Enrique Santos Discepolo 1

Uno el tango que sangra esperanzas

Buenos Aires, 1943. La Argentina crujía bajo el yugo de una dictadura militar recién nacida —la Revolución del 43— que se disfrazaba de orden mientras silenciaba radios, censuraba películas y perseguía tangos con demasiado corazón. Las calles olían a brea, a cigarrillo barato, a esperanza rota. En los cafés de Corrientes, los poetas se mordían las palabras y los músicos afinaban sus penas. Fue entonces cuando dos monstruos sagrados del alma criolla se cruzaron: Enrique Santos Discépolo, ya mito viviente, verbo punzante del desencanto nacional, y Mariano Mores, un joven pianista de mirada inquieta y dedos incendiarios. Se encontraron en un país a oscuras, como dos faroles que todavía se animaban a encenderse. Mores traía una melodía como lamento de luna; Discépolo, la herida precisa. Y de ese cruce nació «Uno», un tango que no habla del amor, sino del vacío que deja cuando se va. En medio del miedo, la traición y el ruido de sables, se gestaba una de las piezas más desgarradoras de la música popular argentina. Porque hasta en la peor tormenta, el tango siempre supo decir lo que el pueblo callaba.

UNO NO ES DOS

Hay tangos que se escuchan con los pies, otros con el alma, y después está «Uno», ese que se sufre con la garganta, se reza en silencio y se recuerda cuando el amor deja de salvar. Nacido en 1943 en un país que empezaba a crujir bajo la dictadura del 43, «Uno» fue la unión improbable entre el lirismo desbordado de Enrique Santos Discépolo y la osadía musical de un joven Mariano Mores, aún sin laureles, pero con un piano que parecía gritar desde el fondo del alma nacional.

Una creación lenta, como los dolores hondos

El tango no brotó de un tirón. Mores, con apenas 22 años, le alcanzó a Discépolo una partitura llamada Cigarrillos en la oscuridad, con melodía de romanza. El viejo Discepolín, hombre de mil penas y palabras talladas con bisturí, lo recibió sin decir ni sí ni no. Pasaron tres años. Un día, sin aviso, apareció con la letra escrita. Nadie le había pedido tanto tiempo porque nadie imaginaba lo que estaba gestando: un tango que desgarraría el corazón de generaciones.

«Uno busca lleno de esperanzas / el camino que los sueños prometieron a sus ansias…»

Esa apertura no es sólo lírica: es metafísica. Uno, dice Discépolo, es el ser humano enfrentado al abismo, cargando sus ruinas, arrastrado por un deseo imposible, por una “fea cicatriz que nos deja el amor”.

¿Quién lo interpretó mejor?

Lo estrenó Tania, la compañera de Discépolo, en el teatro Astral. Fue parte de La revista loca. Pero cuando la orquesta de Mores lo tocaba, el público pedía a gritos: “¡Tocá Uno!” —y así quedó bautizado el tango.

Desde entonces, el tango pasó de boca en boca, de bandoneón en bandoneón, como si cada orquesta quisiera dejar su versión en piedra. Carlos Roldán con Francisco Canaro, Alberto Marino con Troilo, Héctor Mauré con D’Arienzo, Oscar Serpa con Fresedo… todos lo tallaron a su manera. Pero hay tres versiones que alcanzan la eternidad:

  • Julio Sosa, con la orquesta de Leopoldo Federico, lo hizo carne y puñal.
  • Roberto Goyeneche, el Polaco, lo volvió alarido con su voz rota, como si hubiese vivido cada verso.
  • Plácido Domingo, que llevó el tango al mundo lírico y lo cantó con lágrimas que no eran del escenario, sino de su propia humanidad.

Censura, cine y dictaduras

En 1944, Libertad Lamarque y Juan José Míguez cantaron “Uno” en la película El fin de la noche, ambientada en la invasión nazi. Fue un éxito fugaz: la dictadura del 43, ultranacionalista y enemiga de toda sensibilidad popular, ordenó levantarla de cartel en una semana. El tango fue censurado. Tuvo que esperar a 1945, con la declaración argentina de guerra a Alemania, para volver a proyectarse.

No fue la única vez que Discépolo fue silenciado por los poderes de turno. Su mensaje siempre tuvo filo: donde otros lloraban, él acusaba. Donde otros buscaban consuelo, él escribía la verdad como un relámpago.

Una letra que es evangelio laico

La letra de “Uno” es un tratado del desencanto. El amor no aparece como salvación, sino como herida. No es redención, es tragedia griega:

«Si yo tuviera el corazón / el corazón que di… / si yo pudiera como ayer querer sin presentir…»

Ese “como ayer” es clave. El tango es memoria emocional, es el recuerdo de cuando amar no dolía. Pero ya no. “Uno” habla desde ese exilio interno: el del que alguna vez creyó, y ahora desconfía hasta del viento.

Mores, en su madurez, contaba que cuando Discepolín le entregó la letra, él supo que no sólo había escrito un tango, sino un espejo cruel para el alma. La música de Mores, tan intensa como una ópera condensada, le dio un dramatismo que incluso superó a las letras más ácidas del propio Discépolo, como Cambalache o Yira… yira. Aquí no hay sátira: hay poesía pura.

De Buenos Aires al mundo

No hay país donde no haya sonado «Uno». Fue grabado por Julio Iglesias, Luis Miguel, Andrea Bocelli, Il Divo y decenas más. Pero cada vez que lo cantan, lo hacen con ese tono de confesión desesperada. Porque «Uno» no se canta: se reza. Se confiesa. Se llora.

En la calle Corrientes, cada tanto, alguien lo entona en una guitarreada, y el silencio se impone como un duelo. Porque el que canta “Uno” no está entreteniendo: está diciendo lo que no se puede decir de otro modo.

Discépolo y Mores

Discépolo, quien era ya un escritor y autor reconocido, la recibió y llevó sin hacer ningún compromiso con Mores. Así lo relató el compositor:

Durante unos meses, le pregunté sobre el tango. Cada vez me contestaba que estaba escribiendo la letra. Pero pasaba el tiempo y no había novedades. Y como yo lo quería como amigo y había llegado a sospechar que en realidad la música no le gustaba, decidí privilegiar la amistad y para evitar incomodidades no mencioné más el asunto. Un buen día, casi tres años más tarde, me sorprendió con la letra terminada.​

Mariano Mores

Uno busca lleno de esperanzas
El camino que los sueños prometieron a sus ansias
Sabe que la lucha es cruel y es mucha
Pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina

Uno va arrastrándose entre espinas
Y en su afán de dar su amor
Sufre y se destroza hasta entender
Que uno se quedó sin corazón

Precio de castigo que uno entrega
Por un beso que no llega
O un amor que lo engañó
Vacío ya de amar y de llorar
Tanta traición

Si yo tuviera el corazón
El corazón que dí
Si yo pudiera, como ayer
Querer sin presentir

Es posible que a tus ojos que me gritan su cariño
Los cerrara con mil besos
Sin pensar que eran como esos
Otros ojos, los perversos
Los que hundieron mi vivir

Si yo tuviera el corazón
El mismo que perdí
Si olvidara a la que ayer lo destrozó
Y pudiera amarte
Me abrazaría a tu ilusión
Para llorar tu amor

Si yo tuviera el corazón
El mismo que perdí
Si olvidara a la que ayer lo destrozó
Y pudiera amarte
Me abrazaría a tu ilusión
Para llorar tu amor

una lista detallada de intérpretes y orquestas que han dejado su huella en la historia del tango «Uno», desde su estreno en 1943 hasta versiones más recientes.


Versiones Clásicas (Década de 1940)

Estas interpretaciones fueron fundamentales para consolidar «Uno» como un tango emblemático:

  • Tania (1943): Estrenó el tango en el Teatro Astral.
  • Carlos Roldán con la orquesta de Francisco Canaro (1943).
  • Alberto Marino con la orquesta de Aníbal Troilo (1943).
  • Héctor Mauré con la orquesta de Juan D’Arienzo (1943).
  • Oscar Serpa con la orquesta de Osvaldo Fresedo (1943).
  • Carlos Acuña con la orquesta de Rodolfo Biagi (1944).

Versiones Destacadas (Décadas de 1950 a 1970)

Durante estas décadas, «Uno» fue interpretado por reconocidos artistas y orquestas:

  • Mariano Mores con Carlos Acuña (1957).
  • Julio Sosa con la orquesta de Armando Pontier (1957).
  • Jorge Casal con la orquesta de Aníbal Troilo (1952).
  • Roberto Goyeneche con la orquesta de Armando Pontier (1968).
  • Abel Córdoba con la orquesta de Osvaldo Pugliese (1976).

Versiones Internacionales y Contemporáneas

«Uno» trascendió fronteras y fue interpretado por artistas de diversos géneros:

  • Plácido Domingo (1981).
  • Julio Iglesias (1992 y 1996).
  • Luis Miguel (1997).
  • Nito Mores (hijo de Mariano Mores).
  • Omar Mollo con el Cuarteto Típico Catenacho.
  • Color Tango con Roberto Decarre (2009).
  • Carlos Morell (1985).

Interpretaciones en Cine y Teatro

  • Libertad Lamarque y Juan José Míguez interpretaron «Uno» en la película El fin de la noche (1944), ambientada en la época de la invasión nazi.

COMENTARIOS DE LOS VECINOS

ESPERANZA ¿TONTA ILUSIÓN?
Por Luis Pablo Richelme 21 ago 2025, 12:52 p.m.

Uno busca lleno de esperanzas el camino que los sueños prometieron a sus ansias…
Podemos pensar la esperanza como una fuerza irracional inspirada en los sueños, un estado de
ánimo que nos impulsa a seguir pese a las contrariedades. Pero al leer la letra completa del
tango sabemos que antes hubo una desilusión, una herida del alma provocada por un
desengaño.
En el universo del arrabal, aunque resulte paradójico la esperanza puede llevar a la
desesperanza, al recuerdo de un pasado ruinoso imposible de olvidar que nos ata al presente
condenándonos al escepticismo de no creer en nada y desconfiar del futuro.
La esperanza en el tango es nihilista y maleva, hay que reconocerlo, el tango es nietzscheano
más que idealista. ¿En qué cree? En la vieja y en no mucho más, ni en la suerte, que es grela.
Casi nunca tuvo el tango algo bueno que contar. Es un lamento existencialista. Contame tu
condena, decime tu fracaso…
Curiosamente para los griegos clásicos, que no eran ni tontos ni porteños, la esperanza (elpis)
tampoco tenía buena prensa. En el mito de Pandora salieron del ánfora todos los males “Pero
aquella mujer, al quitar con sus manos la enorme tapa de una jarra los dejó diseminarse y
procuró a los hombres lamentables inquietudes. Sólo permaneció allí dentro la Esperanza.”
Más allá de la misoginia manifiesta del relato, la esperanza para los griegos podía ser un mal.
Sin embargo, esa misma voz elpis (en su forma imperativa) aparece en el fragmento 18 de
Heráclito y tiene un sentido más profundo: “Si no esperas lo inesperado, no lo hallarás, pues es
penoso y difícil de encontrar”. Al decir de Heidegger la espera de lo desconocido implica un
estar abierto al asombro que es el punto de partida del filosofar, un modo auténtico de habitar
el mundo, fascinarnos ante el misterio. Gracias a esta apertura podremos acceder al logos que
es el conocimiento verdadero.
Al igual que en el tango de Discépolo y Cadícamo, Borges establece una analogía entre
esperanza y recuerdo. La primera es memoria del porvenir y el segundo memoria del pasado
como si todo fuera un presente indefinido. En El Tamaño de mi Esperanza dice que es “tanto el
ensayo como la memoria del futuro”. Similares conceptos repite en Tlón, Uqbar, Orbius
Tertius. Para los tlönitas que negaban el tiempo, todo era presente, el futuro no tenía realidad
sino como esperanza presente y el pasado como recuerdo presente. La esperanza en Borges es
la contracara del recuerdo.

En el tercer verso de la primera estrofa de Uno, Discépolo iguala fe con esperanza cuando a mi
entender no son lo mismo ¿Pero qué importa –pensará el lector- mi estúpida opinión si ésa es
la palabra que elige el genio para que rime con cruel? Y la verdad que fe y cruel riman
perfecto. Es cierto. A la poesía no se la piensa, se la siente y disfruta. Igual que al tango.
La fe (pistis) para los griegos tenía más que ver con una creencia religiosa si bien puede ser
traducida igualmente como confianza, crédito o buena fe. En las religiones monoteístas es una
certeza que entregan los dioses al revelarse. El reino de los cielos es la promesa divina que
anhelan los que creen. La esperanza a secas es más bien de índole pagana.
Aparece varias veces repetida en el diario de Ana Frank, la niña judía que tras ocultarse junto a
su familia en una casa de Amsterdam morirá en los campos de concentración. “Ahí está lo
difícil de estos tiempos: la terrible realidad ataca y aniquila totalmente los ideales, los sueños y
las esperanzas… Es un milagro que todavía no haya renunciado a todas mis esperanzas,
porque parecen absurdas e irrealizables. Sin embargo, sigo aferrándome a ellas, pese a todo,
porque sigo creyendo en la bondad interna de los hombres.” ¿Qué es la esperanza para Ana?
Un sueño, como en el tango, una fuerza que la ayudará a sobrevivir algún tiempo más.
Aplicada la esperanza al plano político hay una frase atribuida a Napoléon. “On ne conduit un
peuple qu´en lui montrant un avenir; un chef est un marchand d´espérance”. Traducido diría
algo así: La única forma de conducir un pueblo es enseñándole un futuro; un líder es un
vendedor de esperanza. Tampoco Napoléon al igual que los genios del tango y los griegos no
tenía un gramo de tonto; sabía muy bien de qué iba la cosa. Afirma algo irrefutable: Los
políticos se especializan en vender esperanzas bajo la forma de promesas, mitos y relatos que
no son más que una ilusión. Los argentinos somos víctimas permanentes de esta envenenada
estrategia.

¿Acaso el presidente Milei no es un impostor que sigue prometiendo esperanzas? Levante la
mano la que imaginó o el que imaginó en 2023 que tendríamos un país tan desordenado y
corrupto como el de hoy lleno de odio, violencia e insultos. Seguimos en un mismo lodo todos
manoseados. La esperanza ha sido hasta ahora para Milei su principal capital político, se
aprovechó de un pueblo harto de que le mintieran. Pero él también la bastardeó y nos estafó.

¿No es entonces la esperanza una tonta ilusión?