El ocaso de “El Gordo Dan” no es una noticia, es una parábola política. Una fábula grotesca que explica mejor que mil papers académicos cómo funciona el poder en la Argentina del siglo XXI. Porque a Daniel Parisini, alias “El Gordo Dan”, no lo bajaron de un cargo. Lo bajaron del pedestal de los tontos útiles.
Y lo peor no es que lo hayan usado.
Lo peor es que a él le encantó.
De fan a felpudo
Durante meses, El Gordo Dan fue el bufón oficial de La Libertad Avanza, un influencer sin cargo, pero con obediencia total. Publicaba, insultaba, denunciaba, hacía «espontáneas» transmisiones en vivo, defendía cada disparate presidencial con el fervor de un cruzado medieval, todo gratis. Gratis no: a cambio de la esperanza de ser alguien.
Pero no.
Karina Milei lo limpió. Le dijeron “gracias, capo”, y lo tiraron como profiláctico de boliche barato. Ni una oficina le dieron. Ni un mail institucional. Ni un vale por café.
¿Por qué lo usaron? Porque era barato
El Gordo Dan funcionó como un militante ideal para el mileísmo:
- Barato: no cobraba.
- Obsecuente: no pensaba.
- Ruido gratis: era tendencia sin necesidad de pauta.
Esos personajes siempre aparecen en épocas de caudillismo comunicacional. Son como esos tipos que arengan desde el fondo en los actos políticos, que gritan “¡Vamos, presidente!” con más fuerza que la garganta de la CGT. Pero lo hacen con un celular, desde la cama, con ojotas.
El algoritmo les da poder. Y ellos lo confunden con pertenencia.
¿Por qué lo desecharon? Porque cumplió su ciclo
El problema de los chupamedias no es cuando están activos. El problema es cuando creen que por adular, pertenecen. Y ahí es donde caen.
El Gordo Dan se creyó parte del armado.
Se imaginó con despacho, con firma, con cafecito con Karina.
Pero era apenas eso: un parlante voluntario.
Y como todo parlante, se apaga cuando ya no hace falta amplificar.
Las listas salieron. Dan no figuraba.
Lo tiraron como a un forro después del uso.
Y las redes, crueles y despiadadas, hicieron lo que mejor saben hacer con los traidores descartables: lo volvieron meme.
La necesidad de ser usado
La tragedia del Gordo Dan es más profunda de lo que parece. No es solo política. Es antropológica. Hay un tipo de argentino —y no son pocos— que prefiere ser parte de algo aunque lo maltraten, antes que ser libre aunque duela. Prefieren ser forrros útiles antes que marginales conscientes.
Y el sistema los premia… hasta que deja de necesitarlos.
Es el síndrome del cadete entusiasta que barre la oficina con amor esperando un ascenso.
Es el ayudante de cátedra que no cobra, pero se siente importante.
Es el productor radial que trabaja gratis con tal de conocer a alguien.
Es el boludo institucionalizado.
Lo que enseña el caso Dan
- La ideología sin dignidad es servidumbre.
- El poder no premia la lealtad, premia la funcionalidad.
- Si no cobrás, no militás: laburás gratis.
- El que vive del aplauso, muere del silencio.
¿Y ahora? ¿Qué hará El Gordo Dan?
Por ahora, silencio radial.
Algunos dicen que está “reestructurando su presencia digital”. Otros que quiere lanzar su propio espacio, como todo influencer desahuciado. Pero sin Karina, sin el OK libertario, sin retuits oficiales, queda solo en la intemperie de su propio ego.
Lo vi parado en una esquina, con el celular en la mano, refrescando su propio perfil como quien espera que el mundo lo vuelva a necesitar. El Gordo Dan ya no habla. Se mira. Se busca en las redes como un ex actor que no acepta que la obra terminó y el telón ya bajó hace rato. Atrás quedó ese tiempo donde tuitiaba con furia libertaria, gritaba “¡Viva la libertad, carajo!” y creía que repetir eslóganes era pensar.
Ahora arrastra los pies por la vereda como un tipo que perdió el micro y el sentido. Ni siquiera se da cuenta de que fue —como tantos— el último forro del imperio.
Vivimos en tiempos de perros cachucheros, esos que no pisan la vereda porque sus dueñas los llevan en carteras Vuitton truchas y les limpian el culo con papel de seda. Tiempos de ministras que insultan en vivo, se atragantan de whisky con coca y confunden la política con un karaoke de odio. Tiempos de presidentes que se cagan encima, literalmente o simbólicamente, pero siempre con soberbia y sin papel higiénico a la vista.
Y en el medio, ellos:
Los Gordo Dan de la historia.
Esos que se ofrecen al poder sin pedir nada, más que ser mirados.
Más que un like.
Más que un “vos sos de los nuestros”.
Porque sí: hay una pulsión muy argentina, muy visceral, muy de clase media sin destino, que lleva a ciertos sujetos a querer ser usados. Como si el forrismo fuera una forma de pertenecer. Como si la humillación otorgara un lugar en la mesa del banquete político.
Dan no quería cambiar el mundo.
Quería estar cerca de los que decían que iban a cambiarlo.
Y eso, en tiempos de redes, vale más que una idea.
Los imperios no se caen por traiciones.
Se pudren por dentro cuando sus bufones se creen príncipes.
Y El Gordo Dan, pobrecito, creyó que bastaba con gritar más fuerte que los demás para tener derecho a sentarse. Pero en la política argentina, el gritón solo sirve mientras sirve. Después se lo tira con los stickers que ya no pegan.
¿Lo usaron? Claro.
Pero también se dejó usar con placer.
Con esa sonrisa de felpudo con aspiraciones a sillón.
Con esa sumisión empapada de resentimiento de clase.
Le encantaba que lo dominen, con tal de figurar.
El drama es que no está solo.
Hay miles de Danes en cada fuerza.
Libertarios, peronistas, radicales, zurdos gourmet.
Todos dispuestos a hacerse los piolas por Twitter y los forrros en los pasillos.
Militan gratis, putean por encargo, se pelean con sus propios viejos y terminan pidiendo laburo por DM a algún asesor de tercera.
Y cuando el jefe cae, o los limpia, o los ignora,
lloran con dignidad trucha, como actores sin libreto.
Pero jamás hacen autocrítica.
Jamás piensan: “¿Y si fui un boludo útil?”
No. Se reinventan. Se reciclan.
Cambian de causa, pero no de vocación: la vocación de arrastrarse.
Mientras tanto, el país arde.
Y los verdaderos perros —los de verdad, no los cachucheros— buscan comida entre la mugre.
Y los jubilados compran un yogur por semana.
Y los pibes que estudian no saben si lo hacen para irse o para resistir.
Y los funcionarios hacen stand up desde sus bancas.
Y las ministras gritan como taxistas borrachos en la madrugada.
Y los presidentes hablan en tercera persona como si fueran mitos griegos con olor a pis.
Y en esa tragedia grotesca,
El Gordo Dan es solo un espejo deforme.
Un síntoma.
Un bufón al que se le acabó el show.
Un grito que ya no se escucha.
Un forro seco en la vereda de la historia.
¿Te reís de él?
¿Te da pena?
¿O te ves un poco reflejado?
Porque, digámoslo:
en este país de oportunistas,
el que no chupa, reza.
El que no se arrodilla, se exilia.
El que no forrea, no existe.
Y en el fondo, a veces parece que todos, un poquito, queremos ser usados… mientras nos aplaudan.
