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Guía para recorrer las esculturas de Plaza Sicilia

Guía para recorrer las esculturas de Plaza Sicilia

La Plaza Sicilia, incrustada entre las avenidas Sarmiento, Berro y Libertador, no es apenas un espacio verde en Buenos Aires. Es, en su latido más profundo, un santuario donde las esculturas dialogan con el tiempo, los árboles centenarios y la memoria cultural de la ciudad.

Aquel que se adentre en su trazado encontrará más que estatuas: hallará presencias.
Sombras vivas de ideas, gestos detenidos, mitologías persistentes.

El paseo comienza en la explanada central, donde se erige la estatua de Confucio, el pensador oriental. Donada en 2019, su bronce oscuro refleja la sobriedad de quien enseñó la virtud y la paciencia. No hay que mirarlo apurado. Hay que acercarse y, en silencio, dejar que su figura hable.

Siguiendo hacia el interior del parque, casi escoltada por tipas y álamos, aparece la escultura de Caperucita Roja, obra del francés Jean Carlus. Un mármol que parece latir bajo la luz, donde la niña, con su canasta, camina ignorante de la amenaza que la espía. Esta imagen, más que ilustrar un cuento infantil, condensa el viejo drama de la inocencia acechada, la fragilidad del ser humano ante los peligros que no ve.

A pocos pasos, sobre una base sobria, se encuentra el Monumento a Sarmiento, una creación de Auguste Rodin. No es el retrato amable que muchos esperarían. Rodin quiso capturar no al prócer de bronce de los manuales, sino al hombre tosco, al polemista, al visionario terco que empujó a la Argentina hacia la educación y el progreso a fuerza de carácter y contradicción. Hay que observarlo de frente, con respeto, entendiendo que no hay grandeza sin aspereza.

En la esquina que da hacia Avenida del Libertador, bajo el cielo abierto, se encuentra el Monumento a Mahatma Gandhi, traído de India para rendir homenaje al pacifismo militante. Es una pieza sencilla, despojada, casi austera en su lenguaje visual. Gandhi aparece caminando, como si nunca pudiera detenerse, llevando sobre sus hombros el peso de la historia.

Entre estos hitos, casi escondido, el Lago Victoria Ocampo susurra su presencia discreta. Es un espejo de agua pequeño, rodeado de bancos antiguos, donde los peces y las hojas caídas se confunden en la superficie. Lleva el nombre de la escritora y ensayista que entendió mejor que nadie que la cultura es, ante todo, resistencia.

Finalmente, en un rincón menos transitado, espera el Patio de las Esculturas, donde descansan las obras que el MOA —Monumentos y Obras de Arte— restaura y preserva. No todo está expuesto al esplendor: algunas estatuas, castigadas por el tiempo o el vandalismo, aguardan allí su redención silenciosa.

Caminar por Plaza Sicilia es entregarse a una Buenos Aires profunda. Una ciudad que aún respeta a sus esculturas como si fueran oráculos de piedra y bronce.
Aquí no hay consumo inmediato ni estímulo barato. Hay pausa, contemplación, memoria.

Sólo quien camine con los ojos abiertos y el corazón dispuesto podrá escuchar la voz secreta de cada una de estas figuras, que no están allí para adornar, sino para recordarnos —con su muda permanencia— de dónde venimos y qué fragilidad sostiene eso que llamamos civilización.