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Cómo vestirte para que te culpen de todo

Por María Mañe

Cada vez que una mujer es víctima de una agresión, una parte de la sociedad parece abrir un viejo placard lleno de excusas. No es un armario de diseñador. No pertenece a ninguna casa de moda de París ni de Milán. Es un armario antiguo, polvoriento, heredado de generaciones enteras de prejuicios.

Allí cuelgan las mismas prendas de siempre.

La pollera demasiado corta. El vestido demasiado ajustado. La blusa demasiado escotada. El pantalón demasiado apretado. El maquillaje demasiado llamativo. Los labios demasiado rojos. El perfume demasiado intenso. El silencio demasiado sospechoso. La sonrisa demasiado amable. La independencia demasiado visible.

Todo parece estar guardado en ese armario imaginario de la provocación.

La lógica es extraordinaria por absurda. Si una mujer sale vestida de determinada manera, entonces estaría enviando un mensaje. Si utiliza ciertos colores, estaría insinuando algo. Si camina sola por la noche, estaría asumiendo riesgos innecesarios. Si trabaja muchas horas, descuida a la familia. Si se queda en su casa, no progresa. Si opina, molesta. Si calla, consiente.

El resultado es un catálogo interminable donde siempre aparece una nueva razón para responsabilizar a quien sufrió una agresión.

La moda de la culpa funciona como una colección permanente. Nunca sale de circulación. Cada generación le cambia algunos detalles, actualiza el lenguaje y modifica la presentación, pero el producto sigue siendo el mismo.

Durante décadas se dijo que las mujeres provocaban por mostrar los tobillos. Después por mostrar los brazos. Más tarde por usar pantalones. Luego por usar minifalda. Después por utilizar bikini. Más adelante por mostrarse en redes sociales. Mañana aparecerá alguna explicación nueva.

El problema es que la historia tiene la mala costumbre de arruinar las teorías cómodas.

Los femicidios existían cuando las mujeres usaban vestidos largos hasta el suelo. Existían cuando estaban obligadas a cubrirse el cabello. Existían cuando no podían votar. Existían cuando dependían económicamente de sus maridos. Existían cuando no podían divorciarse. Existían cuando el concepto mismo de femicidio todavía no había sido inventado.

La violencia sobrevivió a todas las modas.

Por eso resulta tan llamativo que todavía haya quienes busquen respuestas en el guardarropa.

Si la ropa fuera la causa, las vidrieras serían escenas del crimen. Los maniquíes vivirían bajo custodia policial. Los diseñadores tendrían más responsabilidad penal que los agresores.

Pero la realidad es mucho más sencilla y mucho más incómoda.

La violencia no nace en una falda.

No nace en un escote.

No nace en un vestido rojo.

No nace en un par de tacos altos.

Nace en personas que creen tener derecho a controlar, castigar, humillar o poseer a otras personas.

Sin embargo, el viejo armario de la provocación sigue allí, resistiendo el paso del tiempo. Cada vez que ocurre una tragedia, alguien vuelve a abrir sus puertas y comienza a revisar perchas imaginarias buscando una explicación tranquilizadora.

Porque culpar a una prenda resulta más fácil que enfrentar preguntas mucho más profundas sobre la educación, la cultura, la violencia y las relaciones de poder.

Quizás por eso ese armario nunca termina de vaciarse.

Está lleno de vestidos que jamás cometieron delitos.

De zapatos que nunca levantaron una mano.

De carteras que nunca persiguieron a nadie.

De maquillajes incapaces de ejercer violencia.

Y, sobre todo, está lleno de excusas.

Excusas perfectamente planchadas, cuidadosamente dobladas y listas para ser utilizadas cada vez que alguien intenta desplazar la responsabilidad desde el agresor hacia la víctima.

La verdadera revolución de la moda tal vez consista en cerrar definitivamente ese armario.

Y dejar de buscar culpables entre las prendas.