En pleno corazón del casco histórico porteño, donde todavía resisten las sombras largas del Buenos Aires colonial, se abrió una pelea que mezcla patrimonio, religión, negocios inmobiliarios y memoria urbana. La construcción de un megatemplo de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días —conocidos popularmente como mormones— quedó bajo fuego luego de que un dictamen oficial desaconsejara avanzar con la obra por considerarla “incompatible con la preservación” del histórico conjunto de Santa Catalina de Siena.
Y la verdad es que el debate no es menor. Porque no se trata solamente de levantar un edificio más. Se trata de meter una mole de casi 36 metros de altura, oficinas, estacionamientos subterráneos y miles de metros cuadrados construidos al lado de uno de los rincones más antiguos y delicados de la Ciudad de Buenos Aires. Un lugar donde todavía sobreviven paredes del siglo XVIII, antiguos claustros, huertas coloniales y hasta restos arqueológicos de viejos cementerios conventuales.
Santa Catalina: un pedazo del Virreinato atrapado en el microcentro
La Iglesia y Monasterio de Santa Catalina de Siena no son un decorado turístico. Son parte viva de la historia porteña. Las obras comenzaron en 1738 y el complejo abrió en 1745, cuando Buenos Aires todavía ni siquiera era capital del Virreinato del Río de la Plata.
Mientras hoy alrededor rugen colectivos, motos y oficinas financieras, detrás de esos muros todavía se respira otra velocidad. Ahí funcionó el primer monasterio femenino de Buenos Aires. Ahí se refugiaron religiosas durante invasiones, epidemias y guerras. Ahí hubo camposantos coloniales. Ahí crecieron árboles centenarios mientras la ciudad se convertía lentamente en una jungla de cemento.
Por eso el complejo fue declarado Monumento Histórico Nacional y forma parte de un Área de Protección Histórica. No es un detalle administrativo. Es una advertencia: ciertos lugares no deberían tocarse como si fueran un lote cualquiera.
El dictamen que encendió la alarma
La Subcomisión de Patrimonio de la Comisión Nacional de Monumentos fue contundente. El informe oficial sostuvo que la construcción proyectada generaría “riesgos estructurales graves”, daño arqueológico, alteraciones del microclima e impacto visual negativo sobre el monasterio.
Además, el documento remarca algo clave: la obra rompería la “lectura histórica, simbólica y estética” del conjunto.
Traducido al castellano porteño: te meten una mole moderna al lado de una joya colonial y destruyen la armonía urbana que sobrevivió casi tres siglos.
El problema ya dejó de ser teórico. En los últimos días aparecieron rajaduras en sectores del convento y la iglesia, en medio de obras de peatonalización cercanas, aumentando el temor sobre cómo podrían afectar excavaciones todavía más agresivas.
¿Quiénes son los mormones?
La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días nació en Estados Unidos durante el siglo XIX, fundada por Joseph Smith en 1830. Su centro espiritual sigue estando en Salt Lake City, Utah.
Los mormones tienen presencia en Argentina desde hace décadas y cuentan con templos en Ezeiza, Córdoba, Mendoza, Salta y Bahía Blanca. Según datos de la propia organización, poseen más de 500.000 miembros en el país.
Pero acá aparece el choque cultural que muchos vecinos y especialistas remarcan: una cosa es la libertad de culto —que nadie discute— y otra muy distinta es insertar una arquitectura monumental importada del imaginario religioso norteamericano en el corazón más antiguo de Buenos Aires.
Porque el problema no es solamente religioso. También es urbano, histórico y simbólico.
Buenos Aires tiene cúpulas italianizantes, conventos coloniales, art decó, academicismo francés, racionalismo, conventillos y bares de estaño. Tiene una identidad construida a golpes de inmigración, criollismo y melancolía rioplatense. Y en medio de ese ADN aparece un megaproyecto gigantesco pensado desde Utah, con lógica corporativa global, como si San Nicolás fuera un barrio genérico del planeta.
La ciudad como negocio eterno
La discusión también expone otra enfermedad vieja de Buenos Aires: la tensión entre patrimonio y negocio inmobiliario.
Desde hace años, organizaciones como Basta de Demoler vienen denunciando que el microcentro pierde edificios históricos mientras crecen proyectos cada vez más agresivos.
Y el caso Santa Catalina pega especialmente porque el monasterio sobrevivió invasiones inglesas, crisis económicas, dictaduras, demoliciones salvajes y décadas de abandono estatal. Pero ahora podría quedar aplastado visualmente por una estructura monumental que parece salida de un suburbio financiero norteamericano.
Hasta voces políticas muy distintas coincidieron en que el proyecto resulta desproporcionado para esa manzana histórica.
Santa Catalina y el choque contra el megatemplo mormón: patrimonio, fe y una discusión que divide a Buenos Aires
La Iglesia y Monasterio de Santa Catalina de Siena no es solamente una iglesia antigua del microcentro porteño. Es uno de los últimos pedazos intactos del Buenos Aires colonial que sobrevivió a incendios, especulación inmobiliaria, demoliciones y gobiernos de todos los colores. Mientras alrededor crecieron torres vidriadas, bancos y oficinas financieras, Santa Catalina quedó ahí, resistiendo como una isla barroca atrapada entre bocinazos y cemento.
El conjunto comenzó a construirse en 1738 y fue inaugurado oficialmente en 1745. Su diseño original estuvo ligado a los arquitectos jesuitas Andrés Blanqui y Juan Bautista Prímoli, dos nombres fundamentales de la arquitectura colonial rioplatense. Blanqui, de hecho, participó en varias de las obras religiosas más importantes del Virreinato, dejando una huella arquitectónica profundamente ligada a la identidad histórica de Buenos Aires.
La iglesia fue dedicada a Santa Catalina de Siena, la mística italiana del siglo XIV conocida por su vida austera, su defensa de la fe y sus cartas incendiarias dirigidas a los poderosos de su tiempo. Catalina no era precisamente una santa “decorativa”. Se enfrentaba a políticos, obispos y elites cuando consideraba que estaban corrompiendo el espíritu cristiano. Hay una ironía casi literaria en todo esto: hoy su monasterio vuelve a quedar rodeado de poder, dinero y disputas urbanas.
El monasterio funcionó durante siglos como espacio de clausura para monjas dominicas. Allí se preservaron documentos, reliquias, huertas y hasta enterratorios coloniales. Por eso el lugar tiene valor arqueológico, histórico, espiritual y urbano al mismo tiempo. No es solamente una iglesia “linda”. Es un fragmento vivo de una ciudad que ya casi desapareció.
Y ahí aparece el conflicto.
El megaproyecto mormón plantea levantar una estructura gigantesca, moderna y completamente ajena al lenguaje arquitectónico del entorno histórico. Los críticos hablan de una construcción monumental, fría y desproporcionada, con una estética cercana al brutalismo contemporáneo y al gigantismo corporativo norteamericano. El problema no es solamente estético. También es técnico y patrimonial.
Especialistas advirtieron que las excavaciones profundas y el peso estructural podrían afectar un suelo extremadamente sensible desde el punto de vista arqueológico. En una zona donde existen túneles antiguos, enterratorios históricos y construcciones coloniales con más de 280 años, cualquier vibración, excavación o modificación del subsuelo genera preocupación real.
Pero además hay algo simbólico que muchos vecinos no toleran: la sensación de que una lógica importada desde Estados Unidos pretende imponerse sobre uno de los rincones más delicados de la identidad porteña.
Los mormones, oficialmente llamados Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, nacieron en 1830 en Estados Unidos bajo el liderazgo de Joseph Smith. Su desarrollo arquitectónico y cultural tiene raíces completamente distintas a las del catolicismo colonial rioplatense. Sus templos suelen construirse como grandes complejos ceremoniales, aislados del tejido urbano tradicional y pensados para generar impacto visual.
Y ahí está la pregunta que sobrevuela toda la polémica: si realmente buscan un espacio espiritual y religioso, ¿por qué insistir justamente en una manzana histórica extremadamente sensible? ¿Por qué no desarrollar un templo en otro sector de la ciudad donde no exista riesgo patrimonial ni choque arquitectónico?
Porque nadie discute la libertad religiosa. Buenos Aires siempre fue una ciudad donde convivieron iglesias católicas, sinagogas, templos evangélicos, mezquitas y comunidades inmigrantes de todo tipo. El problema aparece cuando el avance inmobiliario empieza a borrar la memoria urbana.
Muchos arquitectos sostienen que una ciudad pierde el alma cuando deja de respetar sus escalas históricas. Y Santa Catalina tiene precisamente eso: escala humana, silencio, sombra colonial y memoria porteña. Meter una estructura monumental al lado es, para muchos, como estacionar un crucero en medio de Plaza Dorrego.
La discusión ya dejó de ser solamente religiosa. Ahora es una batalla sobre qué tipo de ciudad quiere ser Buenos Aires. Una ciudad que preserve sus heridas, sus conventos y sus capas históricas. O una ciudad donde todo termina subordinado al hormigón, al negocio y a proyectos gigantescos que podrían construirse perfectamente en otro lugar.
Una pelea que recién empieza
Aunque la Justicia permitió reactivar el trámite administrativo, la batalla está lejos de terminar. ONG patrimonialistas anunciaron nuevas apelaciones y el dictamen oficial sumó presión sobre el Gobierno porteño.
Mientras tanto, Santa Catalina sigue ahí, silenciosa entre oficinas, bancos y ejecutivos apurados. Un rincón donde todavía parece escucharse el eco del Buenos Aires virreinal.
Y quizá esa sea la verdadera pregunta de fondo: si una ciudad pierde sus símbolos más antiguos por proyectos gigantescos pensados desde afuera, ¿qué queda después además del negocio inmobiliario y el hormigón?
