En la vereda de Honduras al 5800, en pleno Palermo, hay un árbol que invita a detenerse y mirar hacia abajo. No por sus flores ni por su copa, sino por sus impresionantes raíces. Este palo borracho (Ceiba speciosa) todavía es un ejemplar relativamente joven, pero su base ya supera ampliamente el metro de diámetro y forma un verdadero relieve natural que emerge entre la tierra y la vereda.
Quienes recorren Palermo buscando árboles singulares encuentran aquí una verdadera joya botánica. Las raíces gruesas, retorcidas y parcialmente expuestas muestran la enorme fuerza con la que esta especie se afirma en el suelo mientras desarrolla el característico tronco ensanchado que le dio su popular nombre de «palo borracho».
Originario del noreste argentino, Paraguay y el sur de Brasil, el palo borracho almacena agua en su tronco para resistir los períodos de sequía. En ejemplares jóvenes, la corteza suele ser verde y con espinas cónicas; con los años, el tronco pierde parte de esas espinas, se vuelve más rugoso y alcanza dimensiones monumentales. En Buenos Aires es uno de los árboles ornamentales más emblemáticos y puede superar los 20 metros de altura.
Palermo, tierra de gigantes vegetales
Este ejemplar de Honduras al 5800 todavía tiene mucho por crecer. Su copa ya se desarrolla muy por encima de los edificios bajos de la cuadra y promete convertirse, con el paso de las décadas, en uno de esos árboles que terminan definiendo la identidad de una calle.
Los vecinos más memoriosos recuerdan otro gigante del barrio: el histórico palo borracho de Araoz al 2330, que alcanzaba una altura cercana a un edificio de cuatro pisos. Formaba parte del jardín de una antigua casona vinculada a un exministro del gobierno de Juan Domingo Perón. Con el tiempo el terreno fue parcialmente reemplazado por un edificio, aunque la vieja casa sobrevivió sobre la calle Charcas como testimonio de otra época del barrio.

Un atractivo para el turismo botánico
Cada vez más visitantes recorren Palermo siguiendo circuitos de árboles notables. Jacarandás, gomeros centenarios, tipas, ibirá pitás, ombúes y palos borrachos convierten al barrio en un auténtico museo al aire libre.

A veces el espectáculo no está en las flores ni en la altura. Está, como ocurre en Honduras al 5800, en unas raíces gigantescas que parecen esculturas naturales y recuerdan que, debajo de cada árbol, existe un mundo tan fascinante como el que se eleva hacia el cielo.

