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Moisés, Elías y el difícil arte de reparar lo que la ira destruye

A partir de un comentario de la Rab Chemen, una reflexión cultural sobre dos grandes profetas de Israel, sus encuentros con Dios en el monte Horeb y una enseñanza que atraviesa los siglos: destruir puede llevar apenas un instante; reconstruir exige trabajo, sensibilidad y esperanza.

En tiempos de discusiones encendidas, palabras lanzadas como piedras y dirigentes que muchas veces parecen competir para ver quién grita más fuerte, una antigua historia vuelve a golpear la puerta del presente. No llega desde un estudio de televisión ni desde las redes sociales, sino desde el monte Sinaí, también llamado Horeb, uno de los escenarios fundamentales de la tradición bíblica.

Allí llegaron, en momentos diferentes, dos de los más grandes profetas de Israel: Moisés y Elías. Ambos subieron la misma montaña cargando cansancio, frustración y preguntas. Sin embargo, cada uno lo hizo con una mirada distinta sobre el pueblo, el castigo y el futuro.

A partir de un comentario de la Rab Chemen sobre la parashá de esta semana, la comparación entre ambos profetas permite pensar en una cuestión profundamente humana: qué hacemos después de una ruptura. ¿Seguimos castigando, nos dejamos dominar por la bronca o recogemos los pedazos y comenzamos a reparar?

Moisés y las tablas rotas

Moisés ocupa un lugar central en el libro de Deuteronomio y en toda la tradición judía. Su figura está asociada con la liberación de Egipto, la conducción del pueblo por el desierto y la recepción de la Torá.

Cuando desciende del monte Sinaí lleva consigo las dos tablas de los Diez Mandamientos, corazón moral y espiritual del monoteísmo. Pero al llegar al campamento encuentra al pueblo adorando el Becerro de Oro.

La escena representa una fractura enorme. Mientras Moisés se encontraba en la montaña recibiendo la palabra divina, parte del pueblo había construido un ídolo y comenzado a rendirle culto. Frente a aquella infidelidad, el profeta arroja las tablas y las rompe.

Es un gesto de ira, decepción y dolor. También es la imagen visible de un pacto quebrado.

Sin embargo, la historia no termina entre los pedazos de piedra. Después del enojo llega la pregunta verdaderamente difícil: ¿cómo seguir?

Moisés comprende que la destrucción, por más justificada que pueda parecer en el momento, no alcanza para construir un futuro. Romper las tablas expresa su indignación, pero no cura las heridas del pueblo ni restablece su vínculo con Dios.

Por eso vuelve a subir a la montaña. Lo hace con malestar y con un sentimiento de derrota, pero también con una decisión fundamental: interceder por quienes se equivocaron.

En lugar de pedir la eliminación de los pecadores, solicita misericordia y una nueva oportunidad. Moisés no desconoce la gravedad de lo ocurrido. Tampoco convierte el perdón en una excusa. Su respuesta consiste en asumir que un pueblo puede atravesar un desastre moral y, aun así, reconstruirse.

La enseñanza de volver a tallar

Según la interpretación citada por la Rab Chemen, Dios reprende a Moisés por haber roto las primeras tablas y le deja una enseñanza tan sencilla como contundente: si él mismo las hubiera tallado, quizá no las habría destruido con tanta facilidad.

Entonces llega la orden: deberá cortar nuevas tablas.

La reparación ya no aparece como un milagro caído del cielo. Moisés tendrá que involucrarse, trabajar la piedra y dedicar tiempo a reconstruir aquello que su enojo ayudó a quebrar.

Allí se encuentra uno de los núcleos más poderosos del relato. La ira puede ser comprensible, incluso legítima, pero nunca queda libre de consecuencias. Quien rompe también debe participar de la reparación.

Demoler puede llevar apenas unos segundos. Reparar demanda paciencia, creatividad, responsabilidad y sensibilidad. Es un trabajo lento, parecido al de quien restaura una vieja casa porteña: antes de volver a levantarla debe mirar cada grieta, rescatar lo que todavía sirve y comprender que ciertos materiales no se reemplazan con facilidad.

Elías y la pregunta que queda resonando

Muchos años después, el profeta Elías también llega hasta Horeb. Se encuentra perseguido, agotado y profundamente decepcionado por la conducta del pueblo.

Allí recibe una pregunta de Dios: “¿Qué haces aquí, Elías?”.

No se trata solamente de una consulta sobre su ubicación. Es una interpelación espiritual. ¿Por qué abandonó su lugar? ¿Qué espera encontrar en la montaña? ¿Busca refugio, justicia, venganza o una respuesta para su desesperación?

Elías se muestra severo frente a quienes considera infieles. Moisés, en cambio, aun después del episodio del Becerro de Oro, elige interceder. Los dos denuncian la ruptura moral, pero no imaginan del mismo modo el camino posterior.

Uno parece concentrarse en la gravedad de la traición. El otro comienza a pensar cómo reconstruir la comunidad después de la caída.

La comparación no disminuye la grandeza de Elías. Por el contrario, muestra que incluso los profetas pueden enfrentarse con límites, dudas y emociones humanas. También ellos deben responder qué harán con su enojo.

Una enseñanza para el presente

La historia resulta especialmente actual para sociedades atravesadas por divisiones políticas, religiosas y culturales. En la Argentina, donde una discusión de café puede transformarse en una batalla campal antes de que llegue el mozo con la medialuna, la enseñanza de Moisés conserva una vigencia notable.

Es fácil denunciar. Es fácil señalar al culpable, romper vínculos y convertir al otro en enemigo. Mucho más difícil es reconstruir una comunidad sin esconder los errores ni renunciar a la justicia.

El liderazgo de Moisés no consiste en negar el pecado del Becerro de Oro. Consiste en impedir que ese pecado tenga la última palabra.

La reparación no significa regresar ingenuamente al instante anterior a la crisis. Las nuevas tablas no son las primeras. Llevan las marcas de la caída, del enojo y del trabajo realizado para comenzar otra vez. Precisamente por eso poseen un valor especial.

El mensaje también alcanza a los dirigentes contemporáneos, particularmente a quienes tienen responsabilidades en Oriente Medio. La paz no puede levantarse solamente sobre amenazas, castigos y escombros. Requiere dirigentes capaces de combinar firmeza con misericordia, memoria con futuro y justicia con una verdadera vocación de reconstrucción.

Del desierto al jardín

La haftará de esta semana recupera las palabras del profeta Isaías y su promesa de consuelo: Dios transformará el desierto de Sión en un paraíso y su soledad en un jardín donde volverán a escucharse la alegría, la alabanza y el canto.

La imagen no borra el sufrimiento. Habla de atravesarlo y transformarlo. Allí donde hubo desolación puede crecer nuevamente la vida, pero el jardín necesita manos que trabajen la tierra.

La lección que deja Moisés es incómoda y necesaria: no alcanza con tener razón ni con expresar indignación. Después de la ruptura comienza la responsabilidad de reparar.

Quizás esa sea también la pregunta que llega desde Horeb hasta nuestras calles: cuando pasa la furia y quedan los pedazos sobre el suelo, ¿quién está dispuesto a recogerlos? ¿Quién tendrá la humildad de volver a tallar las tablas y la valentía de imaginar un futuro compartido?