Tomar mate

El país que se derrama en un mate

El país que se derrama en un mate — Filosofía criolla, artilugios, milagros domésticos y todas las formas que tiene un argentino de nombrar la simple ceremonia de juntarse

Fue escrito más de una vez —aunque nunca aceptado de manera oficial— que el mate es uno de los pocos objetos que pueden cargar, sin quebrarse, el peso de una patria entera. Y sin embargo, nadie supo jamás explicar con precisión cómo fue que en esa pequeña calabaza vaciada se depositó una metafísica nacional completa. Se dirá aquí, en esta crónica literaria, que todo ocurrió a la manera argentina: sin decretos, sin consenso, sin academia, sin solemnidad, a pura repetición doméstica, a puro gesto heredado, como si la ceremonia hubiese nacido antes que el lenguaje mismo.

Fue observado por este cronista —mientras caminaba Palermo, Almagro, San Cristóbal y Mini Zoo entero de la memoria porteña— que el mate funciona como un aleph doméstico: en su borde convive el pasado indígena, la siesta misionera, el inmigrante recién llegado, el estudiante universitario que no duerme, la abuela que ordena el mundo sin explicarlo, el trabajador que descansa en un cordón de vereda, el artista que viaja en su propio humo, el enamorado que se ofrece en un amargo.

Se entendió entonces que ni Borges habría podido abstraerse de su circularidad, que Cortázar lo habría descrito como un objeto capaz de alterar el ritmo del día, y que Manucho hubiera celebrado su elegancia humilde, esa que no necesita mármol para ser clásica.

El mate como reliquia portátil de la Nación

La filosofía mate-matéica fue aprendida sin bibliografía, como Borges decía que se aprende el destino. Fue aceptado que el mate enseña paciencias invisibles: la de dejar enfriar el agua lo justo, la de cebar sin apuros, la de esperar la ronda, la de recibir sin pedirse, la de devolver sin apropiarse. Nada más borgeano que la idea de que el mate no se toma: se hereda una posición en la ronda.

El mate —la vasija— fue nombrado tantas veces que parece haber vivido varias vidas. Los vecinos lo llamaron porongo, cui, matecacho, cachimbo, casco, calabacita, la panza, el viejo, la reliquia, el compañero silencioso, el que escucha. Manucho habría dicho que es una pieza de utilería de un teatro colonial interminable, donde cada objeto es una miniatura de época y cada marca es un capítulo.

La bombilla, por su parte, recibió homenajes discretos pero intensos. Fue llamada la bigotera, la pipeta, la tacuara, el sorbete criollo, la llave, la lengua metálica, la columna vertebral del rito, porque por ella pasa la verdad irrefutable del agua justa. Cortázar, tan obsesionado con los objetos que se rebelan, habría advertido que la bombilla, cuando se tapa, revela un mal presagio, un día que no quiere fluir.

La yerba —esa hoja seca que sostiene al país— fue tratada como el oro verde, la yuyera, la criolla, la brava, la suave, el polvo santo, la paraguaya, la que acompaña, la que te salva, la que te hunde en pensamientos que no sabías que tenías. Cada paquete abierto fue contemplado como un libro que se despliega, como un mapa vegetal capaz de explicar los territorios interiores de quien lo comparte.

El agua —tan simple, tan libertina— fue elevada a categoría mística: la justa, la calentona, la templada, la bruja, la santa, la que no perdona, la que despierta, la que calma, la que te dice cómo viene el día. Borges habría celebrado su precisión: el mate no admite excesos, y la vida tampoco.

La pava, finalmente, fue tratada como una matriarca doméstica. Recibió nombres que parecen personajes: la silbadora, la vieja, la negra, la panza, la gritona, la que manda, la que avisa, la que le marca el paso a la tarde argentina.

La ceremonia de juntarse: todas las maneras de nombrar el acto matero

Fue anotado en esta investigación literaria que el pueblo inventó más formas de nombrar una mateada que formas de nombrar el amor. Y no es exageración: cada barrio, cada generación, cada grupo de amigos inventó una palabra distinta para señalar el mismo gesto ancestral. Todas estas denominaciones —recolectadas en veredas, sobremesas, mateadas fortuitas, clases perdidas y noches de insomnio— forman parte de la liturgia viva:

Mateada,
Ronda,
El amargue,
La cebada,
Hacer sobremate,
Unos cimarrones,
La juntada tranquila,
Los verdes de charla,
La ronda larga,
El convite,
Caer a cebar,
La tarde armada,
La hora santa,
El rato,
El rato largo,
La estación del mate,
Tirar unos amargos,
La vuelta del termo,
La charla al ras de la bombilla,
El encuentro matero,
Merienda mateña,
La matecita,
Matear y desmatear,
Ponerse al día,
Acomodar la tarde,
La cita sin horario,
Pasar a la ronda,
La cruzada verde,
Hacer patria,
El recreo eterno,
Mimate,
Armar el día,
Juntada con termo,
Pegarnos una cebada,
Mate colectivo,
El silencio compartido,
La charla que se afloja,
El rato que salva,
La sombra matera,
El ritual,
La ceremonia,
El pequeño congreso,
El parlamento portátil,
La estación obligada,
La pausa que se vuelve vida.

No existe otro país donde un acto tan mínimo haya recibido semejante variedad de nombres. Eso, diría Manucho, es barroco puro: exceso de nombres para designar lo esencial.

La mate-matéica: la filosofía escondida en el borde de una calabaza

En voz pasiva podría afirmarse que la filosofía del mate —esa que Borges habría analizado con una sonrisa lateral— fue construida desde la intuición. El mate enseña que la vida necesita su temperatura justa, como el agua; que las palabras deben circular sin interrumpirse, como la bombilla; que la memoria se guarda en lo simple, como la yerba; que el orden aparece en el caos, como la ronda; que la amistad se sostiene en la repetición, como el cebador que vuelve siempre a llenar.

Se ha comprendido también que el mate es un artefacto temporal: detiene lo urgente, afloja lo rígido, crea una ventana donde lo cotidiano se vuelve habitable. Cortázar diría que el mate es un cronopio: torpe, dulce, persistente, absurdo, indispensable. Borges lo llamaría una liturgia circular. Manucho, un objeto que nos vuelca a una nostalgia que no siempre sabemos de dónde proviene.

Conclusión literaria

Puede afirmarse, entonces, que el mate no es una infusión sino una enciclopedia del alma argentina. Y que en cada una de sus formas, apodos, rituales y silencios late una historia que podría escribirse mil veces sin agotarse nunca. Este periodista, después de recorrer calles, bares, plazas y cocinas, concluye que el mate funciona como país portátil, como patria mínima, como hogar transportado, como un modo de existir que no puede traducirse del todo, porque lo esencial de esta ceremonia se aprende vivenciándola: el mate no se explica, el mate se habita.