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Ex Zoo de Buenos Aires.

HISTORIA DEL ZOOLÓGICO DE BUENOS AIRES DE PALERMO


El Zoológico de la ciudad de Buenos Aires se encuentra entre las calles República de la India y las Av. del Libertador, Las Heras y Sarmiento.

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Primitivamente se encontraba en la Av. del Libertador y Sarmiento, en los terrenos del parque iniciado por Juan Manuel de Rosas. A partir de su primer director, el Dr. Eduardo Holmberg (1888 a 1904) el Zoo adoptó un carácter más científico y se trasladó a su ubicación actual. Según su criterio, los animales debían habitar en edificios que respondieran a los estilos arquitectónicos propios de su país de origen.

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Sucedió al Dr. Holmberg, Clemente Onelli entre los años 1904 y 1914. Una de sus ambiciones, concretadas durante su dirección, fué el canje de animales con instituciones del resto del mundo. Ésto, junto a la tarea dedicada por Carlos Thais en el embellecimiento de la obra arquitectónica, marca una época muy importante en la vida del zoológico. Luego, Adolfo Holmberg, el nuevo director, decide iniciar un sistema de supresión de jaulas, creando recintos en donde los animales se aislaban del público por fosas o zanjas de seguridad, permitiéndoles mayor libertad de movimientos.

El zoológico de Palermo: el viejo museo vivo donde Buenos Aires mezcló ciencia, arte, animales y poder

El antiguo Jardín Zoológico de Buenos Aires no fue solamente un paseo con animales. Fue, desde fines del siglo XIX, una de las grandes piezas culturales de Palermo: un paisaje armado para enseñar, sorprender, civilizar, entretener y mostrarle al visitante una versión porteña del mundo. Allí convivieron ciencia, arquitectura, escultura, botánica, pedagogía, exotismo, espectáculo y también una forma muy clara de pensar la relación entre la ciudad y la naturaleza.

El actual Ecoparque ocupa el predio del ex Zoológico de Buenos Aires, en Palermo, sobre Avenida Sarmiento 2601. El sitio funcionó como zoológico desde 1888 hasta 2016 y conserva un conjunto patrimonial excepcional: 42 edificios históricos declarados Monumentos Históricos Nacionales, 27 obras de arte entre esculturas y monumentos, 9 puentes y 3 lagos: Azara, Darwin y Burmeister. (Buenos Aires Turismo)

Zoo de Palermo

Antes de instalarse en el terreno actual, el zoológico ocupaba un sector comprendido entre la avenida Del Libertador y el Río de la Plata, y entre Ugarteche y la avenida Sarmiento. El traslado al predio delimitado por Las Heras, Del Libertador, Sarmiento y República de la India permitió que, bajo la dirección de Eduardo Ladislao Holmberg, el paseo se convirtiera en una institución cultural de primer orden. Holmberg fue médico, naturalista, profesor y escritor; dirigió la institución desde el 20 de septiembre de 1888 hasta 1904. Durante su gestión se desviaron vías férreas que cruzaban el parque, se rellenaron sectores bajos e inundables y se diseñaron los tres lagos principales, los senderos, los jardines y varios recintos para animales.  

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La clave del viejo Zoo de Palermo fue su idea de “paisaje cultural”. No se trataba de poner jaulas una al lado de otra. La propuesta era construir una geografía simbólica: animales de distintas regiones del planeta alojados en edificios inspirados en arquitecturas asociadas a sus supuestos territorios de origen. Así aparecieron templos hindúes, pabellones moriscos, pagodas, castillos neogóticos, ruinas bizantinas, fuentes clásicas y esculturas europeas. Era Buenos Aires mirando al mundo, importando modelos, copiando estilos, mezclándolos y adaptándolos al parque público.

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El Arco de ingreso principal, levantado en 1902, fue la gran puerta escénica del Jardín Zoológico Municipal. Su autor fue Lucio Correa Morales y su lenguaje remite al arco de triunfo clásico. Tiene dos pilares macizos, arco central, ático, relieve interior con una figura humana deteniendo un corcel, siluetas de animales, cabezas de león, serpientes y el escudo de la Ciudad en hierro fundido. Era una entrada, sí, pero también una declaración: el visitante no cruzaba una simple reja, entraba a un mundo ordenado por la cultura.

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La Casa de los Osos es uno de los edificios más contundentes del conjunto. Construida en 1897, fue pensada para osos polares, negros y del Tíbet. Es el pabellón más antiguo del Zoo y tiene inspiración medieval: planta cuadrada, cuatro torres de base poligonal, almenas, arcos ojivales y capiteles con motivos vegetales. En 1999 fue ambientada como selva subtropical. Es el tipo de edificio que explica el espíritu del paseo: un castillo para mirar osos, una fantasía europea incrustada en Palermo.

Palacio elefantes zoo

El Templo Hindú de los Elefantes, de 1904, es una de las joyas arquitectónicas del predio. Fue el último edificio de la gestión de Eduardo Holmberg y fue diseñado por el arquitecto italiano Virgilio Cestari. Sus relieves y esculturas son atribuidos a Lucio Correa Morales. El edificio es de inspiración hindú, de planta octogonal, con cubierta inclinada y cuatro torres. Su superficie interior es de 232 m² y el corral original tenía 1.932 m². La fosa perimetral que rodeaba el corral se realizó recién en 1968. Según la guía patrimonial, el templo pudo haber tomado como modelo el templo de la diosa Kamakshi, en Tamil Nadu, India, donde se realizan rituales de bendición de elefantes sagrados. Salam y su pareja fueron los primeros elefantes asiáticos que lo habitaron.

templo de vesta en ecoparque

Ese templo, además, tuvo una restauración patrimonial de más de dos años. La intervención incluyó relevamientos planimétricos y fotográficos de fachadas, mapeos de patologías, tratamiento de paramentos, molduras, ornamentos, herrerías, cubierta de chapa, desagües pluviales, reposición de piezas faltantes y anastilosis de uno de los mascarones de fachada. La obra resume el gran problema patrimonial del Zoo: conservar edificios únicos que habían sido pensados para otro tiempo, otro uso y otra mirada sobre los animales.  

La historia de los elefantes también marca el cambio de época. En abril de 2025, la última elefanta del Ecoparque, Pupy, fue trasladada al Santuario de Elefantes de Brasil, en Chapada dos Guimarães, Mato Grosso. Era una elefanta africana de 35 años que había llegado al antiguo zoológico porteño en mayo de 1993. El operativo tuvo un recorrido terrestre de 2.700 kilómetros, cinco días de viaje y se realizó sin sedación. Con ese traslado, el viejo recinto de elefantes quedó definitivamente asociado a otra discusión: ya no sólo la arquitectura, sino el bienestar animal y la transición del zoológico tradicional al modelo de conservación.  

ECOPARQUE TURISMO

El Templo Hindú de Cebúes, de 1901, también fue obra de Virgilio Cestari, con decoración de Lucio Correa Morales. Originalmente alojó cebúes y luego camélidos sudamericanos. Es un edificio ecléctico de inspiración oriental, de dos plantas, forma rectangular, circulación central en planta baja, balaustradas con motivos zoomórficos, relieves, frisos, mascarones y esculturas. En su acceso aparecen dos leones mitológicos, semejantes a piezas vistas en el Templo de Java del Pabellón de las Indias Holandesas de la Exposición de París de 1900. Es un ejemplo perfecto del exotismo arquitectónico de la época: Palermo copiando, reinterpretando y teatralizando el mundo colonial que Europa mostraba en sus exposiciones universales.

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El Pabellón de los Loros fue donado por el gobierno español en 1899 y terminado en 1901. Su inspiración es morisca. Tiene planta poligonal, nueve recintos alrededor de un patio central, cúpula acebollada, fuente interior, mayólicas con motivos florales y geométricos de “rueda de lazo”, cubiertas vidriadas y herrería artística. Originalmente fue recinto de loros y luego de monos sudamericanos. Es una pieza de enorme valor porque conecta al Zoo con la tradición hispano-morisca, muy presente en la arquitectura decorativa de fines del siglo XIX y principios del XX.

La Casita Bagley, de la primera década del siglo XX, tuvo otro registro: era estación y kiosco de golosinas. Su estilo pintoresquista, con techumbres inclinadas, tejas francesas, aleros de madera torneada y fachada con pan de bois, la hacía parecer una pequeña construcción europea de cuento. Primero funcionó como estación de tranvías, llamas y coches; después la firma Bagley vendió allí golosinas, juguetes y cajas de galletitas con ilustraciones de animales. El dato es hermoso porque muestra que el Zoo también era infancia, consumo, paseo familiar y memoria barrial.

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reloj de Sol

El Pabellón de los Felinos, de 1900, fue construido para grandes felinos. Tiene inspiración renacentista y una escala monumental: 1.300 m² de superficie, planta baja y subsuelo, cuerpo principal alargado, volúmenes altos, cúpulas, mansarda, jaulas interiores y espacios de exhibición exterior con herrerías. La guía patrimonial lo identifica como una réplica, algo mayor, de un pabellón existente en el Zoológico de Breslavia, Polonia. Luego perdió su función original y fue usado para exhibiciones, teatro, arte y cine 3D.

La Leonera, aunque posterior, introduce otro cambio conceptual. Diseñada durante la gestión de Adolfo Holmberg y Eduardo Benavente, fue pensada como fortificación medieval, con pequeña construcción de piedra, gran foso oval, planicie central y muros de granito con almenas. La importancia de este recinto está en que buscaba imitar, aunque de manera limitada, un ambiente más amplio para los leones. Ahí ya aparece una transición: del animal exhibido como objeto al animal pensado dentro de un espacio escenográfico más complejo.

La Condorera es una pieza rarísima. Fue diseñada por Jorge Newbery como estructura metálica para ornamentar con luces la Plaza de Mayo durante las Fiestas Mayas de 1903. Terminado el festejo, Clemente Onelli la pidió para el Zoo y la destinó a alojar cóndores. Es una estructura reticulada de perfiles de acero, con pórticos, curvas, arcos, cupulín y malla metálica. En su interior, el ingeniero Emilio Agrelo construyó una formación rocosa que imitaba Piedra del Águila, Neuquén. Allí vivieron cóndores, caranchos, águilas, gamuzas y luego cóndor andino. La pieza es patrimonio industrial, animalístico y escenográfico a la vez.

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El Templo de Vesta, en realidad, no es exactamente de Vesta. Es una réplica en menor escala del Templo de Hércules Vencedor del Foro Boario de Roma, erróneamente conocido como Templo de Vesta. Fue donado por la comunidad romana y construido durante la gestión de Clemente Onelli. Tiene volumen cilíndrico, 16 columnas corintias, basamento escalonado, cubierta inclinada, gárgolas, símil piedra y puerta de madera tallada. Onelli lo hizo construir como sala de lactancia para las mujeres que visitaban el Zoo con sus bebés. Después pasó a albergar parte de la Biblioteca del Jardín Zoológico.

Pabellon de los Loros en el Eco Parque

El Pabellón de la Música fue otra marca de sociabilidad urbana. Era un escenario para bandas, producido por la fundidora Mac Farlane, de Glasgow, Escocia, e importado como pieza de catálogo. Tiene planta octogonal, columnas de fundición de hierro, barandas, herrería artística, cubierta de chapa y remate con aguja. En los años 20 tocaban allí la banda del Regimiento de Patricios los jueves y domingos, y la banda de la Policía Federal los sábados. El Zoo era también eso: música pública, paseo de domingo, ciudad educando el oído y el cuerpo social.

La Confitería El Águila, inaugurada en 1905 por Santiago Canale y diseñada por Virgilio Cestari, era una sucursal de la confitería que funcionaba en Callao y Santa Fe. Su edificio ecléctico, de escala importante, tenía terrazas, molduras dentadas, guirnaldas, mascarones, formas vegetales, curvas y águilas ornamentales. A comienzos del siglo XX, la alta sociedad porteña recorría el Parque Tres de Febrero, atravesaba los Portones de Palermo, caminaba por la avenida de Las Palmeras —hoy avenida Sarmiento— y tomaba el té en esa confitería. El dato social es clave: el Zoo también fue escenario de prestigio, paseo elegante y ritual urbano.

pabellon de la musica

Entre las esculturas, El eco, de Lola Mora, ocupa un lugar central. Realizada en mármol blanco, representa una figura femenina sedente en actitud de escucha. La obra formaba parte de un monumento a Aristóbulo del Valle que fue destruido antes de inaugurarse por un acto vandálico tras un debate público sobre su factura. Ese fragmento llegó al Zoológico hacia 1910. La pieza, inventariada como obra de 1906, mide 100 x 80 x 200 cm y pertenece a Dolores Mora Vega, una de las escultoras más importantes de la historia argentina.

Las Ruinas Bizantinas son otro caso extraordinario. Se trata de un propileo de siete columnas dispuestas en hemiciclo, con entablamento, basamento, relieves vegetales y animales, capiteles de inspiración bizantina e inscripción latina. Parte de sus elementos fueron adquiridos por Eduardo Schiaffino en Trieste como supuestos restos de arte bizantino y llegaron al Zoo en 1904. Onelli hizo armar el conjunto en la isla del lago Darwin. Estudios posteriores indicaron que el material de seis columnas podría provenir de la región de Istria; la columna restante, el basamento y el dintel fueron realizados en el año de emplazamiento.

El monumento a Clemente Onelli, de 1928, es obra del escultor uruguayo Juan Carlos Oliva Navarro. Tiene busto de bronce, dos relieves y pedestal de granito gris. Homenajea al naturalista italiano que fue segundo director del Zoológico entre 1904 y 1924, además de colaborador del perito Moreno en cuestiones limítrofes con Chile. La gestión Onelli fue decisiva: hacia fines de 1904, según la guía patrimonial, el Zoo recibió más de 150.000 visitantes, diez veces más que el año anterior.

La fuente El cocodrilo y su presa es un grupo escultórico en fundición de hierro. Representa un cocodrilo emergiendo de la maleza con un pez en sus fauces, acompañado por un sapo, una tortuga y un castor. La pieza lleva el sello de la importadora A. Motteau y está vinculada a la Fonderie d’art du Val d’Osne. Fue expuesta en el Palacio de Cristal durante la exposición de 1851. Sus medidas son 58 x 58 x 95 cm. Es un ejemplo de cómo Buenos Aires importaba arte seriado europeo para decorar parques, plazas y paseos.

La Fuente Ara Romana, también conocida como fuente de los lobos marinos, es un pequeño templete tronco piramidal junto al lago Azara. Tiene volutas, molduras, mascarones de cabeza de león en bronce y surtidor de agua. A comienzos del siglo XX, Onelli mandó realizar perforaciones para obtener agua para el parque, y varias fueron identificadas con obras ornamentales. El ara, en la tradición romana, era un altar de sacrificios. En el Zoo, ese lenguaje clásico se transformó en fuente, escenografía y punto de contemplación.

El Yaguareté es una réplica en cemento de una obra original en bronce de Emilio Sarniguet. Representa al felino más grande de América con musculatura marcada, andar elegante, expresión sagaz y mandíbulas poderosas. La obra original fue inaugurada en 1938 en Parque Chacabuco, dañada en 1974, restaurada y trasladada al Zoo en 1975. En 2003 volvió a su emplazamiento original, y Monumentos y Obras de Arte de Buenos Aires decidió terminar una réplica para conservar la presencia del yaguareté dentro del Zoológico.

Niña con flores es una réplica de una obra de Antonio Canova, realizada en mármol blanco pulido. Fue donada por Emilio Mitre, hijo de Bartolomé Mitre, ingeniero, periodista y diputado bonaerense elegido en 1896. La obra mide 40 x 40 x 110 cm y representa una joven con flores y paño sobre las piernas. Dentro del Zoo, estas esculturas clásicas funcionaban como una pedagogía silenciosa: el visitante no sólo miraba animales, también aprendía una idea de belleza europea, neoclásica, importada.

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El busto de Florentino Ameghino, de 1917, es obra del escultor polaco Alejandro Perekrest. Representa al científico argentino en bronce patinado, montado sobre un yunque de hierro. En el pedestal aparece una inscripción latina que puede traducirse como: “Extrajo de la tierra lo ignorado de la raza humana y el misterio de sus antepasados”. Ameghino fue una figura clave para la paleontología argentina, y su presencia en el Zoo reforzaba la dimensión científica del paseo.

El busto de Guillermo Hudson, de 1962, pertenece al escultor argentino Ángel M. De Rosa. Está tallado en un bloque de granito sin pulir y homenajea al naturalista y escritor nacido en la Argentina, gran observador de aves, paisajes y costumbres. Hudson había participado de la Sociedad Protectora de Pájaros, contraria a la matanza de aves para usar sus plumas en vestidos. En el conjunto del Zoo, su busto introduce una sensibilidad conservacionista anterior al discurso ambiental contemporáneo.

Pescadores pescados, de 1892, es una obra en bronce patinado del escultor español Aniceto Marinas y García. Representa a un niño pescador que intenta rescatar a otro niño atrapado por los tentáculos de un pulpo. Fue fechada en Roma en 1892 y obtuvo primera medalla de oro en la exposición de Chicago de 1894. En el Zoo fue emplazada en una fuente, sumando dramatismo, agua y movimiento al recorrido.

El Reloj solar, de 1917, es obra de Jorge María Lubary. Realizado en mármol blanco, representa una figura femenina que señala un cuadrante solar. Conserva una leyenda latina típica de los relojes de sol: “Horas non numero nisi serenas”, es decir, “solamente cuento las horas serenas”. Es una pieza de 100 x 60 x 230 cm que cruza arte, medición del tiempo, astronomía popular y paseo público.

La Ninfa y la cabra es una réplica de una obra de Pierre Julien conservada en el Louvre. Representa a Amaltea, la ninfa que según la mitología crió a Zeus con leche de cabra. La obra integra una fuente con estanque revestido en mayólicas. Baco, por su parte, reproduce una obra de Charles H. Veeck y representa al dios romano del vino en actitud de brindis, con copa y ánfora. Ambas piezas muestran la presencia del repertorio clásico europeo en un paseo que, al mismo tiempo, exhibía animales vivos.

Fuente Diana Cazadora
Fuente Diana Cazadora

La Fuente Diana Cazadora fue donada por Joaquín S. Anchorena, intendente de Buenos Aires entre 1910 y 1914. Es una construcción neoclásica con mascarones, pilastras, guirnaldas y un grupo escultórico que representa a Diana con un ciervo. La imagen reproduce la Diana de Versailles, conservada en el Museo del Louvre, copia romana de un original griego perdido. El edificio mide 424 x 391 x 595 cm y el grupo escultórico 100 x 100 x 200 cm.

La Venus del Zoo es una réplica en material calcáreo de la Venus de Milo, atribuida a Alejandro de Antioquía. Fue donada por Santiago Canale y mide 60 x 60 x 211 cm. En el mismo conjunto aparece la Fuente Mono Caí, de Juan Passani, de 1926: un mono atacado por dos serpientes, en bronce patinado, premiado en la Exposición Municipal de Artes Aplicadas de ese año. Passani fue escultor animalista, restaurador del Museo Nacional de Bellas Artes y trabajó como decorador para arquitectos como Víraboro y Bustillo.

Mirado desde hoy, el ex Zoológico de Palermo es una cápsula de tiempo. Cuenta cómo Buenos Aires quiso mostrarse moderna, culta, científica y cosmopolita. También muestra sus contradicciones: edificios bellísimos construidos para encerrar animales; arte público de enorme valor colocado en un paseo de entretenimiento; ciencia natural mezclada con espectáculo; educación ambiental naciendo dentro de un modelo que después sería cuestionado.

El paso del zoológico al Ecoparque no borra esa historia. La obliga a ser leída mejor. El viejo Zoo ya no puede mirarse sólo con nostalgia ni sólo con condena. Hay que mirarlo entero: como patrimonio arquitectónico, como museo al aire libre, como archivo de la cultura urbana, como huella de una ciudad que quiso traer el mundo a Palermo y terminó dejando, entre lagos, templos y esculturas, uno de sus paisajes culturales más singulares.

Preguntas al lector

¿Qué edificio del ex Zoológico de Palermo te parece más valioso: el Templo Hindú de los Elefantes, la Casa de los Osos, el Pabellón de los Loros, el Templo de Vesta o la Confitería El Águila?

¿El Ecoparque debería tener más cartelería histórica para contar la historia completa del viejo Zoo?

¿Hay que mirar este lugar con nostalgia, con crítica o con las dos cosas al mismo tiempo?


Historia del Zoo de Palermo