Cristina en el balcón, la derecha en el delirio: vuelve la reina del ring y denuncia una prisión “a medida”.
Ayer, el Tribunal tuvo que aclarar que puedo salir al balcón de mi casa.
— Cristina Kirchner (@CFKArgentina) June 20, 2025
Hoy, mis abogados tuvieron que recurrir otra decisión del mismo Tribunal, que sólo permite que me visiten, y previo listado… únicamente mi núcleo familiar, mis abogados y mis médicos.
El resto de mis…
La escena es absurda pero real. En un país donde el ajuste es un fogonazo al alma popular, la Corte suprema, Comodoro Py y el Gobierno libertario encuentran tiempo para discutir si Cristina Fernández de Kirchner puede o no salir al balcón de su casa. Sí, su balcón. Ese pedacito de hormigón que da al mundo, como en la Roma antigua, donde los emperadores saludaban a la plebe. Pero acá no hay imperio, sino una democracia en ruinas, donde los poderes del Estado se empecinan en fabricar excepciones con nombre propio.
Cristina, ex presidenta, actual presa domiciliaria por la causa Vialidad, reapareció este viernes en Twitter con una bomba retórica: no sólo tuvo que pedir permiso para asomarse al balcón, sino que ahora también sus amigos, compañeros políticos y hasta contadores deben pedir permiso judicial para visitarla. «¿Habrá una Constitución especial para mí?», ironizó. Y como quien no quiere la cosa, volvió al centro del ring.
Pero no fue un tuit suelto. Fue el anuncio público de un nuevo recurso presentado por sus abogados, Carlos Beraldi y Ary Llernovoy, donde acusan al Tribunal Oral Federal N° 2 de imponerle reglas de convivencia arbitrarias, sin base legal, violatorias de derechos civiles, políticos y hasta humanos. El documento judicial —de más de diez páginas— es un compendio de doctrina, jurisprudencia, tratados internacionales, y una sola idea demoledora: lo que le están haciendo a Cristina no se le hace a nadie.
¿Y cuál es el delirio? Que en una prisión domiciliaria, modalidad prevista en el artículo 10 del Código Penal y regulada por la Ley 24.660, el único límite es el ambulatorio: no puede salir. Pero adentro, en su casa, tiene derecho a la vida. A la vida real: a recibir gente, a trabajar, a pensar, a militar. A que su casa no sea un calabozo digital donde todo visitante deba presentar solicitud judicial y esperar autorización. Ni a Videla se le ocurrió tanto.
En el texto, la defensa de Cristina expone punto por punto la ilegalidad del régimen que se le impone. Denuncia que no existe norma que permita imponer esas reglas, que se vulnera el principio de legalidad, que se desconoce la jurisprudencia de la Corte Suprema, que se ignoran tratados como el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y las Reglas Mandela. Todo para impedirle algo tan básico como recibir a un amigo o asesor político sin tener que pasar por un juicio previo.
Más aún: señalan que no se establece cuál es el criterio para aprobar o rechazar visitas, ni si el pedido se hace por persona, por día, por vínculo. Un mecanismo kafkiano que además recarga el trabajo del propio tribunal. ¿Y si mañana quiere verla Lula? ¿Tiene que mandar un fax?
Pero el argumento más fuerte, quizás el más incómodo para el régimen libertario, es que Cristina no es una ciudadana más. Es —mal que les pese— la principal líder opositora del país. Y limitar su contacto con el mundo político es, en los hechos, proscripción blanda. Es decirle: podés estar viva, pero no podés influir. Es un silenciamiento quirúrgico, disfrazado de legalidad, ejecutado con guantes blancos.
Y el poder judicial, por acción u omisión, se presta a ese juego.
Mientras tanto, el país arde. La inflación se mantiene en dos dígitos mensuales, el desempleo sube, la clase media se pulveriza, y los ricos de Barrio Parque, que ya no pueden ni pagar las expensas, siguen apostando a un gobierno que sólo les ofrece recortes y más represión. El caso Cristina es una distracción con perfume a circo romano. Pero también es un ensayo de laboratorio sobre cómo disciplinar a una fuerza política y a una dirigente incómoda.
El tweet de Cristina, que ya circula como pólvora, no sólo expone la ridiculez del régimen judicial que la oprime. Es una jugada de ajedrez. Una forma de decir: “Estoy presa, pero no callada. Estoy quieta, pero pensando. Estoy en casa, pero estoy en la calle”. En un país donde la justicia huele a venganza y el poder a delirio, cada palabra suya vuelve a ser un acto político.
El gobierno de Milei, que prometía libertad, hoy nos muestra que esa libertad tiene dueños. Que si sos poderoso, millonario y amigo de los jueces, podés fugar fortunas, evadir impuestos, vender empresas al Estado, y vivir en paz. Pero si sos Cristina, todo debe ser revisado, controlado, fiscalizado. Hasta el balcón.
¿Y vos qué opinás? ¿Puede una democracia seguir llamándose tal si le impide a su principal dirigente opositora ver a sus amigos? ¿Hay un nuevo código penal escrito en la redacción de La Nación? ¿O estamos ante la confirmación de que lo que se busca es borrarla de la historia a la fuerza?
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