La Ciudad de Buenos Aires se enfrenta a una epidemia de autos sin patente 2

Cambian las reglas para Uber, Cabify y DiDi: la Justicia porteña exige licencia profesional

Reabre el debate sobre el caos del transporte

En la Ciudad de Buenos Aires empezó a cerrarse una etapa que durante años funcionó entre grises legales, aplicaciones descargadas a las apuradas y controles que parecían escritos con tinta invisible. Un reciente fallo judicial porteño determinó que los conductores de Uber, Cabify y DiDi deberán contar con licencia profesional, seguros específicos y mayores controles para continuar trabajando en el transporte de pasajeros. La resolución fue celebrada por el sector de taxis y volvió a poner sobre la mesa una discusión incómoda: ¿quién controla realmente a los choferes que transportan personas todos los días en Argentina?

La medida fue dictada por la Sala II de la Cámara en lo Contencioso Administrativo, Tributario y de Relaciones de Consumo de la Ciudad de Buenos Aires, tras un reclamo impulsado por el Sindicato de Peones de Taxis. Los jueces Mariana Díaz, Fernando Enrique Juan Lima y Marcelo López Alfonsín entendieron que las plataformas digitales no pueden seguir funcionando bajo un esquema distinto al de taxis y remises.

En otras palabras: si transportan pasajeros y cobran por ello, entonces deben cumplir obligaciones similares.

El fin del “vacío legal”

Durante años, las aplicaciones de transporte crecieron en Argentina bajo una lógica casi libertaria. Bastaba tener un auto, un celular y necesidad de plata para empezar a trabajar. El problema es que, en muchos casos, el Estado corría siempre detrás de los hechos.

Mientras taxis y remises debían afrontar habilitaciones, controles técnicos, seguros específicos, licencias profesionales y verificaciones periódicas, miles de vehículos vinculados a plataformas circulaban sin prácticamente ningún control real.

La Justicia porteña fue directa: no puede existir una competencia donde un sector tiene obligaciones y el otro juega sin árbitro.

El fallo sostiene que Uber, Cabify y DiDi forman parte de un “servicio global de transporte” y no simples intermediarios tecnológicos. La definición parece semántica, pero cambia todo. Porque si son transporte, entonces deben responder como transporte.

Qué deberán hacer ahora los choferes

La resolución obliga a los conductores de aplicaciones a adaptarse a nuevas condiciones para continuar trabajando en la Ciudad de Buenos Aires.

Entre los requisitos exigidos aparecen:

  • Licencia profesional para transporte de pasajeros.
  • Seguros específicos.
  • Cobertura para pasajeros y responsabilidad civil.
  • Habilitaciones similares a taxis y remises.
  • Adecuación a futuras normas regulatorias.

La medida impacta sobre miles de personas que hasta ahora manejaban con licencia común.

El problema que nadie quería discutir

Detrás de la discusión legal aparece una realidad cotidiana que millones de argentinos conocen perfectamente. La explosión de las apps también abrió la puerta a situaciones extremadamente precarias.

Usuarios que quedaron varados camino a Ezeiza porque el auto se rompió. Vehículos con neumáticos destruidos. Conductores sin experiencia profesional. Autos sin mantenimiento visible. Frenadas bruscas, exceso de velocidad y maniobras peligrosas que muchas veces terminaban naturalizadas porque “el viaje era más barato”.

En distintas provincias comenzaron a multiplicarse relatos similares. En Salta, por ejemplo, pasajeros denunciaron haber quedado detenidos en plena ruta al aeropuerto tras pinchaduras o fallas mecánicas de vehículos utilizados en aplicaciones.

La discusión ya no pasa solamente por competencia económica. También entra en juego la seguridad vial y el transporte de personas.

Porque manejar pasajeros no es únicamente “tener auto”.

El taxi, entre la bronca y la reivindicación

Durante años, los taxistas denunciaron que competían contra un sistema desregulado. Mientras ellos debían renovar documentación, afrontar inspecciones y sostener costos operativos elevados, las aplicaciones crecían bajo un modelo mucho más flexible.

La Cámara porteña incluso remarcó esa desigualdad y ordenó que, mientras continúe existiendo diferencia regulatoria, el Gobierno de la Ciudad no pueda cobrar ciertos aranceles administrativos a taxistas vinculados a licencias y operación.

La decisión representa un alivio político y económico para un sector históricamente golpeado por la caída de pasajeros, la crisis económica y el avance tecnológico.

El Gobierno porteño también quedó bajo la lupa

Uno de los puntos más duros del fallo apunta directamente contra el propio Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Los jueces cuestionaron que durante años se hablara públicamente de Uber como un servicio “clandestino”, mientras simultáneamente las plataformas operaban con relativa normalidad, aparecían en espacios publicitarios y seguían funcionando sin controles efectivos.

Según la resolución, existió una “apariencia de regularidad” tolerada por el Estado.

Además, la Justicia ordenó avanzar sobre otros puntos sensibles:

  • Cobro de impuestos locales a las plataformas.
  • Controles regulatorios más estrictos.
  • Campañas de información para usuarios.
  • Advertencias sobre seguros y licencias.

La Argentina real y el transporte sin control

La discusión también refleja algo más profundo: la informalidad estructural que atraviesa a la Argentina desde hace años.

En un país golpeado por la crisis económica, miles de personas encontraron en las aplicaciones una salida rápida para generar ingresos. Pero cuando el Estado desaparece completamente, aparece otro problema: nadie sabe quién maneja, en qué condiciones circula el vehículo ni qué pasa cuando ocurre un accidente serio.

Ahí es donde el debate deja de ser ideológico y pasa a ser práctico.

Porque el pasajero no sube a una aplicación: sube a un auto manejado por una persona real.

Y cuando hay vidas en juego, la improvisación suele terminar mal.

La Ciudad de Buenos Aires ahora empieza a mover una ficha que durante años nadie quiso tocar demasiado fuerte. Falta saber si el resto del país seguirá el mismo camino o si continuará el modelo donde cada aplicación funciona como una especie de tierra liberada digital.

Mientras tanto, en las calles porteñas, la discusión recién empieza. Porque detrás de cada viaje hay algo más que una tarifa dinámica: hay seguridad, trabajo, controles y una pregunta incómoda que vuelve a aparecer.

¿Quién se hace responsable cuando el sistema falla?

Palermo Online como juez, la calle como testigo y los pasajeros como jurado. ¿Las aplicaciones modernizaron el transporte o simplemente aprovecharon durante años un vacío que nadie quiso controlar?