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La burrada avanza y la manía de no pensar

Tu Bishvat y la burrada argentina: árboles, memoria y la manía de no pensar

Buenos Aires.
El próximo domingo 1° de febrero por la noche comienza Tu Bishvat (ט״וּ בִּשְׁבָט), una fecha del calendario judío que, sin estridencias ni fuegos artificiales, pone sobre la mesa una idea hoy incómoda: el tiempo importa, la paciencia importa, la memoria importa. Todo lo contrario a la lógica dominante de la burrada argentina contemporánea.

Tu Bishvat no nació como fiesta. Fue, en origen, una solución práctica para agricultores de la antigüedad. La Torá establecía que los frutos de un árbol no podían comerse durante los primeros tres años desde su plantación. El problema era obvio: ¿cómo marcar el cumpleaños de cada árbol?
Respuesta rabínica, simple y brillante: todos los árboles cumplen años el 15 de Shevat. Orden colectivo frente al caos individual.

Esa lógica —pensar antes de gritar, ordenar antes de destruir— parece hoy casi subversiva.

En la tradición judía, los árboles no son decoración urbana ni “obstáculos al progreso”. Tienen un estatus especial porque sostienen la vida. Incluso en tiempos de guerra, la Torá impone un límite claro: los árboles frutales no se destruyen. “¿Acaso los árboles del campo son personas para ser atacadas?”, pregunta el texto sagrado con una lucidez que hoy falta en demasiados debates públicos.

Mientras tanto, en la Argentina actual, la burrada avanza. No como ignorancia involuntaria —eso siempre existió— sino como orgullo de no saber. Se desprecia el estudio, se ridiculiza la cultura, se sospecha del conocimiento. Pensar es “de zurdo”, leer es “al pedo”, la historia es “un relato”. La ignorancia ya no se oculta: se exhibe.

Los rabinos del Talmud establecieron cuatro Años Nuevos: el civil, el de los árboles, el de la redención y el del diezmo del ganado. Todos marcan algo esencial: el tiempo no es lineal ni descartable, tiene capas, sentidos, responsabilidades.
La burrada argentina, en cambio, vive en un presente eterno y ruidoso, sin pasado que aprender ni futuro que cuidar.

En la Edad Media, los cabalistas le dieron a Tu Bishvat una dimensión espiritual. Según la cábala luriánica, todo lo material contiene chispas divinas. Hasta una fruta. Hasta una semilla. El mundo no es algo para arrasar, sino para reparar.
Las acciones humanas pueden liberar esas chispas o aplastarlas. La elección es ética.

Hoy, esa idea suena casi revolucionaria en un país donde se festeja romper, cerrar, desfinanciar, arrasar, siempre con la excusa de la eficiencia. Como si un árbol diera frutos el día que se planta. Como si una sociedad se construyera sin raíces.

En tiempos modernos, Tu Bishvat se volvió símbolo del sionismo y también de la conciencia ambiental. Plantar árboles fue un gesto político y cultural: volver a habitar la tierra con responsabilidad. En la diáspora, el seder de Tu Bishvat —con frutas, estudio y cuatro copas de vino— sigue recordando que la cultura es ritual, transmisión y espera.

La burrada argentina odia eso. Odia la espera. Odia el proceso. Odia lo que no da ganancia inmediata ni cabe en un slogan. Por eso ataca docentes, científicos, artistas, universidades, bibliotecas, museos. No porque fallen, sino porque incomodan. Porque recuerdan que no todo es instantáneo ni simple.

Tu Bishvat no grita. No cancela. No insulta.
Marca una fecha y dice: esto crece lento.
La burrada grita todo el tiempo y no construye nada.

Tal vez por eso esta festividad, antigua y silenciosa, dice más sobre la Argentina de hoy que mil debates televisivos. Porque frente a la burrada, la cultura no responde con ruido, sino con persistencia. Con raíces. Con árboles que siguen de pie aunque nadie los mire.

Y como enseña Tu Bishvat —aunque muchos no quieran escucharlo— sin tiempo, sin memoria y sin cuidado, no hay fruto posible.