La cuarentena de los excluidos: prostitutas, presos, adictos, villeros y conventillos. Por Lucas Schaerer.

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En la villa del Bajo Flores, rebautizada desde hace meses como “barrio padre Rodolfo Ricciardelli”, uno de los curas encontró en un angosto pasillo a una mujer contagiada de coronavirus. Su pareja huyó para no soportar la cuarentena.

Para el Gobierno, «hay un clima social de aceptación de la cuarentena»
En un hotel familiar de Chacarita, donde se refugian los sin techo, un mes antes, murió un bebé. Entre los excluidos corrió la voz que era por coronavirus, pero nunca se supo: su cuerpo fue cremado.



En el barrio de Constitución, en un conventillo de la calle Brasil y Solís, comparten el baño y la cocina varias familias. Se agrupan por pieza todos juntos con una mujer que volvió en plena cuarentena de España. La mayoría son familias excluidas o laburantes de la economía no registrada, como empleadas domésticas. Al pasar, se lo ve parados en una fila de dos cuadras, esperando para entrar al comedor comunitario Madres de Constitución. En el mismo barrio, en el pasaje Ciudadela, entre Salta y Lima, aparece la policía queriendo penalizar a quienes dan de comer por agrupar a los hambrientos.

En las cárceles el aislamiento es casi total, ni los curas ingresan a verlos. Los detenidos se desesperan por la falta de visitas y la reducción de la comida. El único alivio fue la autorización de llamados. Las autoridades aún no se animan a tomar la misma decisión que en otros países, como Estados Unidos, España o Irán, de liberaciones masivas para los que se encuentran en grupo de riesgo (por la edad, o sus enfermedades) o porque le queda pocos meses para cumplir la condena. En Argentina se habla que la capacidad instalada de los penales está sobrepasada con 20 mil personas.

A las casas con presas domiciliarias, de villas o barrios populares, no llega ningún organismo estatal. La asistencia alimentaria en cuarentena se las garantiza la agrupación «Hombres y Mujeres Libres», que conformaron cooperativas de trabajo, integrantes del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE). Le escribieron sin suerte una carta al Presidente.

Los remises no circulan por los barrios populares ni villas. Ya no se vende ni chipá. Tampoco los cartoneros tienen depósitos para vender lo recolectado. A los trabajadores costureros informales los mandaron a sus casas, sin cobrar el sueldo. Todo está paralizado. La angustia crece. No sólo de comida vive el hombre: ¿cómo compran insumos de limpieza u otras necesidades vitales frente a la pandemia si no trabajan? Hasta los empleados registrados de los comercios están casi excluidos: cobran el sueldo de marzo con reducciones salariales de más del 50% o directamente no les pagaron el porcentaje que reciben por fuera del salario en blanco. Si sos repartidor de las nuevas aplicaciones, como muchos migrantes, en los retenes policiales les piden más que los papales para circular. Muy pocos llegan a la denuncia penal. En uno de los retenes de la colectora de General Paz, pegado a Ciudad de Buenos Aires, un repartidor dijo que le pidieron hasta $1.000 para trabajar.

Frente a la cancha de Huracán, sobre la avenida Amancio Alcorta, hay mujeres esperando prostituyentes, violadores de la cuarentena. La calle está dura, pero aún más para las mujeres y hombres que sobreviven vendiendo su cuerpo al sometimiento sexual. La propia Georgina Orellano, la misma que se asoció con Jimena Barón para publicitar el polémico videoclip «Putas», está convocando a violar la cuarentena obligatoria. AMMAR, Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina, creo un flyer con diez recomendaciones para salir a laburar. La recomendación es brutal: «Para el acto sexual la posición del perrito». No fue la única. Un gobernador se mostró públicamente en un reportaje radial muy preocupado por el cierre de los cabarets. Equipara al delito de la explotación sexual y la trata de personas -como lo establece la ley y los convenios internacionales subscritos Argentina-, con el estatus legal de restaurante o un café.

INICIATIVAS POSITIVAS
Pero entre las historias de excluidos hay iniciativas positivas. Una cooperativa textil realiza donación de barbijos para comedores comunitarios. Se los entregan a los están dejando atrás la calle, las drogas y el delito.

Los curas villeros iniciaron un dispositivo llamado «Hogares de Cristo». Es una integración completa de la persona, porque la falta de trabajo no es el único problema. Son vidas excluidas de casi todo, empezando por la protección o integración social, a través de una familia con trabajo y vivienda.

La textil «San Cayetano», que coordina Pablo Hernández, recibió donaciones de rollos para barbijos por parte del gremio textil AOT. Con indicaciones de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) iniciaron una gran producción, que ya lleva más de 10 mil barbijos donados, con capacidad de seguir produciendo 300 mil. Ya despertaron el interés de compra de sanatorios privados de primer nivel. Ahora sumaron un kit, donde se lleva la protección con la cofia y para el calzado. Su iniciativa llegó a los noticieros de televisión y se difundió tanto en las redes, que los propios vecinos de la textil San Cayetano, en el barrio de Monte Castro, donde antes los ignoraban o los denunciaba porque no los querían cerca, hoy los aplauden. Le pasó a Sebastián, un joven textil, cuando fue a comprar al supermercado chino.

AMMAR
La Unión Ferroviaria y el Ministerio de Transporte vienen analizando la posibilidad de reacondicionar trenes en desuso para consultorios móviles. Sl sindicato ofreció más de 600 vagones. Están a disposición en los talleres de Retiro y Remedio de Escalada. Aún no lo ponen en práctica, pero está por salir.

CONURBANO
Desde el Mercado Central, en la localidad de Tapiales, se abastece a 13 millones de personas del AMBA. Allí el gobierno radical de Raúl Alfonsín instaló 18 pabellones, o naves como dicen allí quienes trabajan, distribuidos en 500 hectáreas. Los directivos del Mercado donan toneladas de comida por día. Pero igualmente, a toda hora, decenas de jóvenes y adultos se meten en los inmensos contenedores de basura para llevarse el descarte de la fruta y verdura. El descartado agarra lo desechado para sobrevivir, el hambre es evidente. Pero allí también llegó el coronavirus: semanas atrás falleció un transportista, uno de los chóferes que viajaba en los 700 camiones que llegan de lunes a viernes de todos los rincones del país. Faltan medidas de protección para los verduleros que ingresan diariamente. Tampoco tienen insumos de protección aquellos trabajadores informales del mercado, como los carreros, quienes limpian los baños o el personal de seguridad que custodia el predio. A ninguno de ellos los asistieron con barbijos ni usan alcohol en gel. Los que sí se cuidan con barbijos caseros, mascarillas de plásticos o guantes, son los puesteros.

EL OPEKA DEL CONURBANO
Puerta de Hierro, en el partido de La Matanza, pasó a la fama nacional por informes de televisión, que describían los viajes en tren hasta la estación Villegas, donde decenas de personas bajaban a comprar paco o cocaína. Esto duró hasta tres años atrás, cuando se montó la primera capilla en una casa muy pequeña, que antes era una cocina de drogas. Desde entonces los avances de la comunidad creyente, junto al padre Nicolás «Tano» Angelotti, llevó a la instalación de centros de salud, jardines infantes, primaria, secundaria hasta un inmenso polideportivo frente a la estación Villegas, donde hoy funciona el centro de logística del Ejército argentino. En colaboración con la parroquia San José, alimenta dos veces al día a más de 5 mil personas. En los últimos tiempos cambió la rutina diaria que dominó a Puerta de Hierro durante años. Pasó de las Tres C (calle, cárcel y cementerio) hoy a las Tres C esperanzadoras (capilla, colegio y club).

El partido bonaerense con más contagios de coronavirus es Moreno. Allí es vital la presencia de otro cura, Joaquín Giangreco, que antes misionó en villas porteñas y en los montes santiagueños. Convocado al Comité de Crisis por parte de la intendenta local, Giangreco propuso una idea para mantener la paz social y evitar circulación de las personas y, por ende, del virus: no concentrar en un solo punto la entrega de alimentos, sino repartir la comida cocinada en las 18 ollas populares ubicadas en distintos puntos del distrito. Allí también está previsto que desembarque el Ejército. Hoy, la Iglesia de la diócesis encabezada por el obispo Fernando Maletti asiste con comida a 100 mil personas.

En Cárcova, partido de San Martín, las barriadas populares son las más numerosas del conurbano bonaerense. La parroquia Don Bosco, el salesiano que apuntaló a los niños con el deporte, el oratorio y los exploradores, tiene al cura villero más conocido del país: el padre José «Pepe» Di Paola. El padre Pepe trabaja acompañado por Eduardo Drabble, y un grupo de laicos. No paran en el medio de la pandemia. Es más, su trabajo se multiplicó por la comida, la asistencia a los abuelos, la clasificación de ropa, la desinfección de veredas, cordones y lugares de tránsito de los barrios. Allí también hace días que cuentan con el respaldo del Ejército.

El párate total de la economía informal es lo que más angustia. El presidente Alberto Fernández lo sabe porque se lo dijeron los curas villeros en Olivos. Ese grupo, encabezado por el bergogliano obispo Gustavo Carrara, y el otro que forman los Curas de Opción por los Pobres, de similares características, pero más crítico en sus declaraciones o documentos, se lo dijeron a Alberto Fernández. Todos ellos expresaron su preocupación por la situación. Las fotos en la quinta presidencial sirvieron para destrabar el trabajo con los intendentes, recelosos de delegar la ayuda en las capillas. Los intendentes creen que les quitan capital político, pero el Presidente sabe que los curas y capillas son la organización territorial no electoral más activa (24×7).

Fernández sabe que para atravesar la crisis del coronavirus necesita de acciones materiales y espirituales. Será por eso, que ahora termina sus mensajes con el lema del Papa «recen por mí».

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