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Palermo también se cansó: vergüenza, bronca y olor a ajuste en las calles del barrio

En Palermo ya no se escucha solamente el ruido de las motos de delivery, el tintinear de copas en los bares o los turistas preguntando dónde queda Plaza Serrano. Hace semanas que, entre verdulerías, kioscos, gimnasios y mesas familiares, empezó a aparecer otra música. Una más áspera. Más amarga. Más porteña. La del vecino que masculla bronca mientras mira el ticket del supermercado y piensa si pagar la prepaga o la tarjeta.

El último relevamiento de la Universidad de San Andrés cayó como baldazo de agua fría sobre una parte importante de la sociedad argentina. Según la encuesta nacional, el 60 por ciento desaprueba al gobierno de Javier Milei y apenas el 37 por ciento sostiene una mirada positiva sobre la gestión libertaria. Pero el dato más brutal no aparece en los porcentajes. Está en las palabras elegidas por la gente.

“Vergüenza”.
“Asco”.
“Bronca”.
“Decepción”.
“Rechazo”.

Palabras pesadas. Palabras de mesa familiar rota. Palabras de vecino que ya no discute política porque directamente se cansó.

En Palermo, donde Milei había conseguido bastante apoyo entre jóvenes profesionales, comerciantes y laburantes hartos del kirchnerismo, la temperatura empezó a cambiar. No en Twitter. En la calle. En el chino. En el almacén. En la farmacia donde una jubilada pregunta si puede llevar medio blister porque no le alcanza.

“Yo lo voté porque pensé que venía a acomodar el quilombo”, dice Ricardo, taxista de Plaza Italia, mientras toma un café parado sobre Godoy Cruz. “Pero hermano, una cosa es acomodar y otra cagarte a palos todos los meses con los precios”.

En las parrillas de Palermo Hollywood ya no sobra gente como hace un año. Los mozos cuentan que hay más mesas largas con una sola botella de vino y menos propina. En los gimnasios premium aparecieron promociones impensadas. En las inmobiliarias hablan bajito porque los alquileres se volvieron directamente delirantes.

El problema para el Gobierno es que el enojo dejó de ser ideológico. Ya no es solamente “la casta”, “los kukas” o “los libertarios”. El fastidio empezó a ser económico, cotidiano y físico. La gente siente el ajuste en el cuerpo. En el sueño. En la heladera.

La encuesta de San Andrés también mostró que el 68 por ciento está insatisfecho con la situación general del país. Y hay un dato que explica mucho del humor social: para los argentinos, hoy preocupan más los salarios bajos y la falta de trabajo que la inflación misma.

Eso cambia todo.

Porque el relato libertario se construyó sobre una promesa casi religiosa: sufrir ahora para estar mejor mañana. Pero cuando el mañana nunca llega, el sufrimiento deja de parecer épico y empieza a parecer una tomada de pelo.

En Palermo Viejo, una diseñadora de ropa que tiene local cerca de Armenia lo resume sin vueltas: “La gente entra, mira, pregunta y se va. Todos están cuidando cada mango. Hay miedo. Y cuando hay miedo, nadie consume”.

La bronca también aparece entre jóvenes que defendían a Milei como si fuera un rockstar antisistema. Algunos todavía lo bancan. Otros empezaron a bajarse silenciosamente del barco. Nadie quiere admitir tan rápido que quizá compró humo con forma de motosierra.

Y en los bares aparece una frase que se repite como eco porteño:
“Che… ¿y este no era el que venía a terminar con los privilegios?”

Mientras tanto, la política argentina sigue ofreciendo un espectáculo bastante decadente. La misma encuesta muestra que prácticamente todos los dirigentes tienen diferencial negativo de imagen. Patricia Bullrich encabeza la tabla positiva, seguida por Milei y Cristina Kirchner. Un podio que parece armado por un guionista con fiebre y problemas de alcohol.

En Palermo, donde conviven programadores, jubilados, actores sin obra, estudiantes extranjeros, corredores inmobiliarios y comerciantes fundidos, la política se volvió una mezcla rara de agotamiento y cinismo. Ya casi nadie cree demasiado en nadie.

Pero hay algo nuevo: el miedo empezó a mezclarse con humillación.

Humillación de trabajar todo el día y no llegar.
Humillación de tener dos laburos y seguir contando monedas.
Humillación de ver políticos peleándose por televisión mientras un maple de huevos parece cotizar en Wall Street.

En las plazas del barrio se escucha cada vez más seguido una frase vieja, bien argentina:
“Así no se puede vivir”.

Y cuando esa frase empieza a salir de gente distinta, de edades distintas y de barrios distintos, los gobiernos suelen entrar en zona peligrosa. Porque el humor social argentino tarda en romperse… pero cuando se rompe, hace ruido. Mucho ruido.

Palermo ya vio pasar presidentes que parecían eternos y terminaron convertidos en sticker de WhatsApp. Acá las modas duran poco. El amor político también.

La pregunta ahora no es solamente cuánto aguanta Milei. La verdadera pregunta es cuánto aguanta la gente. Porque el termómetro real no está en los focus groups ni en los trolls de redes sociales.

Está en el almacenero que vende menos.
En la pareja que dejó de salir.
En el pibe que volvió a vivir con los padres.
En la señora que mira el changuito y suspira.

Ahí empieza siempre el ruido de fondo de la Argentina. Ese ruido viejo, barrial y peligroso que anuncia que abajo de la bronca… ya empieza a hervir otra cosa.