Fiestas

Fiestas: el año que se cierra es un año de balance.

Ernesto Santa Claus Magneto

Todos los años, se acercan las fiestas. No hay tutía. Para muchos suele ser un motivo de reencuentro. Otros se acuerdan de los que ya no están. Para otros son un parto. Hay de todo en la viña del señor. Navidad y Año Nuevo están otra vez a la vuelta de la esquina. Somos un país eminentemente cristiano. Y festejamos el nacimiento de Jesús. Y este calendario. Podríamos vivir en Tailandia o Israel, ¿por que no?, pero vivimos aquí.

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Para muchos el año que se cierra es un año de balance. Vemos en que nos fue mal y en que bien y nos juramos y perjuramos no volver a cometer los mismos errores. O desempolvamos algún proyecto para el año que viene. Para otros, un día más. Nos sentamos a la mesa con muchas personas que no bancamos solo porque “son las fiestas”. Cuando suenan las sirenas anunciando el nuevo año nos acordamos de alguien que ya no está entre nosotros.

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Nos abrazamos y le deseamos suerte, otras veces, a gente que no sabemos bien quienes son. Cruzamos las copas con algún cuñado que la verdad, no nos cae bien. Y también, porque no decirlo, nos abrazamos con alguien a quien sí queremos. Cuando no, participamos de alguna despedida del año de la empresa con alguno que nos sacó el puesto o con algún jefe que nos vuelve locos todo el año, y refunfuñamos por lo bajo cuando llega la hora de brindar.

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Total, con tal de morfar y chupar gratis, todo vale. Mientras los más jóvenes, y algunos que no lo son tanto, se van a la calle o a la terraza, a tirar un par de cañitas voladoras, si es que no hay mucha teca, y otros lanzan al cielo decenas de fuegos artificiales de Cadenazi haciendo resurgir la envidia de los del balcón de al lado, la mayor parte, ya cansada de esta rutina, solo atina a mirar, una vez más, el cielo. Luego de varias horas de comer y beber, y ya en las manos de el típico pedalín provocado por la mezcla de bebidas, nos quedamos hablando de las mismas cosas con los mismos del año pasado. Jugando con las miguitas en el mantel con varias copas de vino encima. Hasta que a las dos o tres de la mañana, enfilamos para casa.

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Sí. Es mejor irnos y dejar atrás ese quilombo de platos, fuentes y vasos que alguien mañana limpiará. Ese mismo día, a la mañana, habíamos leído en el diario que el gobierno, en otro acuerdo con los supermercados chinos, lanzaba a la venta una “canasta navideña” de 1400 pesos, cuando no hace tanto el kilo de tomates estaba en 180. Pero al día siguiente, con la resaca que corresponde a esas fechas, ¿quién se acuerda de semejante dislate?

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