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CABA elimina Ingresos Brutos alivio tardío en medio de una gestión cuestionada

En la Ciudad de Buenos Aires, donde durante años miles de trabajadores independientes sostuvieron su actividad bajo presión fiscal constante, una decisión reciente del gobierno porteño reconfigura el escenario. La administración encabezada por Jorge Macri comenzó a aplicar una eliminación parcial del Impuesto sobre los Ingresos Brutos para monotributistas y prestadores de servicios. La medida alcanza a más de 140 mil contribuyentes. Pero lejos de ser celebrada sin matices, abre un debate incómodo: ¿por qué recién ahora?

La decisión, implementada a través de la Administración Gubernamental de Ingresos Públicos, establece que las categorías más bajas del régimen simplificado —A, B y C— dejan de pagar completamente el impuesto, mientras que las categorías D a H acceden a una bonificación del 75%. El beneficio se aplica de manera automática, siempre y cuando no existan deudas previas.

En números concretos, unos 47 mil contribuyentes ya accedieron al beneficio: 35 mil dejaron de pagar completamente y otros 12 mil reciben descuentos significativos. La lista de actividades alcanzadas incluye oficios tradicionales y urbanos que sostienen el tejido económico cotidiano: artesanos, peluqueros, carpinteros, fotógrafos, mecánicos, personal trainers, zapateros, entre otros.

Ahora bien, el dato técnico es solo la mitad de la historia.

Durante años, estos mismos sectores —los más frágiles dentro del esquema productivo— fueron alcanzados por un impuesto que, en la práctica, funcionaba como una carga regresiva. No hablamos de grandes empresas ni de corporaciones, sino de trabajadores que viven de su oficio, muchas veces sin estructura, sin espalda financiera y con ingresos variables. En criollo: los que laburan día a día.

Y entonces aparece la pregunta que flota en el aire, incómoda pero inevitable: ¿por qué recién ahora?

La medida llega en un contexto político donde la gestión de la Ciudad enfrenta cuestionamientos crecientes. Problemas estructurales como la falta de mantenimiento urbano, la acumulación de basura en distintos barrios y la percepción de una administración desconectada de las prioridades reales empiezan a pesar en la opinión pública.

En paralelo, distintos episodios de tensión social —incluyendo operativos policiales contra manifestaciones de jubilados— han dejado una imagen compleja del rumbo político. En ese marco, la reducción de impuestos a trabajadores independientes aparece, para muchos, más como una reacción que como una política planificada.

Porque si algo queda claro es esto: el problema no era solo cuánto se cobraba, sino a quién se le cobraba.

Durante años, la Ciudad sostuvo un esquema donde quienes menos tienen aportaban proporcionalmente más en relación a su capacidad real. Y ahora, en un giro que coincide con un clima electoral cada vez más caliente, se decide aliviar esa carga.

El gesto existe. El impacto también. Pero el timing genera ruido.

En términos políticos, la jugada parece clara: recomponer vínculo con sectores medios y bajos, mejorar percepción y recuperar terreno. Sin embargo, hay un límite difícil de sortear: la credibilidad. Cuando una medida llega después de años de reclamos, ya no se evalúa solo por lo que hace, sino por todo lo que no se hizo antes.

Además, el debate de fondo sigue abierto. Porque Ingresos Brutos, en sí mismo, no es el único problema. La discusión pasa por un modelo de gestión más amplio: limpieza urbana, seguridad, planificación, cercanía con el vecino. En definitiva, la sensación de que la ciudad funciona.

Y ahí es donde el desafío se vuelve más complejo.

Porque bajar impuestos puede aliviar. Pero no alcanza para tapar una percepción de deterioro si el resto de los problemas sigue intacto.

En este escenario, la decisión del gobierno porteño marca un punto de inflexión, pero también deja expuesta una tensión más profunda: la distancia entre las políticas públicas y la realidad cotidiana de quienes sostienen la ciudad con su trabajo.

El cierre, como siempre, no está en los despachos sino en la calle.

¿Alcanza con aliviar impuestos después de años de presión?
¿Es una corrección necesaria o una jugada electoral?
¿Y qué pesa más hoy en el voto porteño: el bolsillo o la gestión?

La respuesta, como tantas veces en Buenos Aires, no se va a escribir en un comunicado. Se va a definir en las urnas.