Lago Regatas. Barrio de Palermo. Parque Tres de Febrero.

Mientras las familias colmaron Palermo de picnic y bicicletas, el presidente Javier Milei eligió el odio

El país bifurcado: entre mates al sol y una motosierra virtual
Mientras las familias colmaron Palermo de picnic y bicicletas, el presidente Javier Milei eligió el odio como plan del Día del Trabajador.


El primero de mayo en la Ciudad de Buenos Aires fue, para miles de vecinos, una postal serena. El Rosedal, ese pulmón verde de Palermo que parece un refugio del tiempo, se vio rebalsado de mantas a cuadros, termos humeantes, brownies caseros, perros felices, chicos en patineta y parejas en modo slow. El feriado, esa pausa obligada que recuerda que el trabajo es más que una función económica, se vivió en clave de comunidad, aire libre y afecto compartido. La gente salió a encontrarse. A detenerse. A abrazar lo simple.

Pero mientras los parques rebosaban humanidad, desde el sillón presidencial no se celebraba la clase trabajadora sino la furia. El presidente Javier Milei, una vez más, eligió Twitter —ahora X— como trinchera. En lugar de homenajear a quienes empujan el país con el lomo doblado y la dignidad intacta, descargó una nueva andanada de odio contra su blanco favorito: el periodismo.

La excusa fue la defensa de su asesor personal, Santiago Caputo —alias el Rasputín libertario—, quien días atrás amedrentó a un reportero gráfico en plena cobertura del debate legislativo porteño. Como quien lleva un bidón de nafta a un incendio, Milei posteó una serie de preguntas retóricas en modo inquisidor paranoide. ¿Tiene derecho un periodista a perseguir, hostigar, calumniar? ¿Es legal que un camarógrafo use luces contra alguien fotofóbico? ¿Y si el periodista cobra fondos públicos?

El texto era un compendio de falacias, victimismo crónico y una visión conspiranoica que ya resulta repetitiva. Pero más allá del contenido, lo inquietante es el momento elegido. Mientras el pueblo se abrazaba en ronda, el presidente elegía nuevamente destilar crueldad, como si buscara deliberadamente arruinar cada espacio simbólico que une a los argentinos.

¿No es acaso el Día del Trabajador una fecha sagrada para cualquier república? ¿No merecía al menos un mensaje a los docentes, médicos, albañiles, emprendedores y desempleados que sostienen este país con el sudor y la esperanza? Milei eligió el camino inverso: insultar, dividir, y levantar la motosierra en nombre de un rencor que ya no sorprende pero sigue hiriendo.

En su delirio tuitero, el mandatario incluso volvió a referirse al papa Francisco, asegurando que su Santidad le había pedido cuidar a los más vulnerables y que, gracias a sus políticas, “bajó la pobreza en 10 millones de personas”. Un dato difícil de respaldar en un contexto de despidos masivos, ajuste brutal y caída del consumo. Ni siquiera el INDEC —domesticado a base de látigo— se animó a tanto.

En definitiva, mientras el país real juega al fútbol con los pibes en los lagos de Palermo, Javier Milei juega a ser el cruzado de la motosierra en la red del pajarito muerto. Un presidente que parece más obsesionado con pelearse con fantasmas que con gobernar a los vivos.

La pregunta, entonces, es inevitable:
¿Podrá un país avanzar si quien lo conduce está más interesado en destruir que en construir?

Porque mientras el pueblo se junta para compartir un mate bajo el sol, Milei sigue empecinado en incendiar la casa con la lengua.
Y eso, lamentablemente, no tiene feriado.