Cuando Los Redondos hicieron temblar Constitucion

Cuando Los Redondos hicieron temblar Constitución

Por la redacción de Palermo Online

Hay recitales que uno disfruta y olvida con el paso de los años. Y hay otros que quedan grabados para siempre porque marcan una época, una generación y una manera de vivir la ciudad. Para Pablo Rubín, editor de Palermo Online, la primera vez que vio a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota pertenece a esa categoría de recuerdos que siguen intactos décadas después. No recuerda solamente las canciones. Recuerda el olor, el calor, los amigos, la multitud y, sobre todo, la sensación física de estar adentro de algo que parecía mucho más grande que un simple recital de rock.

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La historia ocurrió en un viejo teatro de la zona de Constitución que ya no existe. Buenos Aires era una ciudad distinta. Algunas autopistas todavía no habían sido terminadas y otras apenas comenzaban a modificar el paisaje urbano. Raúl Alfonsín gobernaba el país y la democracia todavía era una novedad para millones de argentinos. Pablo había ido junto a Bernardo, Mac, Pedro y sus novias. Eran apenas un grupo de chicos de 18 o 19 años que buscaban pasar una noche diferente sin imaginar que estaban por presenciar uno de los fenómenos culturales más importantes que produciría el rock argentino.

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«Fuimos temprano y ya estaba explotado», recuerda. «La fila era interminable y la gente seguía llegando de todos lados. Había algo raro en el ambiente. No era solamente un recital. Había una expectativa distinta. Cuando finalmente logramos entrar prácticamente no entró nadie más. El teatro estaba lleno hasta el límite. Miraras donde miraras había gente. En los pasillos, en las escaleras, en los balcones. Todo parecía a punto de desbordar.»

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Lo que ocurrió cuando apareció la banda sobre el escenario todavía lo sorprende al recordarlo. Aquellos viejos teatros populares tenían estructuras que hoy resultarían impensables para los estándares modernos. Había balcones enormes, palcos cargados de público y un superpullman que dominaba toda la sala desde las alturas. Cuando comenzaron los primeros acordes de Los Redondos, miles de personas empezaron a saltar al mismo tiempo y el edificio entero respondió como si fuera un organismo vivo. El piso vibraba, las paredes temblaban y desde abajo se veía moverse la estructura superior.

«No era una sensación psicológica. El teatro realmente se movía. Vos mirabas hacia arriba y veías cómo vibraba el superpullman. Por momentos pensabas que se podía venir abajo. Era una mezcla de miedo y fascinación. Nunca volví a sentir algo igual en un lugar cerrado. El rock estaba literalmente haciendo temblar el edificio.»

El ambiente era el de una Argentina que ya no existe. El humo flotaba permanentemente sobre la multitud. No había controles de ingreso como los actuales, no existían los operativos de seguridad que hoy rodean cualquier espectáculo masivo y tampoco las interminables barreras de separación entre artistas y público. La distancia entre la banda y la gente era mínima. Todo parecía más caótico, más desprolijo y también más auténtico. La sensación era la de formar parte de una ceremonia colectiva donde cada uno conocía intuitivamente las reglas del juego.

Una de las imágenes que más quedaron grabadas en la memoria de Pablo fue la relación entre Los Redondos y su público. Durante el recital varias personas lograron subirse al escenario. Hoy eso provocaría la intervención inmediata de decenas de agentes de seguridad, pero en aquellos años ocurría algo completamente diferente. Cuando alguien invadía el escenario, la banda simplemente dejaba de tocar. No había discusiones ni escándalos. Esperaban. Y recién cuando el propio público lograba convencer al intruso de bajar, el show continuaba exactamente donde había sido interrumpido.

«Eso era increíble porque generaba todavía más energía. La banda paraba. Todos miraban. La gente bajaba al que se había subido. Y cuando arrancaban otra vez parecía que explotaba una bomba. Era como echar nafta sobre el fuego. Vi los pogos más impresionantes de toda mi vida esa noche. No hablo de violencia. Hablo de una energía colectiva que nunca más encontré en otro lugar.»

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El recital se extendió durante más de dos horas y media, pero para miles de personas la experiencia no terminó cuando se apagaron las luces. Afuera del teatro continuó una especie de celebración espontánea que duró hasta el amanecer. Grupos enteros permanecieron en las veredas cantando canciones, compartiendo cerveza, comentando el recital y prolongando una noche que nadie quería abandonar. Algunos se quedaron hasta las seis o siete de la mañana. Nadie parecía tener apuro por volver a su casa. Lo importante era permanecer dentro de aquella atmósfera que Los Redondos habían construido.

Con el paso de los años llegarían los estadios, los recitales multitudinarios y las verdaderas peregrinaciones ricoteras. Ciudades enteras quedarían desbordadas por miles de seguidores llegados desde todos los rincones del país. Tandil, Junín, Mendoza, Córdoba, Gualeguaychú, Olavarría y La Plata serían tomadas durante algunos días por una multitud que viajaba cientos de kilómetros para compartir una ceremonia que mezclaba música, amistad, pertenencia y una identidad cultural propia. Los hoteles colapsaban, las estaciones de servicio se llenaban y los comerciantes trabajaban como si estuvieran en temporada alta.

Sin embargo, para Pablo Rubín, ninguno de aquellos megarecitales logró superar la intensidad emocional de aquella primera noche en Constitución. «Después vi shows mucho más grandes. Vi multitudes imposibles de contar. Vi ciudades enteras transformadas por el mundo ricotero. Pero aquella primera vez fue distinta porque fue la noche en que entendí que Los Redondos no eran solamente una banda de rock. Eran una comunidad. Una forma de encontrarse. Una identidad compartida. Una manera de sentirse acompañado entre miles de desconocidos.»

Décadas después, cuando el recuerdo del Indio Solari vuelve a recorrer la memoria colectiva argentina, aquella noche sigue apareciendo con la misma fuerza. El viejo teatro ya no existe. Muchos de aquellos jóvenes hoy peinan canas. Algunos amigos quedaron en el camino. Otros siguen reuniéndose para recordar aquellas aventuras. Pero cada vez que vuelve a sonar una canción de Los Redondos, también vuelve la imagen de un edificio temblando bajo el peso de una multitud y la certeza de haber sido testigo de uno de los capítulos más extraordinarios de la historia del rock argentino.

Y mientras terminaba de escribir estas líneas sobre aquella primera noche ricotera en un viejo teatro de Constitución, llegó un mensaje por WhatsApp que resume mejor que cualquier análisis lo que significaron Los Redondos para toda una generación. No hablaba solamente de música. Hablaba de amistades, de recuerdos y de momentos compartidos que quedaron pegados para siempre a una canción.

Por Hugo Mouján

«Grande, genio. Hoy me desperté y pensé en vos. Nunca te conté que siempre que escucho a los Redondos los asocio con vos, porque vos me los hiciste conocer y escuchar infinitas veces en la redacción de Visión, ya que Luzbelito fue mi debut con el Indio. ‘Tenés que escucharlos, pero escucharlos bien, prestá atención a las letras, la música es genial, te van a encantar’, algo así me decías. Y esta mañana se me cayó una lágrima. Abrazo enorme y gracias por el placer que me regalaste.»

Quizás ahí esté la verdadera dimensión de Los Redondos. No solamente en los estadios llenos, en los pogos interminables o en las ciudades tomadas por miles de ricoteros. También en esos recuerdos que vuelven décadas después, en los amigos que aparecen de golpe con una historia compartida y en las canciones que siguen funcionando como una máquina del tiempo. Porque al final, mucho más que una banda, Los Redondos terminaron siendo una parte de nuestras vidas.

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Comentario de Dani: En liniers año tipo 1977 78 había una carpa de un circo en el cruce de Gral paz y lo que hoy es la autopista del oeste. Un grupo del colegio nacional 13 fuimos a ver a pappo hacia frio y el grupo soporte era patricio rey … p
Repartían redonditos de rico ta en una canasta era la negra poli … sonaban a roc no roll …

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De Marcos: Hermoso Pablito. Excelente.

Comence a seguir a los redondos en Satisfaction, Bernardo de Irigoyen al fondo en Constitución.
Ahí tocaron por primera vez Bang Bang Estás liquidado.

La mística maravillosa de aquel lugar, en aquellos años fue insuperable.
Estuve en decenas de conciertos de ellos. Era realmente maravilloso. La última vez que los vi, fue en Obras en 1989.

Seguramente alguna vez, en alguna corrida huyendo de la yuta nos habremos cruzado.

Gloria al Indio! Eterno ya lo es.

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De Juan: Buenas ! Yo tuve la suerte de estar en olavarria en el ultimo show, inolvidable

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