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Argentina Gaga: del poder al olvido, cuando la agenda se la escriben otros

La política de los gagás: del poder al olvido, cuando la agenda se la escriben otros.

¿Qué es un gagá en la política argentina?
No es solo el viejo que repite frases oxidadas: es el político que perdió el control de su agenda, que habla pero nadie escucha, que cree que manda cuando ya lo mandan. Hay gagás biológicos (seniles de verdad), gagás ideológicos (encerrados en dogmas viejos), gagás mediáticos (creyéndose influencers sin audiencia), y gagás funcionales (usados como sello decorativo). El gagá no entiende el presente, vive en loop de archivo, guiado por asesores o algoritmos. Se volvió ornamento institucional. Lo trágico es que muchos no lo saben: siguen creyendo que son protagonistas cuando ya son anécdota. En Argentina, no se retiran por edad, se retiran por irrelevancia. Y si te escriben los tuits otros… sos gagá.

Argentina Gaga

En la Argentina, donde el poder tiene más de escenario que de sustancia, hay una enfermedad que acecha a los políticos como una marea inevitable: el síndrome del gagá. No se trata solo de senilidad biológica, sino de algo peor: la pérdida del eje, del tiempo histórico, del control de la agenda, del ritmo vital que hace que una figura esté presente. Porque en política, si no manejás el relato, el relato te jubila en vida.

Hubo políticos que terminaron hablando solos, rodeados de yes men o trolls pagos, sin darse cuenta de que ya no representaban a nadie, ni siquiera a ellos mismos. Les escriben los discursos, les manejan el Twitter, los maquillan para la tele, pero lo que sale de sus bocas ya no tiene eco. Es el gagá institucionalizado.

Milei: el influencer que dejó de influenciar

Hoy Javier Milei transita ese sendero con la furia de un león que ruge en una pecera vacía. Ya no lo leen como antes en las redes, ya no lo replican, ya no lo temen. Lo que era fenómeno ahora es spam. Grita en Twitter como quien patalea en una habitación de hotel sin ventanas. Y cuanto más lo ignoran, más se infla el peluquín, literal y simbólicamente. Porque el peluquín, en política, es metáfora pura: lo artificial que pretende cubrir lo irreversible.

Menem, De la Rúa, Alberto: gagás de diferentes estilos

Carlos Menem, en sus últimos años de senador ausente, era el gagá institucionalizado: nadie esperaba que hablara, pero todos le votaban lo que pidiera. Fernando de la Rúa fue gagá incluso en la Rosada, con su desconexión crónica de la calle y los tiempos. Y Alberto Fernández, que comenzó hablando con mesura, terminó como un monólogo desinflado de sí mismo, contradiciéndose cada semana hasta que lo dejaron de invitar a su propio gobierno. Todo por dos pesos.

Carrió, el oráculo de lo inentendible

Elisa Carrió coqueteó con lo místico, lo conspiranoico y lo humorístico. Terminó diciendo tanto, tan seguido y tan sin conexión, que nadie sabía si hablaba en serio o se reía de nosotros. Si no era gagá, al menos estaba de gira.

Videla y Massera: el gagá como soberbia criminal

Y en otra dimensión —oscura y criminal— también existió el gagá patológico: el que cree que está haciendo historia cuando en realidad está firmando su condena eterna. Así fueron Videla y Massera, encerrados en una idea congelada del orden y la patria, sin comprender jamás el mundo que los repudió. Gagás no de edad, sino de espíritu.

¿Y quiénes nunca fueron gagás?

Los que no permitieron que les manejen la agenda, los que hablaron cuando había que hablar y callaron cuando era prudente, los que hicieron historia sin mendigarla:

  • Perón y Evita, que entendieron el lenguaje del pueblo antes que nadie.
  • Hipólito Yrigoyen, que fundó la dignidad radical sin gritarla.
  • Palacios, que llevó al Congreso el lenguaje de la justicia social cuando eso era tabú.
  • Borges y Cortázar, que pensaron el país más allá del barro y la coyuntura.
  • Piazzolla, que desafió a los nostálgicos del bandoneón con futuro.
  • Charly y Spinetta, que hablaron de la libertad y el amor sin pedir permiso, siempre conectados con su época, incluso cuando su época se les venía en contra.

Ellos no fueron gagás porque nunca delegaron su alma. Porque no aceptaron guion ajeno. Porque no repitieron lo que se esperaba, sino que escribieron lo que no existía.


El gagá no es una edad. Es un síntoma.

Es el político que repite lo que le escriben.
Es el que vive en Twitter como si fuera la plaza pública.
Es el que se cree vigente porque lo retuitean bots.
Es el que se peina para la foto sin darse cuenta de que ya no hay cámara.

En la Argentina, donde la memoria es corta y la impunidad larga, ser gagá es más común que ser sabio. Y tal vez el peor castigo no sea el juicio de la historia, sino el olvido activo del presente.

¿A quién ves hoy caminando en piloto automático por los pasillos del poder?


Palermo Online como juez, el periodista como fiscal y el público como jurado.
¿Quién está gagá en la política actual?
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