Dolares

La fantasía de “reconvertir” a 30 millones de personas

Un plan económico que pide sacrificios ilimitados a la sociedad, pero no explica dónde vivirán, trabajarán y consumirán quienes quedan afuera.

Hay una idea que circula con una liviandad brutal: que la Argentina debe “reconvertirse”. La palabra parece moderna, técnica, inevitable. Pero detrás de ella se esconde una pregunta sencilla y feroz: ¿qué hacen, mientras tanto, más de 30 millones de personas?

Porque reconvertir no es apretar un botón. No es cerrar una fábrica, abrir una importación y suponer que el trabajador despedido se convertirá mágicamente en programador, exportador o empresario competitivo. No es licuar un ingreso y decir que el mercado, algún día, acomodará las piezas. La vida real no funciona con diapositivas de PowerPoint.

La Argentina tiene trabajadores formales e informales, jubilados, comerciantes, familias endeudadas, pequeñas industrias, profesionales que viven de clientes locales y barrios enteros sostenidos por el consumo cotidiano. Cuando cae el salario, no cae solamente una estadística: cae la venta del almacén, del kiosco, de la ferretería, del taller, del restaurante y de la pyme. El ajuste se derrama, sí, pero hacia abajo.

Un programa económico puede tener metas fiscales, buscar estabilidad monetaria y combatir la inflación. Nadie sensato discute que el desorden permanente destruye la vida de la gente. Pero una política económica que ignora a las personas termina destruyendo también su propia base social. No hay equilibrio sostenible con millones de ciudadanos sin horizonte.

La palabra “reconversión” exige una pregunta previa: ¿reconversión hacia dónde? ¿Con qué crédito, qué capacitación, qué empleo, qué protección transitoria y qué mercado interno? Si la respuesta es “arréglense solos”, no hay plan de desarrollo. Hay abandono administrado.

No se puede pedir paciencia infinita a quien no llega a fin de mes. Tampoco se puede llamar privilegio a una jubilación, un empleo registrado, una escuela pública, un hospital o el derecho a consumir lo básico. Un país no progresa dejando a su gente a la intemperie y celebrando que algunas cifras cierren.

Las elecciones de 2027 serán, inevitablemente, una evaluación política de este modelo. No por odio ni por capricho: por experiencia concreta. La gente vota con ideas, pero también con el bolsillo, la heladera, el trabajo y la dignidad. Y cuando un gobierno confunde a una nación con una planilla contable, las urnas suelen recordarle que los números tienen rostro.