Milei maleducado: el tercer paro general
En un país curtido a golpes de historia, donde la memoria pesa más que el plomo mojado, este jueves 10 de abril Javier Milei enfrentará su tercer paro general a tan solo 487 días de asumir la presidencia. Un récord amargo que lo ubica apenas detrás del desdibujado Fernando De la Rúa en el podio de los fracasos prematuros.
Así lo revela un demoledor informe del Observatorio de Calidad Institucional de la Universidad Austral, que no deja lugar para los relatos mágicos: el «león libertario» ya siente el zarpazo feroz de una Argentina que no se traga versos de TikTok.
Una estadística que quema
El informe «El paro 45 a Javier Milei» firmado por Marcelo Bermolén es categórico: Milei sufre el tercer paro más rápido desde 1983. De la Rúa lo tuvo a los 182 días, Alfonsín a los 628. Milei, con su lenguaje de barricada libertaria y su puño de hierro oxidado, apenas resistió un año y cuatro meses antes de enfrentar el vendaval sindical.
¿Libertad o fracaso?
¿Rebelión o simple ineptitud?
La estadística no miente, ni perdona: en 41 años de democracia, 29 paros fueron contra gobiernos no peronistas, en apenas 13 años de gestión. El 64,5% de las huelgas generales apuntaron siempre al mismo blanco: presidentes sin la bendición partidaria del PJ. Milei, un outsider que soñó con refundar la República a gritos de «¡Viva la libertad, carajo!», hoy naufraga en la misma tormenta que hundió a sus predecesores.
Récords de tolerancia y de desilusión
Paradójicamente, este tercer paro tardó más en llegar que en otros gobiernos no peronistas: 334 días entre el segundo y el tercero. Mucho más que los 35 días que sobrevivió De la Rúa entre una huelga y otra. ¿Significa esto paciencia? ¿O simplemente resignación?
La CGT, esa vieja maquinaria de presión que nunca duerme, se mantuvo expectante mientras el país se incendiaba en cámara lenta: inflación desbocada, caída del consumo, desinversión, ajuste brutal, pobreza disparada y una paz social cada vez más delgada, como un charco bajo el sol.
Pero todo tiene un límite. Y el límite es ahora.
El precio de la soberbia
El contexto en el que estalla este nuevo paro general no es precisamente alentador para el Gobierno: escándalos como el Libragate, la sospechosa manipulación de la Corte Suprema, decretazos que cercenan atribuciones del Congreso, acuerdos secretos con el FMI cocinados a espaldas del pueblo.
Cada traspié fue un ladrillo en el muro que hoy le explota en la cara a Milei. Cada gesto de desprecio hacia la política tradicional fue gasolina para los sindicatos. Cada ataque a la educación, la salud y el trabajo fue un grito silenciado que ahora retumba en las calles.
Y el sindicalismo, que puede dormir pero jamás olvidar, se levantó de su siesta.
¿Paro por principios o por cálculo electoral?
El informe también advierte un ingrediente extra: el año electoral late debajo de todo esto como un tambor africano. El paro no sólo desafía a Milei, sino que también funciona como un ensayo general para las batallas que se vienen: ¿consolidará el presidente su proyecto anarco-capitalista extremo o el país buscará otra salida antes de que nos despeñemos por el abismo?
La CGT lo sabe. Los gobernadores lo saben. Hasta los que aplaudían a Milei en las redes, hoy lo miran de reojo.
Y es que hay verdades que ni las cadenas nacionales ni los memes virales pueden tapar: cuando el pueblo sufre, el bolsillo duele, y el hambre se sienta a la mesa, no hay discurso motivacional que alcance.
Una postal conocida
Argentina vuelve a parir un paro general. Otro más. Como un tango triste que sabemos de memoria.
Los mismos fantasmas de siempre nos rondan: la inflación, la falta de rumbo, la ceguera del poder, la resistencia callejera.
Milei quiso jugar a ser Napoleón montado en un unicornio neoliberal. Terminó como De la Rúa, atrapado en la telaraña que tejieron sus propias promesas incumplidas.
¿Aprenderemos esta vez?
¿O seguiremos girando eternamente en esta calesita maldita donde los presidentes caen, los sindicatos amagan, y el pueblo, siempre el pueblo, paga la entrada?
