Mientras la patria escolar celebra con efemérides limpitas y cartulinas azules el “paso a la inmortalidad” del general Martín Miguel de Güemes, los más memoriosos del norte argentino saben que no hay nada limpio en la muerte de un héroe. Güemes no murió de viejo ni de enfermedad. Murió a traición. Y sus enemigos, aunque hayan cambiado de uniforme, siguen respirando.
¿Cómo murió Güemes?
Fue una emboscada. Literal. El 7 de junio de 1821, un grupo de salteños “bien” —terratenientes que lo veían como un bandido con uniforme de general— le abrieron las puertas al ejército realista, comandado por el coronel José María Valdés, conocido como “Barbarucho”. Esa noche, mientras Güemes caminaba solo por callejuela oscura de Salta, recibió un disparo en la espalda. Una semana después, el 17 de junio, murió desangrado en la Quebrada de la Horqueta, rodeado por sus “infernales”, los gauchos pobres que pelearon con él hasta el último resuello.
¿Quién lo traicionó?
No fueron los españoles. No directamente. Lo traicionaron los suyos. Lo entregaron los poderosos de Salta, los comerciantes ricos que no soportaban que un criollo de tierra adentro les dispute el poder. Lo despreciaban por gaucho, por montaraz, por igualitario. Lo acusaban de ladronzuelo cuando lo que hacía era expropiarles a los ricachones para armar la guerra de independencia en el norte.
¿Nombres? Los «notables» salteños que simpatizaban más con los comerciantes de Buenos Aires que con la revolución social que Güemes proponía. El círculo de poder local, tan parecido al que hoy define negocios desde una oficina con aire acondicionado, lo dejó morir. Lo saboteó desde adentro. Como a tantos.
¿Contra quién peleaba Güemes?
Güemes no sólo peleaba contra los realistas. Peleaba contra una oligarquía colonial que seguía viva incluso en plena independencia. Peleaba contra los centralistas porteños que lo miraban con recelo. Peleaba contra los intereses económicos que preferían pactar con la corona que liberar a los pueblos. Peleaba contra los mismos que más tarde dejarían morir en la miseria a Belgrano.
La guerra de Güemes era política, social y territorial. Fue el primer caudillo federal que entendió que sin tierra para los que la trabajan y sin armas para defender el terruño, no hay patria posible. Era incómodo. Por eso lo bajaron.
¿Quiénes serían hoy los enemigos de Güemes?
Hoy Güemes estaría peleando en las villas, en los valles, en las fronteras del norte. Estaría enfrentando a los que saquean el litio, a los que envenenan los ríos con megaminería, a los que compran diputados como vacas en feria. Sus enemigos serían los CEOs que compran tierras en Salta y expulsan comunidades. Los que desarman el Estado con discursos de libertad de mercado y se llenan los bolsillos con hambre ajeno.
Hoy Güemes no tendría programa de televisión. Sería acusado de peronista, de insurgente, de narcogaucho. Lo investigarían por asociación ilícita. Le harían causas judiciales como a Milagro Sala. Y seguramente moriría de nuevo: en una celda, en una emboscada, o de un balazo cobarde en la espalda.
Conclusión
Esta semana recordamos también a Belgrano, otro prócer que murió pobre, sin honores, sin poder ver la bandera que creó flamear en un país justo. La historia argentina está escrita con sangre de traiciones. Güemes es símbolo del país que pudo ser y no dejaron que sea.
Entonces, cuando este 17 de junio alguien levante una bandera en su nombre, que no sea para la foto ni el acto escolar. Que sea para entender que en cada héroe caído hay una lucha inconclusa, y que los enemigos de ayer siguen teniendo nombre, apellido y cuentas offshore.
Hoy Güemes es Cristina.
