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Lev Vygotsky y la generación de los huérfanos: imprescindible en la era de la inteligencia artificial

Cuando se habla de Lev Vygotsky (1896-1934), muchos recuerdan conceptos como la «zona de desarrollo próximo» o el aprendizaje social. Sin embargo, detrás de esas teorías existió una tragedia humana gigantesca: la Rusia surgida de la Primera Guerra Mundial, la Revolución de 1917, la Guerra Civil y las hambrunas estaba llena de millones de niños huérfanos, abandonados o viviendo en la calle.

Las estimaciones históricas indican que durante la década de 1920 la Unión Soviética llegó a tener entre cuatro y siete millones de niños sin cuidados familiares estables. Eran conocidos como los besprizorniki, chicos que sobrevivían en estaciones ferroviarias, mercados, fábricas abandonadas y ciudades devastadas.

Vygotsky no diseñó un sistema de orfanatos por edades como una tabla rígida. Su aporte fue mucho más profundo: desarrolló una teoría para reconstruir a esos niños mediante la educación, la comunidad, el trabajo cooperativo y el lenguaje. Su idea central era que ningún niño estaba condenado por su origen, por la pobreza o por las pérdidas sufridas.

De 0 a 3 años: el vínculo humano como base

Para los más pequeños, Vygotsky consideraba fundamental la interacción afectiva con adultos estables. El desarrollo del lenguaje comenzaba mucho antes de las primeras palabras. Miradas, gestos, juegos simples y rutinas cotidianas construían las bases del pensamiento futuro.

Su enfoque rechazaba la crianza mecánica. Un bebé necesitaba contacto humano permanente para desarrollar sus capacidades cognitivas y emocionales.

De 3 a 6 años: el juego como escuela

En la etapa preescolar el juego ocupaba el centro de la formación. Para Vygotsky, cuando un niño juega a ser médico, maestro o constructor está ensayando los comportamientos sociales del mundo adulto.

Los hogares infantiles y jardines soviéticos impulsaban actividades grupales donde los niños aprendían a cooperar, compartir reglas y desarrollar imaginación.

De 6 a 9 años: alfabetización y comunidad

La escuela primaria tenía una misión estratégica: enseñar a leer, escribir y calcular, pero también integrar a los niños en una comunidad organizada.

La alfabetización era vista como una herramienta de emancipación. Aprender a leer significaba acceder a la cultura, a la ciencia y a la participación social.

De 9 a 11 años: aprender con otros

Aquí aparece una de las contribuciones más famosas de Vygotsky. Los chicos no aprendían solos sino con la ayuda de compañeros más avanzados y de adultos.

Lo que hoy parece imposible hacer solo podía lograrse mediante cooperación. Mañana, esa misma tarea sería realizada de manera independiente.

De 11 a 13 años: pensamiento y responsabilidad

La preadolescencia era considerada una etapa de transición hacia formas más complejas de razonamiento.

Los alumnos comenzaban a participar en proyectos colectivos, talleres y actividades productivas donde debían asumir responsabilidades concretas dentro del grupo.

De 13 a 15 años: formación técnica y social

Muchos jóvenes soviéticos recibían capacitación en oficios, agricultura, industria y actividades científicas básicas.

Vygotsky sostenía que el conocimiento debía estar conectado con la realidad. La educación no podía separarse del trabajo, la cultura y la vida social.

De 15 a 17 años: identidad y proyecto de vida

Durante la adolescencia avanzada surgía la construcción consciente de la personalidad.

Los jóvenes eran estimulados para reflexionar sobre su futuro, sus capacidades y su papel en la sociedad. La educación debía ayudarlos a transformarse en ciudadanos activos.

De 17 a 20 años: integración plena

La meta final era que esos huérfanos dejaran de ser víctimas de la historia para convertirse en protagonistas de ella.

Universidades, institutos técnicos, escuelas superiores y centros de formación profesional buscaban incorporar a una generación que había nacido entre guerras, hambre y abandono.

El legado que cambió la educación mundial

Vygotsky murió joven, a los 37 años, víctima de tuberculosis. Sin embargo, dejó una idea revolucionaria: la inteligencia no se desarrolla en soledad. Surge en el encuentro con otros seres humanos.

Frente a millones de huérfanos, no propuso castigos ni encierros. Propuso educación, lenguaje, comunidad y cultura. Creía que incluso el niño más golpeado por la vida podía crecer si encontraba adultos capaces de acompañarlo.

Su mensaje sigue vigente un siglo después. Allí donde muchos veían niños perdidos, Vygotsky veía potencial. Donde otros observaban carencias, él observaba posibilidades. Y donde el mundo veía una generación destruida por la guerra, él imaginó una generación capaz de reconstruir una nación entera mediante la educación.

Vygotsky en la Argentina: por qué sigue siendo imprescindible en la era de la inteligencia artificial

Las ideas de Lev Vygotsky llegaron con fuerza a la Argentina durante las décadas de 1980 y 1990, cuando las facultades de Psicología y Ciencias de la Educación comenzaron a estudiar en profundidad sus trabajos sobre el aprendizaje, el lenguaje y el desarrollo cognitivo. Investigadores y pedagogos como Emilia Ferreiro, Ana María Kaufman, Delia Lerner, Juan Ignacio Pozo —aunque español, de enorme influencia en América Latina— y numerosos equipos de universidades nacionales incorporaron muchos de sus conceptos al debate educativo contemporáneo.

Lo notable es que Vygotsky logró trascender las disputas ideológicas de su tiempo. Aunque vivió en la Unión Soviética y desarrolló su obra en ese contexto histórico, sus investigaciones no fueron valoradas por razones políticas sino por su extraordinaria capacidad para explicar cómo aprenden los seres humanos. Su trabajo es estudiado hoy en universidades de Estados Unidos, Europa, Japón, América Latina y prácticamente todo el mundo.

Su principal enseñanza es que la inteligencia no se construye en soledad. El aprendizaje surge del encuentro con otros, del diálogo, de la cultura, del lenguaje y de la experiencia compartida. Un niño aprende mejor cuando un adulto o un compañero más avanzado lo ayuda a dar un paso que todavía no puede dar por sí mismo. Esa idea, conocida como Zona de Desarrollo Próximo, revolucionó la pedagogía moderna.

Frente a la irrupción de la inteligencia artificial, las ideas de Vygotsky adquieren una vigencia sorprendente. Las máquinas pueden responder preguntas, redactar textos y procesar información a velocidades extraordinarias. Sin embargo, siguen sin reemplazar aquello que para Vygotsky constituye el corazón de la educación: la construcción de sentido, la transmisión cultural, la empatía, el acompañamiento humano y la formación del carácter.

La escuela del siglo XXI enfrenta un desafío inédito. Ya no alcanza con transmitir datos que cualquier estudiante puede encontrar en segundos mediante una aplicación. La tarea del docente pasa a ser la de orientar, contextualizar, estimular el pensamiento crítico, enseñar a distinguir la verdad de la mentira y ayudar a los alumnos a formular mejores preguntas.

Si Vygotsky viviera hoy probablemente diría que la inteligencia artificial es una nueva herramienta cultural, tan importante como en su momento lo fueron el libro, la imprenta, la radio o Internet. Pero también advertiría que ninguna tecnología puede reemplazar completamente la relación humana que permite aprender, crecer y desarrollarse.

Por eso, a casi un siglo de su muerte, Lev Vygotsky sigue hablando a los educadores del presente. En un mundo cada vez más dominado por algoritmos, recuerda una verdad elemental: las personas aprenden de las personas. Y detrás de cada gran avance tecnológico seguirá siendo necesaria la figura de un maestro capaz de despertar la curiosidad, la imaginación y el deseo de comprender el mundo.

Los libros que ayudaron a descubrir al verdadero Vygotsky

Una parte importante de esta investigación sobre Lev Semiónovich Vygotsky se apoya en dos obras hoy difíciles de conseguir pero fundamentales para comprender la verdadera dimensión intelectual del psicólogo ruso: El desarrollo cultural del niño y otros textos inéditos y La genialidad y otros textos inéditos, publicados por la Editorial Almagesto dentro de su Colección Inéditos y editados cuidadosamente por el psicólogo e investigador argentino Guillermo Blanck.

Estos volúmenes constituyeron un acontecimiento académico para el mundo hispanohablante. Como explica el propio Blanck en el prefacio titulado El verdadero Vygotsky, gran parte de la obra del autor soviético permanecía dispersa en archivos rusos y fuera del alcance de investigadores, docentes y estudiantes. Muchos de los textos reunidos en estas ediciones no sólo eran inéditos en castellano, sino que en algunos casos se publicaban por segunda vez en el mundo desde sus primeras ediciones soviéticas de las décadas de 1920 y 1930.

Blanck sostiene que Vygotsky había sido parcialmente conocido a través de traducciones incompletas, adaptadas o reescritas, y que todavía faltaba acceder a una visión más amplia de su pensamiento. Por eso estas recopilaciones buscaron presentar no solamente al pedagogo, sino también al crítico literario, al estudioso del arte, al neuropsicólogo, al investigador de la creatividad, al analista de los procesos sociales y al intelectual que reflexionó sobre los grandes movimientos políticos y culturales del siglo XX.

El primer volumen, además de contar con una introducción del prestigioso psicólogo estadounidense Jerome Bruner, reúne trabajos fundamentales como El problema del desarrollo cultural del niño, Primera tesis sobre el método instrumental en psicología, El voluntarismo, La ley biogenética en psicología y pedagogía, El problema de la psicología de la creatividad del actor, una recensión de Diez días que conmovieron al mundo de John Reed y el ensayo El fascismo y la psicología. Allí aparece un Vygotsky preocupado por la educación, pero también por la cultura, la política y la transformación social.

El segundo volumen amplía aún más el horizonte. Textos como La genialidad, El papel del ambiente en el desarrollo del niño, El pensamiento, El pensamiento en la esquizofrenia, El conductismo, La modificación socialista del hombre y diversos trabajos de crítica literaria muestran a un autor que se movía con naturalidad entre la psicología, la filosofía, la medicina, la literatura y las ciencias sociales.

Las páginas introductorias de Guillermo Blanck tienen además un valor histórico singular. Allí recuerda que Vygotsky terminó convirtiéndose en uno de los psicólogos más leídos de finales del siglo XX y rescata aspectos poco conocidos de su vida personal, su estilo de escritura y hasta detalles biográficos reconstruidos a partir de documentos familiares y archivos soviéticos. El resultado es una aproximación rigurosa y profundamente humana a una figura cuya influencia sigue creciendo en el siglo XXI.

A más de noventa años de su muerte, estas ediciones de Almagesto continúan siendo una referencia indispensable para quienes desean acercarse no sólo al Vygotsky de los manuales pedagógicos, sino al pensador completo. Un intelectual que estudió el lenguaje, la creatividad, la inteligencia, el arte, la educación y la cultura con una amplitud que hoy, en tiempos de inteligencia artificial y cambios acelerados, vuelve a adquirir una sorprendente actualidad.