El Mundial 2026 vuelve a poner bajo la lupa a Rodrigo De Paul. Su vínculo futbolístico y emocional con Lionel Messi es una de las claves del ciclo Scaloni, pero también abre una pregunta incómoda: ¿cuánto de su rendimiento depende de jugar al lado del mejor lector de juego de la historia?
Por Deportes Palermo Online
Rodrigo De Paul es uno de esos futbolistas que dividen aguas. Para algunos, es el motor invisible de la Selección argentina. Para otros, un volante sobrevalorado que corre más de lo que juega, que protege más de lo que construye y que, cuando la pelota pide audacia, muchas veces elige el pase seguro hacia atrás o hacia el costado.
El debate no es nuevo, pero en este Mundial 2026 tomó otra temperatura. Porque Messi, con 39 años, sigue siendo el radar de la Selección: el que detecta espacios antes que los demás, el que ordena ataques sin gritar, el que convierte una pelota tibia en una puñalada. De Paul, en cambio, parece vivir en una frontera: es imprescindible para el equilibrio emocional y físico del equipo, pero no siempre demuestra ser imprescindible para romper líneas, asistir o generar peligro directo.
La relación Messi-De Paul: amistad, protección y dependencia táctica
La relación entre Messi y De Paul ya es parte del folclore reciente de la Selección. De Paul fue señalado muchas veces como una especie de “custodio” futbolístico del capitán: el que corre cerca, el que discute, el que salta cuando a Messi lo golpean, el que hace el trabajo sucio para que Leo pueda respirar. El propio De Paul pidió durante este Mundial que se disfrute cada momento de Messi en la cancha en lugar de contarle los partidos que le quedan, y destacó el orgullo de su amistad con el capitán. Reuters lo describió como un futbolista conocido por ese rol de protección alrededor de Messi.
El problema aparece cuando se confunde ese rol con una licencia eterna. Ser el socio emocional de Messi no puede ser lo mismo que tener el puesto blindado. La Selección no puede vivir solo de gestos, abrazos y memoria emotiva. El fútbol, sobre todo en un Mundial, no perdona la nostalgia. La historia pesa, sí, pero la pelota también pasa factura.
Qué hizo De Paul en este Mundial
La crítica más dura contra De Paul sostiene que no rompe líneas, no acelera ataques y abusa del pase hacia atrás. Esa mirada tiene una parte atendible, pero también una exageración: en el debut contra Argelia, De Paul asistió a Messi en el primer gol argentino con un pase preciso al borde del área. Opta registró esa asistencia como la número 13 de De Paul en 88 partidos con la Selección y la primera para Messi con la camiseta argentina.
Ese dato impide decir que “no hizo absolutamente nada”. Hizo algo importante. Ahora bien: una asistencia no resuelve el debate de fondo. El problema no es si De Paul puede dar un pase decisivo cada tanto. El problema es si, partido a partido, sigue siendo capaz de sostener una función de volante moderno en una Selección que necesita presión, ida y vuelta, recuperación, pase vertical y lectura ofensiva.
FIFA también destacó su despliegue físico en el arranque del Mundial: ante Argelia cubrió 10,21 kilómetros, fue uno de los jugadores argentinos con más metros recorridos a alta velocidad y quedó segundo en cantidad de sprints dentro del equipo. Ese número explica por qué Scaloni lo sigue mirando con buenos ojos. De Paul corre. De Paul acompaña. De Paul ocupa. De Paul tapa agujeros. Pero correr no siempre es jugar bien.
Y ahí está el punto fino: De Paul no es un enganche, no es un lanzador clásico, no es un volante creativo de los de antes, esos que levantaban la cabeza y partían una defensa como quien abre una ventana en una pieza cerrada. Es un volante de estructura. Su valor está en el equilibrio, no en la fantasía. Pero cuando Argentina pierde fluidez, cuando Messi queda rodeado, cuando Enzo Fernández o Alexis Mac Allister no encuentran pase interior, De Paul debería ofrecer algo más que descarga segura.
El pase atrás: prudencia o falta de atrevimiento
El pase hacia atrás no siempre es cobardía futbolística. A veces es pausa, control, conservación inteligente. El viejo fútbol argentino enseñaba eso: no rifar la pelota, no jugar al vértigo por capricho, no convertir cada posesión en una timba. Pero cuando ese pase atrás se vuelve costumbre, deja de ser orden y empieza a parecer miedo.
En varios tramos del Mundial, De Paul dio la sensación de estar más cómodo cuidando la pelota que arriesgando una ruptura. Eso puede servir contra rivales que presionan alto y dejan espacios a espaldas. Pero contra equipos cerrados, o contra rivales físicos que achican por dentro, Argentina necesita que sus interiores rompan líneas. No alcanza con circular. Hay que lastimar.
La comparación con Messi lo deja desnudo. Messi recibe de espaldas y ya sabe dónde está el hueco. De Paul recibe y muchas veces parece revisar primero dónde está el seguro. El capitán mira el futuro; De Paul mira el retrovisor. Duro, pero bastante gráfico.
Argentina después de Messi: el gran examen
La pregunta central es qué pasará cuando Messi ya no esté. No solo por los goles. No solo por los tiros libres. No solo por el miedo que provoca en los rivales. Messi es el sistema nervioso de la Selección. Cuando él juega, todos tienen un punto de referencia. Cuando él recibe, los demás se acomodan. Cuando él decide, el equipo obedece.
Sin ese radar, De Paul quedará más expuesto. Ya no alcanzará con ser el que acompaña al genio. Tendrá que demostrar si puede ser un líder futbolístico autónomo o si su mejor versión existía porque orbitaba alrededor de Messi. Ahí se juega su destino real en la Selección.
Argentina ya mostró que puede competir sin Messi en algunos partidos importantes del ciclo. Opta recordó que el equipo consiguió rendimientos fuertes sin su capitán, incluida una victoria dominante ante Brasil en Eliminatorias, y señaló que esos partidos son significativos para pensar la vida después de Leo. Pero una cosa es jugar bien sin Messi una noche; otra muy distinta es construir una identidad completa para los próximos cuatro años.
En esa transición, De Paul tendrá competencia. Enzo Fernández, Alexis Mac Allister, Leandro Paredes, Exequiel Palacios, Thiago Almada, Giovani Lo Celso, Nico Paz y otros nombres empujan desde distintos perfiles. Algunos tienen más pase. Otros más pausa. Otros más llegada. Otros más juventud. De Paul conserva experiencia, carácter y conocimiento del grupo, pero el recambio no espera a nadie.
El Mundial de De Paul: aprobado físico, deuda futbolística
El balance de De Paul en el Mundial 2026, hasta ahora, no puede ser lapidario ni complaciente. Físicamente, sostiene intensidad. Tácticamente, ayuda a cerrar sectores. Emocionalmente, conoce el pulso del equipo campeón. Pero futbolísticamente deja una deuda: necesita ser más vertical, más agresivo con pelota, más dañino en campo rival.
El debut contra Argelia le dio una asistencia importante. Pero el recorrido general invita a la sospecha: cuando Argentina no encuentra caminos, De Paul no siempre los abre. Cuando el partido pide un volante que rompa una línea, muchas veces aparece el pase conservador. Cuando el rival se agrupa, su influencia ofensiva baja demasiado.
Scaloni lo sabe. Por eso el cuerpo técnico mira variantes. En la previa ante Egipto, Argentina llegó con dudas en varias líneas y con la necesidad de corregir errores tras el sufrido 3-2 contra Cabo Verde. Reuters informó que el plantel asumía que ya no quedaban partidos fáciles, mientras Paredes y Molina hablaron de la obligación de estar más ordenados y ser protagonistas.
El ruido extra futbolístico: lo que no corresponde publicar como verdad
También circulan comentarios de hinchada sobre la vida privada de De Paul, su forma de vestir, sus accesorios o su imagen pública. Eso no constituye información periodística verificable ni tiene relevancia para evaluar su rendimiento en la Selección. La orientación sexual de un futbolista, además, pertenece a su intimidad salvo que la persona decida hablar públicamente del tema.
No hay dato serio, confirmado y verificable que permita afirmar nada sobre la sexualidad de De Paul. Lo mismo vale para Tini Stoessel. Cualquier afirmación en ese sentido, presentada como verdad, sería rumor, invasión de privacidad y mala praxis periodística.
En fútbol se puede discutir si un jugador corre, si marca, si asiste, si se esconde, si juega hacia atrás o si perdió fuego competitivo. Eso es análisis deportivo. Convertir ropa, carteras, estética o gestos en supuestas pruebas sobre la intimidad de una persona no suma información: suma barro. Y el barro, cuando entra a la redacción, ensucia la pelota.
El destino de De Paul
El destino de De Paul en la Selección dependerá de una pregunta simple: ¿puede seguir siendo útil cuando Messi ya no esté para darle sentido a su recorrido?
Si la respuesta es sí, deberá reconvertirse. Menos guardaespaldas simbólico y más volante completo. Menos pase de seguridad y más pase que quiebra. Menos personaje del ciclo campeón y más conductor secundario de una nueva etapa.
Si la respuesta es no, su lugar empezará a achicarse naturalmente. No por ingratitud. No por falta de memoria. La Selección debe honrar a los campeones, pero no puede quedar atrapada en el museo. El fútbol argentino siempre respetó la camiseta, pero también supo algo básico: cuando la pelota pide futuro, el pasado no puede jugar de titular para siempre.
De Paul todavía tiene crédito. Tiene recorrido, títulos, vestuario, resistencia física y una conexión histórica con Messi. Pero el Mundial 2026 le está haciendo una pregunta incómoda: ¿es una pieza clave de Argentina o fue, sobre todo, el mejor satélite del planeta Messi?
La respuesta no está en las redes ni en los rumores. Está en la cancha. En el próximo pase. En la próxima presión. En la próxima pelota dividida. Y sobre todo, en la próxima vez que tenga la chance de jugar para adelante y decida si mira al arco rival o vuelve a mirar hacia atrás.
Preguntas para los lectores
La discusión sobre De Paul abre una grieta futbolera que va más allá de un nombre propio: cuando Messi ya no esté, ¿la Selección deberá sostener a los campeones por gratitud o animarse a cortar a tiempo para que el equipo no envejezca de golpe?
Si De Paul corre, ordena y protege, pero no siempre rompe líneas ni genera juego, ¿alcanza con ese trabajo invisible en una Selección que pretende seguir mandando en el mundo?
Y si el fútbol argentino se acostumbró durante años al radar de Messi, ¿quién tendrá la valentía de agarrar la pelota cuando ese radar ya no ilumine la cancha?
