Milei, un idiota en el Vaticano: de la despedida al Papa al odio en las redes
¡Qué espectáculo lamentable, hermano! Milei, otra vez, en su salsa: el showman de la bronca, el predicador del resentimiento barato. Como un nene caprichoso al que no le gustó lo que dijeron de él, usa su propio megáfono para escupir odio en vez de gobernar. ¿No se supone que el tipo fue al Vaticano a rendir homenaje a un Papa argentino que predicaba la humildad, la paz, la fraternidad? ¡Qué ironía tan obscena! Se le pasó de largo el espíritu del lugar, como agua entre los dedos.
Después de estar en la mismísima Basílica de San Pedro, después de ver el féretro de Francisco —el Papa de los pobres, el Papa que hablaba de abrazar al que sufre—, Milei sale corriendo no a meditar, no a reconciliar, no a construir, sino a gritar desde las redes que «la gente no odia lo suficiente a los periodistas». Es que Milei no aprende ni rodeado de ángeles, loco. Le mostrás un milagro y se queja porque no tiene subtítulos en esloveno.
Usar la muerte de Francisco como trampolín para atacar periodistas es de una bajeza que no se mide con barómetro humano. «La gente no los odia lo suficiente», dice, como quien pide más leña para la hoguera medieval. ¿Se da cuenta del veneno que está sembrando? ¿O ya cruzó el punto de no retorno y no le importa más nada que su propia épica de «yo contra el mundo»?
Y encima, atacando a Bonelli, Brancatelli, Olivera… como si fuera un boxeador ciego lanzando piñas al aire. Todo porque se informó algo que cualquier periodista decente tenía la obligación de contar: llegó tarde a despedir a un Papa argentino histórico. ¿Eso querías que taparan, Javier? ¿Querías alfombra roja y aplaudidores?
Lo más trágico es que mientras Milei patalea y grita en X como si fuera un streamer enloquecido, la vida sigue. El país se desangra de inflación, hambre, desempleo, desconfianza… y él ahí, prendido al celular como un náufrago a su madero de odio.
Decime la verdad, ¿vos creés que alguien que ve enemigos en todos lados puede construir algo? ¿Vos creés que a esta altura Milei está para gobernar un país, o sólo para incendiarlo mientras filma su propio reality?
Porque si algo nos enseña la historia —esa vieja sabia que nunca se calla— es que los líderes que predican odio terminan tragados por su propio fuego. Y ese fuego, cuando se apaga, sólo deja cenizas. Cenizas de un país que merecía mucho más.
El presidente Javier Milei viajó al Vaticano para despedir al Papa Francisco, el argentino que abrazó al mundo entero con la humildad de San Francisco de Asís. Pero ni siquiera frente a la muerte sagrada pudo frenar su lengua. Apenas pisó de nuevo suelo argentino, volvió a vomitar odio.
Y no cualquier odio: un odio dirigido a los periodistas, a los que acusa de no ser «odiados lo suficiente» por la gente. Sí, aunque suene surrealista: mientras el féretro de Francisco aún exhalaba el último suspiro simbólico de paz, Milei, enfurecido y despierto a las 6 de la mañana, arremetía contra Marcelo Bonelli, Diego Brancatelli y Francisco Olivera, entre otros trabajadores de prensa. Porque osaron contar que Milei llegó tarde a la despedida oficial del Papa.
Un presidente cruzado de odio y paranoia, que tras recorrer la Basílica de San Pedro no volvió con un mensaje de unidad, ni de compasión, ni de introspección, sino con la misma piedra en la mano con la que viene golpeando desde su primer día de mandato.
Los hechos son simples y brutales: el ARG 01, el avión presidencial, aterrizó en Aeroparque cerca de las 7:50 de la mañana. Pero antes, mientras sobrevolaba el Atlántico, Milei se enzarzaba en peleas virtuales como un boxeador borracho. Atacó a Bonelli, a Brancatelli, a Olivera. A todos. A cualquiera que pusiera en duda su imagen impoluta. ¿Las pruebas? Ninguna. ¿Las disculpas? Ni pensarlo.
Su ejército de trolls, desde las catacumbas de X, también salió en manada. Una cuenta llamada “Che Libertarian” publicó una foto de Milei junto al féretro papal, gritando: «¿Pedirán disculpas?». El presidente, desde su limbo de egolatría, no dudó en retuitearlo.
Y así estamos. Mientras el país necesita liderazgo, sensatez, serenidad, Milei juega su guerra personal contra los medios, refugiado en su adicción a la bronca. Cada tuit, cada retuit, cada insulto, es una piedra más en la ruina que está construyendo alrededor suyo.
Porque nadie sobrevive eternamente en la política argentina sembrando odio.
Y nadie sobrevive eternamente insultando a los muertos.
La imagen que queda es triste, patética: un presidente que fue a despedir a un Papa y volvió a su casa como un gladiador furioso, incapaz de entender que el poder verdadero no se ejerce insultando a los que cuentan la verdad, sino respetando el silencio de los que ya no están.
Y el pueblo, que es paciente pero no eterno, sabe mirar.
Sabe que el odio es un búmeran.
Y sabe que Milei ya empezó a cosechar el suyo.
