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La Ciudad que Jorge Macri no puede gobernar

Operativo, cámaras y abandono

El problema político para Jorge Macri es que las críticas ya no vienen solamente de la oposición clásica. Empiezan a aparecer desde todos los frentes: libertarios, larretistas, sectores internos del PRO y vecinos históricamente oficialistas. Y cuando eso pasa en la Ciudad de Buenos Aires, históricamente el desgaste suele acelerarse rápido.

Mientras los drones sobrevolaban las villas porteñas, mientras un blindado llamado “Fénix” avanzaba entre pasillos humildes y mientras más de 1.500 policías participaban del megaoperativo “Tormenta Negra”, en miles de departamentos de Palermo, Recoleta, Almagro, Constitución y Caballito la misma pregunta empezaba a repetirse como un eco incómodo: ¿y todo esto recién ahora?

Porque los búnkeres narco no nacieron esta semana. No aparecieron mágicamente el jueves a las ocho de la noche. No fueron construidos en una madrugada por extraterrestres del conurbano. Los vecinos los conocen hace años. Los conocen los taxistas, los repartidores, los comerciantes, los pibes de los barrios y, sobre todo, los conoce la Policía de la Ciudad. La pregunta que se escucha en voz baja, en bares, kioscos y grupos de WhatsApp barriales, es brutal: ¿qué cambió realmente para que ahora sí decidieran entrar?

El Gobierno porteño presentó el operativo como una demostración de autoridad y “pacificación”. Se anunciaron 27 detenidos, cuatro búnkeres clausurados, locales cerrados y toneladas de épica televisiva. Pero el problema político de Jorge Macri ya no se tapa con uniformes negros ni helicópteros sobrevolando Retiro.

Porque cuando un gobierno necesita montar espectáculos de fuerza permanentes, muchas veces lo que intenta ocultar es otra cosa: debilidad.

Y la debilidad de la gestión porteña ya no se puede disimular ni en los barrios históricamente macristas. En Palermo, Recoleta, Belgrano y el corredor norte aparece un fenómeno que hace apenas unos años parecía imposible: vecinos desencantados con el PRO porteño. No por ideología. Por cansancio. Por sensación de abandono. Por la percepción creciente de que la Ciudad funciona cada vez peor pese a manejar uno de los presupuestos más altos de América Latina.

La bronca aparece en detalles mínimos, casi invisibles, pero permanentes. Llamar a una dependencia pública y terminar hablando con bots eternos. Ir a una comuna y encontrar menos personal, menos atención y menos soluciones. Ver contenedores desbordados durante días enteros. Calles rotas. Olores nauseabundos. Veredas destruidas. Trapitos multiplicados. Personas en situación de calle creciendo de manera explosiva mientras el gobierno responde con marketing y operativos televisivos.

La Ciudad de Buenos Aires fue vendida durante casi dos décadas como un modelo de eficiencia moderna. Hoy muchos porteños sienten que viven en una administración automática, fría y deshumanizada, donde la gestión real desapareció detrás de la comunicación política.

El problema para Jorge Macri es que además carga con una sombra muy pesada: la sensación de ser un jefe de Gobierno “prestado”. Para muchísimos porteños sigue siendo el intendente de Vicente López administrando una ciudad que nunca terminó de comprender. No logró construir identidad porteña. No logró liderazgo político propio. No logró enamorar ni siquiera a buena parte del electorado tradicional del PRO.

Y cuando la legitimidad política se empieza a romper, aparecen los operativos grandilocuentes.

Porque también hay una dimensión social profundamente incómoda detrás de estos procedimientos. Muchos de los comercios clausurados, puestos levantados y estructuras destruidas pertenecen a personas que sobreviven en economías informales nacidas de la crisis. No son precisamente financistas de Puerto Madero. Son sectores empujados a la marginalidad en una ciudad donde vivir se volvió obscenamente caro.

Entonces aparece otra pregunta incómoda: ¿la Ciudad combate el delito o administra la pobreza a golpes de operativo?

La contradicción se vuelve más evidente cuando el propio gobierno mantiene deudas con proveedores pequeños, demora pagos y destina millones a eventos, campañas de imagen y espectáculos mientras la infraestructura urbana muestra signos visibles de deterioro.

Buenos Aires empieza a parecer una ciudad partida en dos. Una ciudad que todavía conserva belleza arquitectónica, gastronomía, turismo y capital simbólico, pero cuya administración cotidiana empieza a mostrar fisuras serias. Y esas fisuras ya no están solamente en el sur porteño. Se ven en Microcentro, en Once, en Congreso, en Palermo y hasta en las zonas premium donde el PRO construyó durante años su fortaleza electoral.

El problema más delicado para Jorge Macri no es solamente la inseguridad. Es la pérdida de credibilidad.

Porque cuando un gobierno llega tarde a combatir estructuras criminales que funcionaban a la vista de todos, inevitablemente nace la sospecha social. Y cuando la confianza se rompe, cada operativo deja de parecer una solución para convertirse en una puesta en escena.

La política porteña atraviesa un momento extraño. Por primera vez en mucho tiempo, amplios sectores de la Ciudad empiezan a sentir que Buenos Aires se administra sola, sin conducción clara, sin proyecto urbano y sin alguien verdaderamente presente al volante.

Mientras tanto, entre sirenas, drones y conferencias de prensa, la pregunta sigue flotando en el aire porteño como humedad de otoño:

Si los búnkeres estaban hace años, ¿por qué recién ahora los descubrieron? Respuesta alguien dejo de pagar la mensualidad.

Patricia Bullrich
La senadora libertaria cuestionó directamente la gestión urbana de Jorge Macri después de visitar Santiago de Chile. Dijo que Buenos Aires “no logra avanzar” en limpieza, tránsito, subtes e impuestos, y sugirió que la Ciudad perdió eficiencia y orden.

Rodríguez Larreta
El ex jefe de Gobierno tomó distancia de la gestión actual y dejó trascender críticas por la pérdida de planificación urbana, el deterioro del espacio público y la falta de continuidad en políticas de gestión que habían sido centrales durante su administración.

Andrés La Blunda
El legislador porteño publicó un balance demoledor del primer año de Jorge Macri donde habló de “inacción”, “decadencia” y profundización de los problemas estructurales de la Ciudad. También sostuvo que la gestión quedó subordinada rápidamente al gobierno nacional de Milei.

Sectores de La Libertad Avanza
Desde espacios libertarios vienen criticando a Jorge Macri por mantener “estructuras políticas caras”, exceso de gasto público y falta de reformas profundas en la Ciudad. Lo acusan de representar una continuidad burocrática del viejo PRO.

Mauricio Macri
Aunque evita confrontarlo públicamente de forma brutal, dentro del PRO comenzaron a aparecer críticas internas vinculadas a la pérdida de identidad política del espacio en la Ciudad y el deterioro electoral del oficialismo porteño. Incluso hubo documentos partidarios con cuestionamientos indirectos a la conducción actual.

Legisladores opositores porteños
Diversos sectores de Unión por la Patria vienen señalando un deterioro visible en higiene urbana, atención pública y mantenimiento de infraestructura. También cuestionan el aumento del marketing político frente a la falta de soluciones concretas en barrios porteños.

Referentes sociales y barriales
En distintas comunas se multiplicaron las críticas por reducción de personal, dificultades para acceder a trámites y virtualización excesiva de la atención pública. La queja recurrente es que “la Ciudad se volvió impersonal”.

Dirigentes del peronismo porteño
Acusan a Jorge Macri de gobernar con lógica de marketing y operativos televisivos, mientras aumentan los problemas de vivienda, personas en situación de calle y deterioro del espacio urbano.

Sectores críticos del propio PRO
Algunos dirigentes amarillos vienen planteando que Jorge Macri nunca terminó de construir liderazgo porteño y que sigue siendo visto como “un dirigente de Vicente López administrando Buenos Aires”. Ese ruido interno empezó a crecer tras las caídas en encuestas.

Espacios libertarios y medios afines
Cuestionan especialmente el gasto político, los eventos públicos costosos y la estructura estatal de la Ciudad. También lo acusan de sostener un modelo “viejo” frente al discurso de ajuste y motosierra impulsado por Javier Milei.

La gestión de Jorge Macri empieza a dejar una sensación amarga en una ciudad que alguna vez supo presumir eficiencia y cercanía. Buenos Aires hoy aparece más sucia, más desordenada, más burocrática y más abandonada emocionalmente por un gobierno que parece administrar desde una pantalla y no desde la calle. En los barrios crece la idea de una conducción ausente, desconectada de los problemas cotidianos y refugiada en operativos, anuncios y marketing político mientras la vida urbana se deteriora lentamente. La Ciudad más rica del país convive con veredas destruidas, comunas vaciadas, vecinos sin respuesta y una creciente sensación de decadencia. Y quizás lo más grave para Jorge Macri sea eso: que muchos porteños ya no sienten bronca, sino decepción.