ENTRADA PERIODÍSTICA
La carta pública de Baby Etchecopar dirigida a Javier Milei, disfrazada de saludo por el Día del Periodista, es en realidad una confesión a cielo abierto: el supuesto gladiador libertario del micrófono, que durante años vomitó antiperonismo visceral y festejó motosierra ajena, hoy aparece como un arrastrado arrepentido, sin coraje ni compasión, pidiendo piedad con tono poético y servil.
En lugar de sostener su libreto duro, Etchecopar implora empatía y vuelve a un romanticismo comunicacional que ni él se cree: «quiso ser juglar», dice, como si los insultos, las operaciones mediáticas y el odio a todo lo popular no hubieran sido su verdadera marca registrada. Habla de la libertad que la dictadura nos quitó, pero calló mientras Milei pisoteaba derechos, cerraba medios y lanzaba amenazas a periodistas.
Y en un acto final de cinismo, intenta conectar con el presidente a través de un supuesto pasado común en los medios: como si el haber compartido un micrófono los hiciera iguales, como si eso lavara culpas. Etchecopar no escribe una crítica al poder: escribe un mea culpa cobarde, edulcorado y oportunista. Y lo hace sin nombrar nunca el verdadero drama: su propio rol como propagador de la ultraderecha que hoy lo desborda.
El que alguna vez se burló del hambre ajeno, hoy escribe que con hambre no hay democracia. Tarde, Baby. Muy tarde.
¿Quién es el “mandril” ahora?
