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En el rancho de la economía: Maslatón canta la verdad sobre el nuevo truco de Milei y Caputo

En el rancho de la economía: Maslatón canta la verdad sobre el nuevo truco de Milei y Caputo

En este pago donde la miseria crece más rápido que el pasto en primavera, el letrado Carlos Maslatón —hombre de tranco pensante y ojo avizor— se despachó esta mañana con un recado que merece ser oído como advertencia de pulpero viejo: el plan económico que teje hoy el gobierno libertario no es nuevo ni milagroso; es apenas la resucitación de un caballo flaco que ya nos tiró al barro en el ’89.

Con tono de quien ya ha visto de todo en esta pampa brava, Maslatón señala que Milei y Caputo, lejos de soltar las riendas al mercado como tanto cacarearon, están apretando los frenos como un patrón miedoso, copiando al dedillo el «Plan Primavera» que en 1988 inventaron Alfonsín y su ministro Sourrouille para disimular la ruina que ya venía galopando.

¿Y qué era ese tal Plan Primavera, se preguntará el paisanaje?
Pues un rejunte de mañas: subastar dólares a dedo, atar la moneda con alambre pagando tasas altísimas para que nadie escape, y empujar el precio del billete verde a su antojo como quien doma un bagual que ya no quiere obedecer.

«Era un formato terrorífico de bicicleta financiera», dice Maslatón, y no le falta razón: los vivos del mercado vendían dólares que no tenían, apostando a la farsa del gobierno. Hasta que un buen día, como trueno en cielo sereno, el Banco Central pegó el portazo, dejó de vender billetes, y los peones que jugaban a la timba se encontraron de golpe fundidos, sin soga ni salvavidas.

Ahí nomás vino la hiperinflación, no por obra de la impresión de billetes como recita la letanía liberal, sino porque el mercado estalló de miedo y salió corriendo en desbandada a salvar lo poco que le quedaba.
La moneda nacional quedó hecha girones y el pueblo —como siempre— fue el que pagó el asado ajeno.

Hoy, según advierte Maslatón, los nuevos dueños del corralito —Caputo y Bausili— repiten la jugada como quien mete las patas en el mismo charco, pero esta vez con disfraz de anarcocapitalismo y arengas libertarias que no convencen ni al loro del boliche.

No hay libre mercado aquí, paisano.
Hay intervención a granel, dólares manejados desde la peonada estatal para los patrones amigos, tasas de interés infladas que hacen más rentable quedarse quieto que laburar, y endeudamiento externo para que, cuando reviente todo, los de arriba ya estén a salvo en otro pago y los de abajo, como siempre, mordiendo el polvo de la desgracia ajena.

Milei, aquel que prometía cortar las cadenas del Estado, terminó siendo más alcahuete de los poderosos que cualquier otro gaucho de la política.
Un domador que grita libertad mientras ata al pueblo con sogas más gruesas.

Y así, dice Maslatón, nos vamos derechito al mismo destino que en el ’89:
un carnaval de billetes sin valor, una estampida de ahorros, y una bronca popular que, tarde o temprano, hará temblar otra vez el suelo de esta república vieja y sufrida.

«Lo bueno de todo es que al menos nos vamos a divertir», remata el escriba con sorna, sabiendo que en esta tierra mal parida para los ingenuos, el único consuelo que queda es reír para no llorar.


En un pago de mentiras
y promesas a mansalva,
otra vez tienden la trampa
los patrones de la envidia.
Subastando la codicia,
atando el dólar al poste,
mientras el peón, ya sin norte,
se empacha de tasas locas,
y en la pulpería se invoca
al fantasma de un ’89 torpe.

No es libertad lo que suena,
ni mercado, ni futuro:
es el viejo truco oscuro
de quien la soga no suelta.
Milei grita y da vueltas,
cual bagual de doma floja,
pero su yugo acomoda
al servicio de la trampa,
y es el gauchaje quien paga
la fiesta de los de moño y corbata.

Que venga nomás la tormenta,
que el viento reviente el rancho,
que el trueno despierte al gaucho
que todavía duerme en la espera.
¡No hay peor soga que aquella
que uno mismo se deja atar!
Y si en la llanura va a tronar,
más vale estar bien despierto:
porque entre vivos y muertos,
los de a pie vamos a pelear.