formular una pregunta más productiva: ¿cómo se transforma una tradición sin destruir la comunidad que la sostiene?
Las instituciones cambian lentamente, a veces con una lentitud desesperante. Pero cambian. Y cada transformación comienza cuando alguien se atreve a pronunciar dentro de ellas una palabra que antes parecía imposible.
La cultura como confianza
No hay libro, museo, universidad o viaje que garantice por sí solo la sabiduría. Pero eso no los vuelve inútiles ni sospechosos. Son puertas. Algunas personas pasarán distraídas; otras encontrarán allí una vocación, una amistad o una manera nueva de comprenderse.
La cultura no nos vuelve automáticamente mejores, pero amplía nuestras posibilidades de serlo. Nos ofrece experiencias que no vivimos, voces que no conocimos y preguntas que jamás se nos habrían ocurrido. Nos enseña que el mundo existía antes de nosotros y continuará después, una lección bastante eficaz contra la soberbia.
El ser humano se equivoca, se engaña y puede entregarse al fanatismo. También aprende, rectifica y vuelve a empezar. Esa capacidad no es una excepción ingenua: es el fundamento de toda educación, de toda justicia y de toda vida democrática.
Frente a quienes anuncian una sociedad condenada a la imbecilidad, conviene recordar las bibliotecas abiertas, las escuelas que resisten, los científicos que investigan, los artistas que crean y los vecinos que organizan una comunidad. El ruido es enorme, pero debajo de él continúa trabajando una inteligencia colectiva.
El arte no promete salvarnos y la cultura no hace milagros. Sin embargo, ambos mantienen encendida una posibilidad: que mañana comprendamos algo que hoy todavía no sabemos ver.
La luz no elimina la oscuridad. Alcanza, no obstante, para encontrar el camino.
Preguntas para el lector: ¿Cuándo fue la última vez que un libro, una película o una conversación modificó una certeza propia? ¿Qué instituciones merecen ser reparadas y defendidas? ¿Puede la esperanza ser una forma rigurosa de inteligencia?
Fuentes y referencias consultadas
- Vatican News, “Pope Francis has died on Easter Monday aged 88”, 21 de abril de 2025.
- The Guardian, “Nice sweater. Here’s one just like it”, 21 de enero de 2006.
- Jean Greisch, entrevista publicada por La Nación, “El hombre no puede vivir sin creer”, 15 de enero de 2006.
