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Los consorcios en jaque: se exige un examen de idoneidad para los administradores

Los consorcios en jaque: se exige un examen de idoneidad para los administradores, pero el cáncer está en los de siempre

Una medida celebrada como progreso —el examen obligatorio para ser administrador de consorcios— intenta sanear un sistema que desde hace décadas está podrido. Mientras se exige “idoneidad” a los nuevos, los viejos zorros siguen comiendo gallinas sin que nadie los moleste. Un parche más en la gran telaraña de corrupción, donde el problema no es la norma, sino la voluntad política de aplicarla.


Buenos Aires, 22 de abril de 2025 – El Registro Público de Administradores de la Ciudad lanzó con bombos y platillos una medida que, en apariencia, busca profesionalizar una actividad tristemente célebre por sus manejos turbios: desde este año, quienes deseen ejercer como administradores de consorcios deberán rendir y aprobar un examen de idoneidad.

La medida, si bien suena auspiciosa, peca de inocente en su alcance real. No por falta de intención, sino por un diagnóstico tibio: el problema no son los nuevos que intentan entrar, sino los de siempre que están adentro hace décadas, haciendo y deshaciendo a gusto y piacere. Administradores de la vieja escuela, que hace rato deberían estar frente a un tribunal en vez de una asamblea de vecinos.

Los números del debut del examen son optimistas: de 84 inscriptos, se presentaron 68 y aprobaron 58, es decir, un 85%. Pero el verdadero examen —el que no se toma en aulas, sino en edificios— lo sigue suspendiendo el Estado. Porque la sobrefacturación, los contratos truchos, los “cargos de gestión” sin justificación, las obras eternas, las expensas infladas y las coimas disfrazadas de honorarios siguen ahí, como gotera que nadie quiere arreglar.

“El objetivo es elevar el estándar de la actividad”, dijeron desde el Gobierno porteño. Buen intento, pero mientras los organismos de control funcionen como floreros, la película será la misma: administradores eternizados, vecinos hartos y un manto de impunidad que no se saca con cursitos ni manuales de buenas prácticas.

Desde Defensa y Protección al Consumidor elaboraron un manual para que los vecinos puedan controlar a sus administradores. Loable, pero insuficiente: controlar a un ladrón con una fotocopia es como defenderse de un cuchillo con una servilleta.

La actividad consorcial genera denuncias a montones: es el segundo rubro más reportado por los vecinos de la Ciudad. Sin embargo, el nivel de sanciones firmes aplicadas es ridículo. No porque falten denuncias, sino porque sobran excusas. El Ejecutivo regula poco y el Legislativo no legisla nada. Nadie quiere mover el avispero.

La disposición incluye también exigencias como presentar un certificado de reincidencia criminal y otro de juicios universales. Buenas intenciones, pero, otra vez, fallas de base: los zorros ya instalados en el gallinero ni siquiera tienen que mostrar las uñas. ¿Quién les exige un examen retroactivo? ¿Quién revisa sus balances? ¿Quién audita sus relaciones con proveedores de confianza dudosa?

El secretario de Gobierno, César Torres, afirmó: “Queremos administradores idóneos y transparentes de cara a los vecinos”. Lo que no dijo es cómo se va a limpiar el barro del pasado. Porque los consorcios no se manejan con transparencia, sino con apretadas, con asambleas truchas, con votos comprados, y con el desgano generalizado de copropietarios que no se involucran hasta que les llega una expensa con olor a choreo.

Se anunció también la entrega obligatoria del reglamento de copropiedad y la disponibilidad digital de todos los comprobantes de pago. Sí, el papel todo lo aguanta. Pero mientras los consorcios sigan siendo republiquetas independientes, donde cada administrador es el virrey de su edificio, el control será cosmético.

¿Y entonces?
La pregunta es la de siempre: ¿quién cuida al cuidador? ¿Quién audita a los auditores? ¿Quién se anima a tocar a los viejos dinosaurios que viven del curro consorcial hace décadas? Si el Estado no pone la lupa donde duele, el nuevo examen será apenas un trámite más, un guiño a la tribuna, una medida para el archivo.

Porque el problema no es lo que se hace ahora. El problema es todo lo que nunca se quiso hacer antes.


¿Te robaron con una obra? ¿Pagás fortunas sin saber a quién? ¿Querés contar tu historia con tu consorcio?