Su gestión es un cuerpo sin alma, una carrocería sin motor. Se quedó sin partido, sin militantes, sin poder real y sin respaldo institucional. Solo sobrevive, como un títere de los intereses empresariales que lo sostienen.
Desde la asunción de Jorge Macri como jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, todo fue en caída libre. Su liderazgo no solo luce agotado: está absolutamente derruido. El PRO, partido que alguna vez supo marcar el pulso de la política porteña, se evaporó. La militancia que lo sostenía se fugó por la canaleta de la desilusión: unos se fueron con Horacio Rodríguez Larreta, otros más hábiles —y más corruptos— ya negocian pasarse con Javier Milei, buscando algún beneficio en el “plan canje” de la derecha degradada.
Lo cierto es que Jorge Macri gobierna sin partido, sin lealtades, sin calle y sin fe. La ex presidenta del PRO, Patricia Bullrich, lo traicionó sin piedad —como a todos—, mientras la UCR, el ARI y los socialistas lo abandonaron para no hundirse con él. La coalición quedó en ruinas, y él, solo, con cara de fiambre vencido y sin fecha de salida.
Acefalía administrativa: sin cabeza ni manos
En cuanto a su gestión concreta, la ciudad está en estado de abandono absoluto. No hay liderazgo político, ni gabinete funcional, ni estructura administrativa. Todas las reparticiones públicas están paralizadas o condicionadas por un sistema que solo se activa con dinero en efectivo y en negro. Literalmente: si no hay “cash”, no se mueve una carpeta, una licitación o una obra menor. La ciudad se volvió rehén de la informalidad y la coima.
Las veredas —esas que fueron arregladas cinco veces en los últimos años— vuelven a estar rotas. Se estima que el 30% de ellas está mal colocada, y en días de lluvia funcionan como trampas mortales que salpican, se hunden o se quiebran. Las calles son un catálogo de cráteres mal tapados por las empresas de servicios como Edenor, Edesur, Aysa y las telefónicas, que actúan con total impunidad. El Gobierno de la Ciudad no controla ni supervisa nada. No hay nadie.
Salud, justicia y limpieza: el tridente de la decadencia
En salud, los hospitales públicos no dan abasto. Los turnos están saturados, los médicos cobran sueldos miserables y los insumos básicos escasean. En algunas guardias ya se atiende con lo puesto, literalmente. Es un sistema en colapso que no tiene quien lo dirija ni quien lo recupere.
En justicia, los vecinos están desamparados. Desde problemas de consorcio hasta denuncias por ruidos molestos, todo duerme el sueño eterno en juzgados fantasmas. La ciudad se convirtió en una jungla donde reina la impunidad cotidiana.
En cuanto a la limpieza urbana, tras las elecciones la ciudad volvió a llenarse de basura. Como si el maquillaje de campaña se hubiera lavado con la primera lluvia, lo que quedó fue el rostro sucio de una Buenos Aires desbordada, con contenedores reventados, veredas mugrientas y calles que huelen a abandono.
Silencios pagados y periodistas ensobrados
Jorge Macri no da conferencias de prensa abiertas. Sus apariciones son actos controlados, con preguntas escritas de antemano y un equipo de periodistas amigos —o mejor dicho, ensobrados— que aplauden con la cabeza. Los medios críticos no entran. Las preguntas reales no se hacen. El periodismo libre fue vetado.
En este contexto de ocaso político, ni siquiera Javier Milei —que de cortesía institucional sabe poco— lo saludó en la Catedral. Ese gesto, aparentemente menor, fue la lápida: un presidente que desprecia a su supuesto aliado local le imprime un sello de vencimiento en la frente. Jorge Macri está vencido. Políticamente muerto.
Una muerte lenta, sostenida por negocios privados
Si fuera por él, ya se hubiera jubilado. Lo dice su lenguaje corporal, su mirada perdida, su falta de iniciativa. Pero no puede. Está atado a los negocios de sus empresarios aliados. Los que todavía exprimen contratos, licitaciones y pactos turbios en la Ciudad. Ellos son los que lo obligan a sostener esta lenta agonía, este derrumbe disfrazado de gestión.
Macri gobierna por inercia, con una estructura que responde solo cuando le conviene económicamente. Es un jefe de Gobierno ausente, sin credibilidad, sin obra pública relevante y sin diálogo con nadie. En un escenario donde la ciudad parece flotar a la deriva, lo único que le queda a Jorge Macri es esperar el final de su mandato como un condenado a perpetua que ya no sueña con el indulto.
¿Qué responsabilidad le cabe al votante? ¿Cómo se reconstruye una ciudad después de un gobierno tan vacío de sentido?
Desde Palermo Online, ponemos la lupa sobre la gestión más deslucida de los últimos 20 años. Jorge Macri ya no es un político en funciones: es un mal recuerdo que sigue ocupando un sillón.
Palermo Online es el juez.
El periodista, el fiscal.
Y vos, lector, el jurado.
¿Estás de acuerdo con este veredicto?
