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La ESI es una red de cuidado que salva vidas

Opinión | Palermonline

La Educación Sexual Integral volvió a quedar en el centro de la discusión pública después de que la vicejefa de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Clara Muzzio, como ignorante calificara a la ESI como una “trampa mortal”, la vinculara con la llamada “ideología de género” y sugiriera que su enseñanza tendría relación con la caída de la natalidad. La frase no pasó inadvertida porque no fue dicha por una comentarista de sobremesa, sino por una autoridad política de la Ciudad, donde la ESI es ley, obligación educativa y herramienta concreta de protección de derechos.

Conviene empezar por lo básico, porque muchas veces la polémica nace de discutir fantasmas. La ESI no es una clase para “sexualizar” chicos, ni una bajada partidaria, ni una invitación a reemplazar a las familias. La Ley Nacional 26.150, sancionada en 2006, establece que todos los estudiantes tienen derecho a recibir educación sexual integral en escuelas públicas y privadas, y define esa educación como aquella que articula aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos. No es una ocurrencia nueva ni una moda importada: es una política pública argentina con veinte años de marco legal.

En la Ciudad de Buenos Aires, además, rige la Ley 2.110, también de 2006, que establece la enseñanza de Educación Sexual Integral en todos los niveles obligatorios, tanto en instituciones estatales como privadas, y en la formación docente. La propia norma porteña habla de información científica, precisa, actualizada y adecuada a cada etapa de desarrollo, y fija como principio el rechazo a toda práctica sexual coercitiva, explotadora, abusiva o violenta. Es decir: la ESI en CABA no es un capricho militante, es ley de la Ciudad.

Lo que enseña la ESI depende de la edad. En nivel inicial no se enseña lo mismo que en secundaria, como tampoco se enseña matemática del mismo modo en salita de cinco que en quinto año. En los primeros años se trabaja el reconocimiento del propio cuerpo, la intimidad, el respeto por los límites, la diferencia entre secretos buenos y secretos que lastiman, la posibilidad de pedir ayuda y la idea elemental —pero revolucionaria— de que nadie tiene derecho a tocar el cuerpo de un niño o una niña. Parece obvio, pero en la vida real lo obvio muchas veces llega tarde.

En primaria se incorporan contenidos sobre los cambios corporales, el cuidado de la salud, la convivencia, la igualdad entre varones y mujeres, el respeto por las diferencias, los vínculos, los afectos, la prevención del abuso y la capacidad de decir “no”. En secundaria se suman temas vinculados con derechos, consentimiento, métodos anticonceptivos, prevención de infecciones de transmisión sexual, violencia en los noviazgos, discriminación, masculinidades, maternidad y paternidad responsables, redes sociales y construcción de proyectos de vida. La ESI no reemplaza a la familia: ayuda a que la escuela no mire para otro lado cuando hay violencia, miedo, abuso o desinformación.

La evidencia más fuerte, en la Ciudad, no viene de un paper extranjero ni de un discurso universitario: viene del Ministerio Público Tutelar porteño. En 2020, el organismo informó que entre el 70% y el 80% de los niños, niñas y adolescentes de 12 a 14 años que pasaron por su Sala de Entrevistas Especializada pudieron comprender que habían sido abusados después de recibir clases de ESI. La entonces asesora general tutelar, Yael Bendel, explicó que la ESI les dio información para entender que eran víctimas y, además, abrió un espacio de confianza en la escuela para poder contarlo.

Ese dato debería cerrar muchas discusiones. Cuando una clase permite que una criatura pueda ponerle nombre a lo que le hicieron, cuando una maestra se transforma en la primera adulta confiable para escuchar una situación de abuso, cuando una escuela deja de ser solamente pizarrón y boletín para convertirse en refugio, estamos hablando de una política que salva vidas. No en sentido metafórico, no como slogan de campaña, sino en el sentido más crudo y concreto: la ESI puede cortar el silencio que protege al abusador.

También hay evidencia internacional. La Organización Mundial de la Salud sostiene que la educación sexual integral de calidad, bien implementada, puede retrasar el inicio sexual, reducir conductas de riesgo y aumentar el uso de métodos anticonceptivos, y aclara un punto central frente a los discursos del miedo: la ESI no aumenta la actividad sexual ni adelanta el inicio de las relaciones. La UNESCO, por su parte, recomienda programas de educación sexual integral basados en evidencia, con contenidos adecuados a la edad, enmarcados en derechos humanos, salud, igualdad y bienestar.


Por eso resulta peligroso presentar la ESI como enemiga de la infancia. Lo que daña a la infancia no es saber cómo se llama una parte del cuerpo, sino no poder nombrarla cuando alguien la vulnera. Lo que destruye no es hablar de consentimiento, sino crecer creyendo que obedecer siempre es una virtud, incluso cuando un adulto cruza un límite. Lo que enferma no es enseñar respeto por la diversidad, sino criar generaciones enteras bajo la vergüenza, el secreto, la violencia o el miedo a preguntar.

La discusión sobre la natalidad merece ser tomada en serio, pero no usada como garrote moral contra la escuela. Que en la Ciudad nazcan menos chicos no se explica con una clase de ESI, sino con un conjunto enorme de factores sociales, económicos, laborales, habitacionales y culturales. Para formar familias no alcanza con sermonear adolescentes: hacen falta salarios, vivienda, estabilidad, tiempo, cuidado, salud, comunidad y futuro. Culpar a la ESI por la baja natalidad es como culpar al termómetro por la fiebre.

La escuela no puede educar sola, pero tampoco puede ser muda. Durante demasiado tiempo, los temas del cuerpo, el deseo, los límites y la violencia quedaron encerrados en el “de eso no se habla”. Y cuando de eso no se habla, hablan otros: habla internet sin filtro, habla el abusador, habla el prejuicio, habla la pornografía como escuela clandestina, habla la calle. La ESI viene a poner adultos, ciencia, ley, pedagogía y cuidado donde antes había silencio. Vieja y noble función de la educación: sacar a los chicos de la oscuridad.

Defender la ESI no significa creer que todo se hace perfecto. La implementación puede y debe mejorar; hay escuelas donde falta capacitación, materiales, continuidad, equipos, acompañamiento a docentes y diálogo con las familias. Pero una política pública no se destruye porque tenga deudas: se la mejora. Si una ambulancia llega tarde, uno no pide cerrar el hospital; exige más médicos, más recursos y mejor organización. Con la ESI pasa lo mismo.

La verdadera pregunta no es si la ESI incomoda a algunos adultos. Claro que incomoda. Toda educación seria incomoda un poco porque mueve creencias, ordena el caos y obliga a mirar lo que preferíamos esconder bajo la alfombra. La pregunta honesta es otra: ¿queremos chicos con herramientas para cuidarse, pedir ayuda y respetar a los demás, o queremos chicos desinformados, silenciosos y solos frente a los abusos?

En una Ciudad que se dice moderna, global y educada, llamar “trampa mortal” a una herramienta que ayudó a niños y niñas a contar abusos es, como mínimo, una irresponsabilidad. La ESI no mata la infancia. La protege. No reemplaza a la familia. La acompaña. No destruye valores. Enseña uno básico, antiguo y fundamental: nadie debe ser dueño del cuerpo de otro.

La ESI no es el problema. El problema es el silencio. Y el silencio, cuando hay abuso, nunca es neutral: siempre juega para el más fuerte.

Fuentes consultadas: Ley Nacional 26.150 de Educación Sexual Integral; Ley 2.110 de Educación Sexual Integral de la Ciudad de Buenos Aires; Ministerio Público Tutelar de CABA; Organización Mundial de la Salud; UNESCO.