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Los mateos: Cada carruaje tenía su personalidad.

Los mateos fueron, durante décadas, una de las postales más queridas de Buenos Aires. A finales del siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad estaba repleta de coches de plaza: más de cuatro mil setecientos carruajes recorrían las calles llevando pasajeros desde estaciones de tren, puertos, mercados y plazas centrales. Estos vehículos, en su mayoría “victorias”, eran tirados por un solo caballo y conducidos por cocheros que conocían cada rincón del casco urbano. La ordenanza de 1866 reguló su actividad y les dio un marco legal en una ciudad que estaba creciendo a toda velocidad.

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El nombre “mateo” surgió en 1923, cuando Armando Discépolo estrenó su obra teatral homónima: el caballo del protagonista se llamaba Mateo, y el público porteño adoptó el nombre para referirse a todos los coches de plaza. Desde entonces, la palabra quedó incrustada en el lenguaje popular.

Con la llegada masiva del automóvil y el nacimiento del taxi moderno, los mateos fueron perdiendo terreno. De ser un servicio urbano esencial pasaron a convertirse en una rareza pintoresca. Durante el siglo XX se concentraron principalmente en el barrio de Palermo, donde seguían ofreciendo paseos turísticos alrededor del Zoológico, el Monumento de los Españoles y el Rosedal.

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La prohibición de la tracción a sangre en la ciudad y los cambios en la movilidad urbana redujeron su presencia hasta dejarlos al borde de la desaparición. Hacia comienzos del siglo XXI ya quedaban apenas una docena, y la pandemia fue el golpe final para su actividad.

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Hoy, los mateos sobreviven solo como un recuerdo sentimental: un símbolo de la Buenos Aires antigua, donde el tiempo parecía más lento y el paisaje urbano se mezclaba con el sonido de las herraduras sobre el empedrado.

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Hubo un tiempo en que el viento de Palermo tenía sonido de campanillas, olor a cuero viejo y un trotecito paciente que atravesaba la Avenida Sarmiento como si el reloj marcara otro siglo. Ese tiempo ya no existe. Los mateos dejaron de funcionar, la pandemia terminó de apagarlos, pero el recuerdo sigue ahí, pegado al barrio como el fileteado a la madera. Basta nombrarlos para que se nos aparezca la imagen completa: el caballo tranquilo, el cochero con gorra, el carruaje lustrado, los árboles del Rosedal de fondo y la ciudad apurada alrededor, como si esos pocos metros fueran una burbuja fuera del tiempo.

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Durante décadas, los mateos fueron una especie de puente entre la Buenos Aires del pasado y la del presente. Mientras los autos bocinaban, los colectivos se cruzaban de carril y el tren rugía en Puente Pacífico, ellos seguían a su ritmo, sin apuro, como recordándole a todos que la ciudad alguna vez se movió más despacio. Los turistas se subían para “vivir la experiencia”, pero para muchos porteños era otra cosa: un ritual, un guiño de infancia, un modo de mostrarle el barrio a los hijos, a los nietos, a un amigo de afuera.

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La pandemia fue el quiebre. Con la ciudad vacía y las restricciones, el trotecito se detuvo. Primero fueron semanas, después meses. Cuando Buenos Aires empezó a reabrirse, los mateos ya no volvieron a girar como antes. Hoy se habla de que quedan alrededor de quince, algo así como sobrevivientes de otra era, carruajes que ya no recorren el circuito pero que todavía guardan historias en cada tabla, en cada mancha de pintura, en cada marca de herradura.

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Entre esos restos de flota hay cocheros que se conocen de toda la vida. Pasaron años compartiendo jornadas de calor, frío, lluvia fina, esperas interminables y noches de temporada alta. Compartieron tragos de mate, cigarrillos, discusiones políticas, chismes de barrio, noviazgos que nacían y se terminaban arriba de un paseo de domingo. Se hicieron amigos entre ellos y amigos de sus caballos, que sabían exactamente cuándo frenar, dónde doblar, qué tramo del empedrado se resbalaba y qué curva era la preferida de los chicos para gritar de emoción.

Para entender por qué se llaman mateos hay que salir un segundo del barrio y entrar al teatro. En 1923, Armando Discépolo estrenó una obra llamada “Mateo”, donde contaba la vida de un cochero al que el progreso le iba serruchando el piso. Los autos empezaban a conquistar las calles y ese oficio, que había sido central en la ciudad, se veía empujado a un costado. En la obra, el caballo se llamaba Mateo, y la gente se llevó ese nombre a la calle. De golpe, todos los coches de plaza de Buenos Aires pasaron a llamarse mateos, como si la ficción hubiera clavado una etiqueta definitiva sobre la realidad.

Ese bautismo teatral coincidió con un cambio profundo en la ciudad. A principios del siglo XX, los carruajes se contaban de a miles. Había coches en Constitución, en Miserere, en Congreso, en Plaza de Mayo, llevando recién llegados del puerto, viajeros de tren, familias enteras, señores de levita y compadritos de madrugada. Con el correr de las décadas, los autos, los taxis y los colectivos fueron desplazando a esos vehículos de tracción a sangre. Pero en Palermo siempre quedó un rincón para ellos, como si el barrio se resistiera del todo a soltarlos.

Para muchos porteños, el mateo no era solo un medio de transporte pintoresco, era un rito de iniciación. De chicos, la escena se repetía: día de Zoológico, o de Rural, o de paseo por los bosques; y ahí, quietos como estampa de postal, los carruajes esperando en la puerta. Algunos padres se hacían los distraídos para esquivar el gasto, otros cedían: “Bueno, una vueltita nada más”. Y esa vueltita valía oro. El ruido sordo de las ruedas, el crujido del cuero del asiento, el caballo arrancando despacio, el cochero contando anécdotas de otras épocas, el perfume a eucalipto mezclado con el olor a pasto húmedo que venía del lago.

El recorrido era más o menos siempre el mismo. Plaza Italia como punto de partida, la verja del Zoológico a un lado, los puestos de choripán y garrapiñadas al otro. Después, el giro hacia Libertador, el paso frente a Sarmiento, el Monumento de los Españoles levantándose como faro en la esquina, la entrada al Rosedal, las curvas entre los árboles y los puentes de hierro que cruzan el agua. Un circuito que, visto en un mapa, parece corto, pero que a esa velocidad mínima se estiraba lo justo y necesario para que uno sintiera que estaba viajando a otra época.

Cada carruaje tenía su personalidad. No era solo un vehículo: era casi un personaje del barrio. Los había más sobrios, de colores oscuros, y otros que eran una fiesta de fileteado: flores, banderitas, estrellas, frases pintadas con letra recargada. Muchos guardaban adentro pequeños tesoros olvidados que se iban quedando con el tiempo: una mamadera, un chupete, un muñeco, un globo desinflado, dibujos hechos por nenes durante el paseo. Esas cosas, que otros tirarían, en los mateos se transformaban en parte de la decoración. Cada cochero armaba su pequeño museo sentimental.

También existía una especie de código invisible entre los cocheros y el barrio. Sabían por el clima si iba a ser un buen día o un día muerto. Sabían que los fines de semana largos se llenaba de turistas, que los días de semana después de las cuatro de la tarde aparecían las parejas jóvenes, que en vacaciones de invierno los chicos dominaban las paradas. Sabían que cuando el cielo se ponía plomizo y el viento cambiaba, había que estar atentos porque se venía tormenta y el paseo podía cortarse en seco.

La prohibición de la tracción a sangre en la ciudad, sancionada décadas atrás, puso un límite legal a muchos tipos de carros y sulkys que circulaban por distintos barrios. Los mateos de Palermo quedaron como excepción más tolerada que formalmente alentada, hasta que la realidad económica, los cambios culturales, la sensibilidad hacia el bienestar animal y finalmente la pandemia terminaron de arrinconarlos. Hoy, cuando uno pasa por Libertador y Sarmiento, es fácil sentir ese hueco: el espacio que ocupaban sigue ahí, pero sin el movimiento, sin la espera, sin el cochero mirando el horizonte a ver si cae algún pasajero más.

La nostalgia entra en juego con fuerza. Porque hablar de mateos es hablar de una Buenos Aires que ya no está, pero que persiste en la cabeza de quienes la vivieron. Una ciudad donde el tiempo de ocio tenía otra textura, donde el paseo no estaba medido por la cantidad de fotos subidas a una red social sino por la cantidad de historias que uno se llevaba de vuelta a casa. Una ciudad donde el ruido del caballo trotando por la avenida podía convivir con el gruñido de un colectivo 152 y el paso del tren al fondo, todo mezclado en una misma banda sonora.

Quedan las anécdotas: el niño que se subió por primera vez y se durmió a mitad del paseo; la pareja que usó el mateo como escenario para una propuesta de casamiento; el turista que no entendía bien qué estaba contratando y terminaba agradeciendo el paseo como si hubiera descubierto un secreto de la ciudad; los abuelos que, al subir, decían bajito: “Yo venía en coche de plaza cuando era chico”. Esa frase, dicha sobre un carruaje detenido en pleno siglo XXI, vale más que mil folletos turísticos.

Los mateos ya no funcionan. No hay horarios, no hay recorridos, no hay tarifas. Lo que queda es algo más difícil de medir: un lugar en la memoria. Un eco. Una especie de línea de tiempo invisible que une al inmigrante que llegaba en barco y tomaba un carruaje para ir a su pieza de pensión, con el pibe que se subió en los 90 para festejar un cumpleaños y con el extranjero que, antes de la pandemia, se sacó una foto arriba del coche con el Rosedal de fondo.

En Palermo, si uno camina sin auriculares y se toma el trabajo de escuchar el barrio, todavía se puede jugar a imaginar ese sonido: el golpeteo parejo de las herraduras contra el asfalto, el tintineo suave de las campanillas, alguna risotada de cochero, el crujido de la madera al doblar una esquina. Es un ruido que ya no se oye, pero que muchos llevan guardado. Y eso, en una ciudad que cambia tan rápido, ya es bastante.

Quizás los mateos hayan sido el último lujo verdaderamente sencillo de Buenos Aires: pagar por ir despacio, en un mundo donde todo te obliga a correr. Tal vez por eso su despedida duele un poco más. Pero en cada recuerdo, en cada foto vieja, en cada historia contada al pasar, siguen haciendo su recorrido silencioso entre el Zoológico que ya no es zoo, el Rosedal que resiste y los bosques que miraron pasar carros, autos, colectivos y generaciones enteras.

Los mateos del Barrio de Palermo dejaron de andar, pero el barrio todavía los sueña. Y en esa obstinación de la memoria, cada tanto parece escucharse, aunque sea por un segundo, un susurro de campanillas alejándose al trotecito por la avenida.