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Del Stud Free Pub a Cemento: la contracultura que desafió al poder y cambió Buenos Aires

Por Redacción Palermonline Cultura

Mucho antes de las redes sociales, de los influencers y de los artistas fabricados por algoritmos, existió una Buenos Aires donde la cultura nacía en bares oscuros, sótanos, escenarios improvisados y revistas hechas a pulmón. Una ciudad donde músicos, actores, periodistas y poetas construían espacios propios porque sentían que no tenían lugar en los circuitos oficiales. Esa historia no empezó en los grandes teatros ni en las multinacionales del espectáculo. Empezó en la calle, en la noche y en la necesidad de expresarse frente a distintas formas de poder.

Durante los últimos años de la dictadura militar y los primeros años de la recuperación democrática comenzó a formarse una red cultural que transformaría para siempre la escena argentina. Mientras la política intentaba reconstruir la democracia, miles de jóvenes buscaban nuevas formas de libertad. El arte apareció entonces como una herramienta de expresión, cuestionamiento y encuentro. No existía un único líder ni una organización central. Existían espacios. Y esos espacios terminaron construyendo una época.

Uno de los lugares fundamentales fue el legendario Stud Free Pub. Sus dueños, Carlos Del Río, Claudio Izsak y Raúl Romeo, apostaron por bandas que todavía no llenaban estadios ni aparecían en televisión. Allí tocaron Sumo, Soda Stereo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Los Twist, Los Encargados, Fricción, Suéter, Viuda e Hijas de Roque Enroll y decenas de grupos que luego formarían parte de la historia grande del rock argentino. En aquellos años nadie sabía quién sería famoso y quién desaparecería. Lo importante era tocar, experimentar y construir una identidad propia.

A pocos kilómetros de allí, Omar Chabán impulsaba el mítico Café Einstein, una mezcla de centro cultural, sala de conciertos, teatro experimental y laboratorio artístico. Einstein fue mucho más que un boliche. Allí convivían músicos, actores, artistas visuales, escritores y personajes imposibles de clasificar. Lo que hoy muchos llaman cultura independiente tuvo en Einstein uno de sus principales puntos de partida. Chabán entendió antes que otros que la creatividad necesitaba libertad y que los artistas jóvenes debían tener un escenario donde equivocarse, crecer y encontrar su propia voz.

Cuando Einstein quedó chico apareció Cemento, que durante décadas funcionó como la gran catedral del rock alternativo argentino. Por su escenario pasaron generaciones enteras de músicos. Muchos de ellos llegaron siendo desconocidos y terminaron convirtiéndose en figuras centrales de la cultura popular. Cemento fue una escuela de rock, pero también una escuela de convivencia artística donde convivían distintas tribus urbanas, estéticas y formas de pensar.

Mientras tanto, en San Telmo, Omar Viola construía otra revolución. El Parakultural rompía las reglas del teatro tradicional y abría las puertas a una nueva generación de artistas. Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese, Las Gambas al Ajillo y muchos otros encontraron allí un territorio de absoluta libertad creativa. Lo que ocurría sobre ese escenario era tan imprevisible como la propia ciudad. El público no iba solamente a ver una obra. Iba a participar de una experiencia cultural que cuestionaba los límites establecidos.

En el terreno del periodismo y la literatura apareció la figura de Enrique Symns, probablemente uno de los grandes narradores de la contracultura argentina. Con la revista Cerdos & Peces abrió debates que buena parte de los medios tradicionales evitaban. Drogas, sexualidad, marginalidad, violencia, rock, literatura y política convivían en sus páginas. Symns convirtió el periodismo en una forma de provocación intelectual y cultural. Junto a él escribieron y colaboraron periodistas, escritores y artistas que ayudaron a construir una mirada alternativa sobre la realidad argentina.

La relación entre Symns y Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota terminó siendo una de las asociaciones culturales más influyentes de la época. Sus monólogos antes de los recitales se transformaron en parte del ritual ricotero. El Indio Solari, Skay Beilinson y la banda desarrollaron un camino independiente cuando gran parte de la industria cultural todavía funcionaba bajo otros parámetros. Aquella experiencia mostró que era posible construir una identidad artística fuerte sin depender completamente de las estructuras tradicionales del mercado.

Pero la historia no se limita a Einstein, Cemento o el Parakultural. También existieron lugares que hoy sobreviven en la memoria de quienes vivieron aquellos años. En la zona de Palermo, Plaza Italia, el Jardín Botánico y Avenida del Libertador funcionaban bares, pubs y espacios de encuentro donde músicos, periodistas y artistas compartían noches interminables. Entre ellos sobresalía La Esquina del Sol, convertida con el tiempo en un lugar mítico para varias generaciones del rock nacional. Allí pasaron músicos de Sumo, artistas vinculados a la escena del rock moderno y buena parte de la fauna cultural que luego poblaría los escenarios más importantes del país.

Aquella red cultural no respondía a una ideología única ni a un partido político determinado. Lo que compartía era una actitud. La necesidad de crear espacios autónomos, cuestionar lo establecido y defender la libertad artística frente a cualquier forma de uniformidad cultural. Por eso convivían personajes tan distintos entre sí. Había anarquistas, peronistas, izquierdistas, apolíticos, bohemios, artistas experimentales y simples amantes de la música. Lo que los unía era la convicción de que la cultura debía ser un territorio libre.

Con el paso del tiempo cambiaron los gobiernos, las modas y las tecnologías, pero la lógica de la contracultura siguió apareciendo una y otra vez. En algunos momentos se expresó desde el rock. En otros desde el teatro, las revistas independientes, las radios comunitarias o los centros culturales barriales. Cada generación encontró sus propios lenguajes para expresar inquietudes, críticas y sueños colectivos.

Por eso, cuando se habla de Stud Free Pub, Einstein, Cemento, el Parakultural, Cerdos & Peces, La Esquina del Sol, Omar Chabán, Omar Viola, Enrique Symns o el Indio Solari, no se habla solamente de lugares o personas. Se habla de una tradición cultural argentina que eligió crecer desde los márgenes antes que pedir permiso al centro. Una tradición que ayudó a construir parte de la identidad artística de Buenos Aires y cuyo legado todavía puede encontrarse en cientos de proyectos culturales independientes que siguen trabajando, muchas veces silenciosamente, en los barrios de la ciudad.

Porque la historia demuestra que las grandes transformaciones culturales rara vez nacen en las oficinas. Casi siempre empiezan en una mesa de bar, en una revista fotocopiada, en un escenario improvisado o en una conversación de madrugada entre personas convencidas de que todavía queda algo nuevo por decir.