Pesaj

Pesaj: cuando los ladrillos del dolor se transforman en cielos de zafiro

Hay momentos en la historia de los pueblos que son más que simples fechas en el calendario. Son cicatrices vivas, marcas que no sólo duelen: enseñan.
Esta semana, en el mundo judío, se celebra Shabat HaGadol —el Gran Shabat—, un instante de pausa justo antes de Pesaj, la fiesta que recuerda la salida de Egipto.
Pero más allá de las tradiciones, las canciones y las mesas servidas de ritual, Pesaj es una pregunta eterna que todos —judíos o no, creyentes o escépticos— deberíamos hacernos:

¿Qué hacemos con nuestro sufrimiento? ¿Qué sentido tiene? ¿Por qué agradecer, incluso, el dolor?

El dolor como piedra fundacional

Hace más de dos siglos, un sabio errante de Europa del Este —el Maguid de Dubna— lanzó una parábola que todavía arde en el aire como un carbón encendido.
Imaginemos que un médico nos rompe el brazo y luego, acto seguido, nos lo cura. ¿De verdad le daríamos las gracias?
Su analogía era brutal: si Dios, como cuenta la historia bíblica, permitió que el pueblo hebreo fuera esclavizado en Egipto, ¿por qué deberíamos agradecerle la liberación?
¿No es como felicitar al verdugo por soltarnos después de haber afilado el hacha?

Y sin embargo —acá está la trampa luminosa—, la esclavitud también construyó algo. No sólo cadenas: identidad. No sólo dolor: conciencia. No sólo heridas: alas.

Pesaj no festeja únicamente la libertad conquistada. Festeja también el barro, el látigo, el cansancio, el horror. Porque, sin esa noche oscura, no habría habido amanecer.

¿Quién serías si no hubieras sufrido?

A veces parece que el dolor no enseña nada. Que sólo destruye.
Pero si nos damos el tiempo —y el valor— de mirar hacia atrás, quizás notemos que fue precisamente en el barro donde aprendimos a caminar erguidos.
Así como los esclavos de Egipto moldearon ladrillos hasta dejarse las manos, nosotros moldeamos nuestra alma a través de cada pérdida, cada traición, cada batalla.

El relato de Pesaj dice que los ladrillos que cargaban los esclavos no desaparecieron, sino que se elevaron.
La Torá los describe como ladrillos de zafiro, incrustados bajo el mismísimo Trono Celestial: símbolo de que ninguna lágrima fue en vano.

Un mensaje para cualquier corazón humano

Pesaj no es, o no debería ser, sólo para quien reza en hebreo o se emociona al ver una copa de vino derramarse sobre el mantel blanco del Seder.
Pesaj es una lección existencial:

  • No toda libertad es dulce si no conociste el sabor amargo de la opresión.
  • No todo logro es pleno si no sangraste un poco por conseguirlo.
  • No toda fe es real si no atravesaste primero un desierto de dudas.

Hoy, en 2025, cargamos otros ladrillos: trabajos que no nos llenan, vínculos que se quiebran, enfermedades, guerras, pobreza.
Y a veces nos preguntamos, entre bronca y lágrimas: ¿para qué tanto?
El relato de Pesaj no nos promete explicaciones fáciles.
Nos invita, en cambio, a no despreciar nuestras batallas internas, a verlas como la forja secreta de una grandeza que tal vez no percibimos aún.

Cada sufrimiento, si lo sabemos mirar, si no nos rendimos, puede ser un ladrillo de zafiro bajo nuestro propio cielo personal.

Cerrar el círculo

En Pesaj, la historia empieza con esclavitud, sí. Pero termina en liberación, en promesa, en futuro.
No se niega el dolor: se honra. Se reconoce como el barro necesario para construir algo eterno.

Porque la libertad, amigos, no se regala. Se gana. Y se paga caro.
Y, aunque nadie en su sano juicio agradecería sufrir, tal vez podamos agradecer ser quienes somos gracias a lo que atravesamos.

Shabat Shalom, para quien celebre.
Paz y valor, para todos.